domingo, 9 de diciembre de 2018

DOS LIBROS TESTIMONIALES DE LA LUCHA En MñEXICO (de 1968 a la actualidad)

2ª Edición de: “De la protesta callejera a la lucha por otro mundo posible”

“¡UNÁMONOS AL PUEBLO!: una enseñanza del 68 mexicano (Caminos Post-68)”, muy pronto

La 2ª Edición de: “De la protesta callejera a la lucha por otro mundo posible”, será presentada el jueves 22 de noviembre, de 13:00 a 15:00 horas, en el Aula E-111 de la UAM-Azcapotzalco. Esta publicación trata de manera testimonial la experiencia del movimiento estudiantil de 1968 a 1972.

“¡UNÁMONOS AL PUEBLO!: una enseñanza del 68 mexicano (Caminos Post-68)”, pronto estará ya en prensa, esperamos comenzar a presentarlo en espacios independientes, con colectivos estudiantiles, magisteriales, obreros, campesinos y populares en diciembre de este año. Esta publicación hace testimonio de la experiencia en el camino de la integración a la clase obrera, de 1970 a 2010, la incorporación al zapatismo a partir de 1994 y el acompañamiento a luchas de abajo y a la izquierda.

Ambos libros podrán presentarse en espacios independientes, de lucha anticapitalista, con estudiantes, profesores, obreros, campesinos y con los todos que somos el color de la tierra, a partir de diciembre.

Para programar presentaciones y/o obtener ejemplares de estos libros, contactar a su autor: Guillermo Palacios
en los teléfonos: 53942670(local) o al 5531033866(celular), 
o escribiendo al correo: sextaporlalibre@gmail.com

sábado, 8 de diciembre de 2018

REVUELTAS EN EL ’68 MEXICANO. DEL MOVIMIENTO 26 DE JULIO A LA MASACRE DE TLATELOLCO

Nuestra causa como estudiantes es la del conocimiento militante, el conocimiento crítico, que impugna, contradice, controvierte, refuta y transforma, revoluciona la realidad social, política, cultural, científica. No se engañen las clases dominantes:
¡Somos una Revolución! Esta es nuestra bandera”
José Revueltas, 
Ciudad Universitaria, 
26 de agosto de 1968
Hernán Ouviña
Desinformémonos:
10 de noviembre de 2018.
Hace 50 años, entre los muchos ’68 que se vivieron, el mexicano resultó ser de los más originales y trágicos. Combinó auto-activación estudiantil, tomas de universidades y preparatorias, manifestaciones masivas en las calles, creativos repertorios de acción dinamizados por cientos de brigadas políticas, con represiones brutales como la sufrida el 2 de octubre en Tlatelolco. Durante este convulsionado año se condensaron procesos y apuestas militantes de lo más variadas, y cobraron mayor impulso y radicalidad iniciativas de autogestión en múltiples territorios. Dentro de esta pléyade de experiencias, tal vez una de las figuras más sugerentes haya sido la de José Revueltas, quien como intelectual orgánico del movimiento estudiantil supo involucrarse en cuerpo y alma en los sucesos de 1968. Nos proponemos, por tanto, revitalizar la memoria histórica y reconstruir brevemente lo acontecido durante esos intensos meses a partir de las reflexiones y conjeturas que esboza Revueltas desde la irrupción de un novedoso activismo juvenil a finales de julio, hasta el declive que se vive producto de la masacre en la Plaza de las Tres Culturas, que deja un saldo de cientos de muertos/as, heridos/as y desaparecidos/as, el encarcelamiento del grueso de la dirigencia estudiantil, y la creciente clandestinización de quienes lograron sortear estos amedrentamientos y detenciones. Sin omitir este trágico evento, más que apelar a la clásica necrofilia testimonial, nos interesa priorizar el ejercicio de una biofilia que recupere toda la potencialidad creativa de la lucha que supo desplegar el movimiento estudiantil en ese excepcional año del ‘68. 
El otro Movimiento 26 de Julio: el estudiantado irrumpe en las calles
La activación del movimiento universitario en México no despunta ciertamente en 1968 como un trueno en cielo sereno, sino que al igual que en otras latitudes de América Latina y el sur global, tiene antecedentes en los años e incluso décadas previas. Ya se habían vivido poco tiempo atrás luchas estudiantiles en diferentes territorios del país, entre ellos Puebla, Morelia y Sonora, y el propio Revueltas interpreta la irrupción del ’68 como una revancha que libra una nueva generación militante, frente a la derrota sufrida, durante 1958 y 1959, por los trabajadores ferrocarrileros en huelga, así como por maestros/as, electricistas, petroleros y médicos residentes en lucha. 
Sin embargo, más allá de estos mojones precedentes, hay coincidencia en fijar al 26 de julio de 1968 como fecha emblemática de la irrupción estudiantil. La afinidad de esa jornada con la revolución cubana no es casual. Ese día se realiza en el Distrito Federal una inmensa caravana de conmemoración y defensa del proceso por el que transita Cuba, donde miles de jóvenes que levantan el ideario socialista encarnado en la pequeña isla caribeña, reivindican el asalto al cuartel de Moncada. Pero a diferencia de años anteriores, en este caso la particularidad está dada porque, de manera inesperada, confraternizan en las calles con estudiantes secundarios movilizados contra la represión sufrida días atrás a manos de granaderos en diversas preparatorias e institutos vocacionales.
La marcha culmina con enfrentamientos entre ambos grupos de manifestantes y la policía que duran horas. 
Inmediatamente luego de esta movilización masiva, como protesta frente a la represión y las numerosas detenciones de estudiantes y activistas de izquierda, son tomadas diversas preparatorias dependientes de la UNAM e instalaciones del Instituto Politécnico Nacional, en las que se declara la huelga general por tiempo indefinido. Se levanta un pliego de reivindicaciones de seis puntos, todos ellos de carácter político, que apuntan a denunciar el autoritarismo ejercido por el Estado, exigir la libertad de los presos políticos, la disolución del cuerpo de granaderos, indemnización para los heridos y las familias de los asesinados, destitución de los militares responsables de la represión y la derogación de dos artículos del Código Penal que criminalizan las acciones de protesta. Su cumplimiento será la principal bandera de lucha en las semanas sucesivas de escalada del conflicto. En respuesta, paracaidistas, tropas de asalto y militares invaden las escuelas secundarias ocupadas, para lo cual llegan a destrozar con un tiro de bazuca la puerta colonial de una de las históricas preparatorias que se encontraban en paro. 
Según José Revueltas, el 1 de agosto es cuando el movimiento asume “forma orgánica”. Ese día, el rector de la UNAM Javier Barrios Sierra, encabeza una manifestación pacífica de la que participan decenas de miles de estudiantes, y en la que reclaman el respeto absoluto de la autonomía universitaria, la liberación de la enorme cantidad de presos políticos y el final de la violencia estatal, que a esta altura ya ha dejado varios jóvenes asesinados. Los sectores más politizados del incipiente movimiento estudiantil dinamizan asambleas masivas en las Universidades, donde se discuten los pasos a seguir y se gestan comités de lucha y cientos de brigadas políticas, que realizan acciones directas en las calles, efectúan colectas para el fondo de huelga y ejercitan la propaganda en autobuses, fábricas, plazas y comunidades rurales. Con ellas, al decir de José Revueltas, “la imaginación y el espíritu de inventiva se desató sin límites en todas las direcciones”
Al calor de las tomas de los establecimientos educativos, que se generalizan como hongos, se constituye el 2 de agosto el Consejo Nacional de Huelga (CNH), máxima instancia de coordinación del proceso de lucha del estudiantado, cuyos integrantes son electos democráticamente en asambleas de base. Las manifestaciones de protesta se suceden y el movimiento exige que cualquier tipo de negociación o propuesta a sus demandas tenga carácter público y sea difundida en los medios masivos de comunicación. El principal auditorio de la UNAM es rebautizado con el nombre del Che Guevara, quien tan sólo algunos meses antes ha caído en combate en Bolivia. Se organizan festivales populares y otras iniciativas político-culturales que concitan la simpatía y solidaridad de sectores importantes de la sociedad. En este marco, la autogestión y el dinamismo constante parecen haber llegado para quedarse, y un personaje excepcional de anteojos oscuros, pelo largo y barba tupida, decide apostar a todo o nada por el proceso.
José Revueltas, un intelectual orgánico del movimiento del ‘68
Nacido el 20 de noviembre de 1914, en pleno apogeo revolucionario en el país y en los inicios de la primera guerra mundial, e integrante de una iconoclasta familia de artistas, José Revueltas es desde pequeño un apasionado de la lectura, a tal punto que en su adolescencia opta por dejar los estudios y zambullirse durante varios años en la Biblioteca Nacional para garantizar su formación de manera autodidacta. Por esa misma época se suma a las filas del Partido Comunista, organización con la que mantendrá a lo largo de su vida una relación ambigua y de amor-odio. Guionista de cine, escritor de novelas y de cuentos, ganador de diversos premios por su producción literaria, ha sido definido por varios de sus intérpretes a partir de las más rebuscadas adjetivaciones: pesimista ardiente, intelectual indómito, comunista agónico, marxista tormentoso y rebelde melancólico.
Pero acaso sea el papel fundamental que asume en el contexto de la rebelión estudiantil en 1968, lo que constituye un momento bisagra en su derrotero personal y político. Durante esos meses de profunda activación en las calles y en las universidades, combina el compromiso militante con la reflexión crítica y autocrítica acerca de lo va aconteciendo, y asume a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM como su verdadera casa (de estudios, pero sobre todo de alojamiento y habitabilidad), viviendo allí cada día y noche que dura la toma autogestiva, hasta que el violento desalojo que realiza el ejército el 18 de septiembre lo obliga a pasar a la clandestinidad. Un mes más tarde es detenido por la policía judicial, que lo mantiene secuestrado durante tres días en forma ilegal, tras lo cual es recluido en la cárcel de máxima seguridad de Lecumberri, de la que saldrá recién en mayo de 1971. 
Este prolongado encierro no le impide seguir en contacto con el movimiento estudiantil, ni tampoco dejar de teorizar acerca de él. Buena parte de los borradores, cartas y documentos que redacta entre rejas durante todo este tiempo, han sido publicados póstumamente bajo el título de México 68: juventud y revolución, y constituyen un insumo imprescindible para comprender el proceso de rebelión estudiantil de aquel año, pero también para repensar sus sentidos y su vigencia desde nuestro presente de lucha. Fiel al apellido que porta, con su liberación redobla la apuesta en favor de la autogestión, propuesta que convida en innumerables conferencias, mítines y actividades realizadas junto a estudiantes y agrupaciones de izquierda en los años posteriores, a pesar de lo cual, producto de las secuelas generadas por el encierro, su vida se apaga abruptamente en 1976. 
La propuesta de autogestión académica y Universidad militante
Sin ser estrictamente un joven en términos etarios, ya que en los albores de este ciclo de luchas estudiantiles ostenta 53 años a cuestas, José Revueltas funge de referente para las nuevas generaciones que protagonizan las movilizaciones y acciones directas del ’68 en México. No obstante, sería un error concebir la relación que establece con la juventud universitaria en una clave unidireccional. Hay más bien una conexión vital y de alimentación recíproca entre ambos, donde él oficia de maestro y simultáneamente de aprendiz, a pesar de no ser en la UNAM -ni en institución “formal”alguna- ni estudiante ni profesor. Al decir de la cineasta Marcela Fernández Violante, Revueltas supo entender a los jóvenes y se volvió joven con los jóvenes, por lo que hubo allí un benjaminiano secreto compromiso de encuentro.
De acuerdo Roberto Escudero -militante espartaquista y uno de los delegados más destacados del Consejo Nacional de Huelga durante el ’68- Revueltas “se integró al movimiento prácticamente desde el primer día, que todo lo compartió como uno de sus miembros y que jamás, ni aún en la cárcel, exigió o aceptó siquiera los pequeños privilegios que de manera natural y muy comprensible los estudiantes le ofrecían”. Atento al devenir novedoso de estas luchas a escala global, lee los acontecimientos del mayo parisino como un capítulo de una revolución que no podía ser sino de carácter internacionalista. Ese mismo mes redacta una carta abierta bajo el sugestivo título de “Prohibido prohibir la revolución”, donde reflexiona acerca de los sucesos en Francia, a los que caracteriza como rebelión contra las burocracias osificadas y los viejos líderes esclavos de dogmas y de esquemas, que involucra la formación de una nueva conciencia en franca ruptura con las prácticas sectarias y conservadoras de los partidos comunistas. 
Sin embargo, más allá del acompañamiento atento de las luchas en ésta y otras latitudes, el 26 de julio marca el inicio de su participación vital en el emergente movimiento estudiantil mexicano, ya que a partir de esos días comienza a asistir a las asambleas que se realizan en la Ciudad Universitaria, sumándose en un principio al Comité de Intelectuales, Escritores y Artistas, al que renuncia al poco tiempo para incorporarse de lleno al Comité de Lucha de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y disolverse como uno más en la marea estudiantil. 
En medio de la ebullición que implica la toma de los establecimientos educativos y una huelga en ascenso, Revueltas elabora una serie de documentos, cartas y resoluciones que buscan sistematizar la experiencia en curso y brindar propuestas que eviten la paralización de las actividades en la Universidad y las preparatorias ocupadas. El eje transversal es el ejercicio de una democracia integral “sin mediatizaciones de ninguna naturaleza”, que permita “contestar a la suspensión de clases con la autogestión académica”. Lejos de concebir a la huelga como inactividad pedagógico-política, la autogestiónimplica su continuación bajo nuevas circunstancias, a partir de las cuales “maestros y estudiantes recorran juntos y redescubran juntos la misma aventura que el pensamiento tuvo que recorrer en el proceso del acto creador de las ideas cardinales en las que se sustentan los diversos aspectos de la ciencia, la cultura y la técnica”. Por lo tanto, “el maestro ya no dictará conferencias que el alumno acepte de modo inapelable, ni calificará el aprovechamiento por cuanto a la medida en que se ciña o se aparte de un texto determinado”
Pero sería incorrecto acotar la dinámica autogestiva a la democratización del vínculo entre educadores/as y estudiantes al interior de las aulas. Si bien éste constituye un pivote fundamental del proceso, Revueltas identifica tres formas básicas en las que se encarna y que, de lejos, exceden a esta apuesta por una relación horizontal basada en el diálogo de saberes: 
1)democracia directa y libre expresión, a través de comités de lucha, asambleas y el Consejo Nacional de Huelga; 
2)solidaridad entre claustros y participación conjunta en instancias que encarnan un mismo interés comunitario;
3)formas de contacto vivo con la realidad social y con el pueblo a través de la labor de las brigadas políticas. 
Lejos de encapsular la lucha estudiantil, la autogestión implica partir de la Universidad, pero no para ensimismarse en ella, ni tampoco para incitar a un perpetuo manifestarse en las calles, sino con el objetivo de cuestionar a la sociedad desde adentro, como parte de ella que se es, en pos de generar una toma de conciencia autocrítica y colectiva que, en tanto acción teórica y praxis combativa, representa la lucha de lo nuevo frente a lo viejo, es decir, la impugnación del sistema político en México, profundamente despótico y centralizado, a partir de asumir que conocer es transformar y aprender es controvertir. La autogestión deviene así conocimiento militante e inconforme con los valores y prácticas estatuidas, antidogmatismo radical que parte del principio de una democracia cognoscitiva que, si bien se inicia en el marco de la lucha estudiantil, tiende a irradiarse hacia el resto de la sociedad, como proyecto revolucionario integral y generalizado, en constante recreación: “De la autogestión académica deberá trascenderse a la autogestión social. Autogestión de las masas del pueblo, de los trabajadores de las fábricas, de los campesinos, por medio de los comités de lucha y los consejos populares de lucha”, sugiere Revueltas. 
Podríamos aventurar como hipótesis que la autogestión acomete aquello que reivindica Antonio Gramsci en su balance autocrítico del bienio rojo (1919-1920) en el norte de Italia: educar la espontaneidad, es decir, ni reprimirla ni encorsetarla, pero tampoco quedarse de brazos cruzados a la espera de que, de manera automática, se concrete la transformación radical del mundo y se prefigure el horizonte emancipatorio en el presente. Revueltas entiende que hace falta intervenir, polemizar, persuadir, tomar partido y disputar sentidos y prácticas, sin pretender imponer las posiciones propias, sino ejercitando una praxis que es a la vez conocimiento crítico y transformación activa de la realidad. De ahí que, en sus propias palabras, la teoría sea vindicativa: “castiga a quien la mistifica y se venga inexorablemente de quienes la traicionan y abandonan”
El 1 de septiembre el presidente de México, Gustavo Díaz Ordaz, brinda un Informe al Congreso en el que deja en claro su intención de apelar a la utilización del ejército para desactivar esta experiencia por demás peligrosa a los ojos de las clases dominantes y la élite política: “hemos sido tolerantes hasta excesos criticados, pero todo tiene un límite y no podemos permitir ya que se siga quebrantando irremisiblemente el orden jurídico como a los ojos de todo mundo ha venido sucediendo”, expresará aquel día con extremo cinismo. 
Como respuesta frente a esta sordera a sus reclamos, y para contrarrestar el discurso oficial que los acusa de “provocadores”, el movimiento estudiantil convoca a una marcha del silencio el 13 de septiembre, que logra aglutinar a más de 400 mil personas en las calles, muchas de ellas con sus labios cubiertos con cintas adhesivas en señal de protesta, durante un periplo conmovedor que inicia en el Bosque de Chapultepec y culmina sin incidentes en el Zócalo. A pesar de ello, el 18 de septiembre el ejército ingresa a la UNAM y unos días después invade también el Instituto Politécnico Nacional, realizando detenciones masivas de quienes se encontraban en las ocupaciones. A esta altura, Revueltas se ve obligado a pasar a la clandestinidad y pernoctar en diferentes casas de activistas. La movilización no se resiente, y a finales de mes el ejército decide retirarse de Ciudad Universitaria, en un juego de repliegue táctico que tendrá como contracara una ofensiva estratégica y sangrienta el 2 de octubre, con el propósito de quebrantar de manera definitiva la resistencia popular.
La masacre de Tlatelolco y el reflujo del movimiento estudiantil
A riesgo de resultar simplistas, podríamos cifrar la emergencia, expansión y declive del movimiento estudiantil en México dentro de un brevísimo ciclo que se condensa en los escasos cinco meses que van de julio a diciembre de 1968, ya que si bien el conflicto universitario no se eclipsa del todo con posterioridad a esa fecha -y hasta se constatan destellos de rebelión importantes en los años sucesivos, como en Puebla o Sinaloa-, lo concreto es que a finales del ‘68, tras la masacre perpetrada desde las más altas esferas del Estado con francotiradores y militares en Tlatelolco, y las sucesivas redadas e incursiones en preparatorias y facultades que arrojan cientos de detenidos/as en las cárceles, el movimiento estudiantil padece un abrupto reflujo que significa un apesadumbrado punto de no retorno. 
Diferentes testimonios relatan que se preveía la posibilidad de una represión del mitin organizado para el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas, a tal punto de que el propio CNH sugirió que a ella asistieran sólo las y los dirigentes que debían hablar en el acto, a pesar de lo cual terminaron yendo casi la totalidad de sus integrantes. Pero más allá de estas advertencias y cuidados, lo cierto es que nadie esperaba tamaño desenlace. 
Desde temprano, ese día el ejército había rodeado la Plaza por diferentes flancos. En paralelo, integrantes del Batallón Olimpia, un grupo contrainsurgente compuesto por miembros del estado mayor presidencial, la dirección federal de seguridad y policías judiciales, vestidos de civil y con un guante o pañuelo blanco en sus manos izquierdas para poder identificarse entre sí, se infiltraron entre los manifestantes y se apostaron en puntos claves de las azoteas y balcones del complejo habitacional ubicado frente a la plaza y de otros edificios circundantes. Bengalas arrojadas desde un helicóptero militar dan la señal para iniciar una balacera indiscriminada contra la multitud que se encuentra en la concentración, a la que los soldados responden disparando hacia los miles de jóvenes que, desconcertados, intentan dispersarse, por lo que a los pocos minutos el fuego cruzado deja un tendal de muertos y heridos.
A través de una verdadera cacería humana, ya en plena noche lluviosa, se detienen a más de dos mil estudiantes en las inmediaciones de la plaza. Una gran cantidad de ellos sufren torturas y algunos hasta son rematados con un tiro de gracia, tras lo cual sus cuerpos son incinerados y arrojados a fosas comunes. Diez días más tarde, se da inicio a los XIX Juegos Olímpicos bajo un clima de extrema congoja y desazón en el seno del movimiento estudiantil. De manera cínica, en el estadio de la Ciudad Universitaria, aquel 12 de octubre se lanzan al cielo cientos de palomas que simbolizan la paz. Una paz, por cierto, demasiado parecida a la de los cementerios. 
El grueso del activismo estudiantil sufre la cárcel, la clandestinidad o el exilio. En los meses y años que suceden a la masacre de Tlatelolco, quienes continúan sosteniendo espacios orgánicos de militancia, deciden recomenzar la lucha sobre nuevas bases: conforman agrupaciones y movimientos emparentados con la nueva izquierda, incursionan en la guerra de guerrillas tanto urbana como rural, apuntalan procesos de auto-organización en las periferias y colonias de las grandes ciudades, o acompañan la resistencia de comunidades campesinas e indígenas en puntos aledaños del país. Hay también quienes optan por continuar habitando la Universidad e impulsan reformas democratizadoras a su interior, contribuyendo a la creación de sindicatos de base, así como a experiencias de producción colectiva de conocimiento y proyectos de investigación contrahegemónica. Una vez más, el Estado responde a estas iniciativas con la represión indiscriminada, el asesinato, la desaparición forzada, e incluso masacres como la del Jueves de Corpus, cometida en junio de 1971 en la ciudad de México contra estudiantes que se solidarizaban con la lucha universitaria en Monterrey.
En el caso puntual de José Revueltas, su encierro durante casi tres años no logra quebrar sus convicciones, ni tampoco le impide continuar con el estudio y la profundización de sus lecturas en torno a un marxismo distante de todo dogmatismo. “El marxismo dogmático es una forma de enajenación también”, dirá en uno de sus apuntes de encierro. En su celda pule ideas, redacta artículos y plasma en borradores o en cartas reflexiones siempre sugerentes y osadas, teniendo como centro a la autogestión y al criminalizado -pero no del todo derrotado- movimiento estudiantil.
Esta vocación se exacerba en la etapa final de su vida, ya en libertad, signada por la intención de revisar incluso algunas de sus hipótesis más importantes, como aquellas plasmadas en su conocido Ensayo sobre un proletariado sin cabeza. Si en este original texto de 1962 aún perdura una visión leninista ortodoxa de la relación entre clase y conciencia, durante sus últimos años reformula este vínculo y llega a esbozar una aguda autocrítica de ciertas posiciones vanguardistas defendidas en las décadas pasadas. En una serie de epístolas, enviadas a su hija entre 1972 y 1974, reconoce la necesidad de revisar a fondo los “principios”del centralismo democrático y hasta afirma que la teoría del partido “debe enfocarse desde un nuevo punto de vista. Pero este punto de vista nuevo es el que se resiste a salir y ser formulado con toda valentía. ¡Emprendámoslo, sin embargo!”
Para Revueltas, esta tarea resulta urgente debido a que es “el eje en torno al cual giran todos los problemas de la época contemporánea”, por lo que concluye redoblando la apuesta por una democracia cognoscitiva, tanto en los espacios educativos y culturales que frecuenta, como en el seno mismo del incipiente movimiento de nueva izquierda que intenta gestar tras su salida de la cárcel de Lecumberri. Y al igual que durante los agitados meses del ’68 mexicano, aboga por la plena libertad de expresión, el fomento de la discusión colectiva y el derecho a la oposición de las minorías, sin ningún tipo de condicionamiento ni restricción autoritaria. 
No obstante, debido a que madura en él la certeza de que “vivimos una época nueva que debe ser vista por un criterio nuevo y ya no por un criterio de principios o de mediados del siglo XX”, en esta ocasión se anima a explicitar de manera inédita la importancia de ahondar en otras formas organizativas diferentes y hasta opuestas a las partidarias: “Un estudio profundo de los hechos de 1968 nos llevaría a una concientización y a la creación de un movimiento nuevo al margen de los partidos. Hay que barrer con los partidos. Ya están demostrados históricamente como caducos y obsoletos”, dirá provocativamente por aquellos años finales. 
En efecto, tal como recuerdan Andrea Revueltas, Rodrigo Martínez y Philippe Cheron, para él “se trataba no de una organización formal, sino de un procesode un movimiento de transicióncon una base estudiantil, proponiéndose objetivos estratégicos a mediano plazo; tenía que funcionar a través de asambleas locales y de representantes electos, el mayor número posible; además, el órgano de dirección sería provisional y autogestionario, electo en la primera asamblea que se llevare a cabo”. En última instancia, de acuerdo a ellos, esta propuesta esbozada por Revueltas apuntaba a “superar las contradicciones entre espontaneísmo y organización. En su mente, la organización tendría que ser totalmente elástica, democrática y en contacto directo con la base; implícitamente, funcionaría por medio de representantes revocables y de asambleas generales que tendrían poder de decisión. De esta manera pensaba poder evitar el peligro permanente de burocratización al que está expuesto todo partido. Y privilegiaba la democracia, en detrimento del centralismo”
Repensar a (las) Revueltas del ’68 al calor de las nuevas apuestas emancipatorias
Sin duda, la caracterización realizada por José Revueltas acerca del ’68, como un movimiento no sólo estudiantil ni puramente educativo, sino como proyecto político y de democratización de las estructuras de poder y de la propia sociedad, a partir de un impulso plebeyo, autogestionario y desde abajo, resultó anticipatorio y hoy cobra mayor envergadura aún como anhelo imperioso de las clases subalternas, en un contexto donde el autoritarismo y la violencia estatal y paramilitar son moneda corriente en México. Pero también sus advertencias acerca de los peligros de un socialismo burocrático y enajenante merecen ser releídas y traídas a nuestro presente por su carácter imperecedero. El suyo fue un pensamiento crítico y honesto, a contramano de las modas y la corrección política, propio de un partisano que a pulmón se anima a denostar tanto a una dictadura burguesa disfrazada de régimen democrático, como al sistema stalinista y estadocéntrico que se presumía emancipatorio pero no lo era en absoluto.
A la vuelta de la historia, hoy podemos afirmar que más allá de cierto arraigo popular y de un evidente respeto ganado a fuerza de coherencia militante, Revueltas padeció una cierta incomprensión durante 1968, por lo que cabe arriesgar que más que errar, llegó a destiempo, para proponer una forma de pensar, sentir y hacer política asentada en la democracia de base y la autogestión generalizada en cada resquicio de la vida cotidiana. Por su parte, el movimiento estudiantil que integró, supo sembrar en el subsuelo político del país y de la región una nueva sensibilidad militante, autónoma y antiautoritaria, igualitarista y plebeya, que a pesar de las masacres y amedrentamientos sufridos tendrá sus frutos tiempo después. Habrá que esperar al trágico terremoto de 1985 o al sismo del 1 de enero de 1994 para que el tejido solidario, la irrupción de la ayuda mutua y la loca manía de apostar por el autogobierno y lo comunitario, cobren sentido y se constaten como sustrato y sostén del México profundo. 
Hay sin duda allí y en un sinfín más de eventos y proyectos recientes de autodeterminación, un secreto compromiso de encuentro entre generaciones y sueños rebeldes, que tiene como punto de juntura y momento constitutivo a 1968 y a esa osada juventud que entendió que, para conquistar ciertas reformas, era necesario hacer la revolución. Al margen de estos puentes y encuentros posibles, que entrelazan pasado y presente desde el ejercicio de una pedagogía de la memoria histórica, tal vez una de las pocas certezas que aún quedan en pie en pleno siglo XXI, sea aquella que afirma que Revueltas hubo y habrá para rato, en México, en Nuestra América y en donde se lo convoque, pero también y sobre todo allí donde se las convoque, porque a pesar de las reiteradas noches de lluvia donde nos han pretendido ametrallar la esperanza, abajo y a la izquierda siempre el tizón se ha mantenido encendido, y más temprano que tarde volverá a alumbrar nuevos mundos que tengan a la autogestión como bandera.

¡UNÁMONOS AL PUEBLO!: una enseñanza del 68 mexicano (Caminos Post-68), muy pronto

Es grato comunicarles a todas y a todos que probablemente en este mismo mes quede impreso el libro ¡UNÁMONOS AL PUEBLO!: una enseñanza del 68 mexicano (Caminos Post-68), que da continuidad a De la protesta callejera a la lucha por otro mundo posible, del que se han publicado ya dos ediciones (la primera en febrero de este año, la segunda a fines de octubre del mismo).
         Ambos libros son de la autoría de Guillermo Palacios, quien participó en 1968 como estudiante de la Prevocacional 4 y en 1971 de la Vocacional 6, ambas del IPN. Fue entonces activista del movimiento estudiantil. En 1972-73 estuvo en la Preparatoria Popular Tacuba como “profe”de Seminario Político y Social, asignatura extra curricular, propia de la Preparatoria Popular.
Aunque desde 1970 había comenzado ya otro camino: el de la integración al pueblo. Este camino fue uno de los que adoptó una parte de los activistas del movimiento estudiantil. Como muchos otros activistas de ese movimiento hubo quienes tomaron ese camino, convencidos, tras las masacres del 2 de octubre de 1968 y del 10 de junio de 1971 que estaban cerradas en México las vías civiles y pacíficas de lucha.
Como se recordará, en la década de los 70’s, cundió en parte del movimiento estudiantil el sentimiento de la derrota. Pero no todos se dieron por vencidos. Al contrario, hubo quienes decidieron seguir luchando, convencidos de que solamente una nueva revolución podría acabar con el sistema capitalista, que hace posibles esa clase de crímenes.
Una parte de los que tuvieron tal convicción pasaron a la clandestinidad y formaron grupos de insurgencia armada. Otra parte de los activistas de entonces, también convencidos de la necesidad de una nueva revolución, consideraron que esta es posible sólo junto al pueblo trabajador, organizado y consciente, que la revolución no podría ser obra de pequeños grupos de valientes armados. De estos otros activistas fue parte el autor de esos libros. Unos se fueron a las fábricas, otros al campo, algunos más a las colonias proletarias a trabajar con el pueblo de las ciudades y el campo, a hacer trabajo político, a organizar, a hacer conciencia, sumándose a las luchas de la gente en sus lugares de trabajo o en los espacios en que vive y lucha. Resultado de esto fue el fortalecimiento de las insurgencias obreras, campesinas y populares que irrumpieron en casi todo el territorio nacional en la década de los 70’s.
El autor fue obrero entre 1970 y 1980 en diversas fábricas. En 1980 ingresó a la empresa, aún paraestatal, Teléfonos de México, ahí participó como trabajador de base dando la lucha en defensa de los derechos de los trabajadores. Dada la alianza del Sindicato de Telefonistas con esa empresa con una política neocharra y neoliberal, pasó a otros espacios de lucha. En 2010 se jubiló de Telmex.
Llegó el momento en que, desde 1994, se incorporó a lo que ha dado en llamarse zapatismo civil: se sumó a la Convención Nacional Democrática, convocada por el EZLN en 1994. Adherido a la Cuarta Declaración de la Selva Lacandona, en 1996 se integró al Frente Zapatista de Liberación Nacional. En 2005 se adhirió a la Sexta Declaración de la Selva Lacandona y se sumó a la Otra Campaña, también convocada por el EZLN. A partir de 2012, sigue como adherente a la Sexta y continúa participando.
Estas etapas de lucha son las que se abordan en el segundo libro: ¡UNÁMONOS AL PUEBLO!...”
Una parte de los primeros pasos en el camino de la integración al pueblo se abordaban en las últimas páginas de la primera edición de De la protesta callejera…”
Pero como esos “primeros pasos”se desarrollan más ampliamente en el segundo libro, la 2ª edición del primer libro ya no las incluye y se extiende a todo lo que siguió.
Es muy probable que el segundo libro quede ya impreso a finales de este mes (noviembre de 2018). Por lo que se podrá organizar la presentación de ambos libros a partir de diciembre.
A diferencia de la 1ª Edición del primer libro, la 2ª Edición del mismo y el segundo libro son totalmente de autor, ya sin “editor ejecutivo”, por lo que ambos libros incluso se podrán poner a disposición de quienes quieran leerlos a un precio más módico. Esto se debe a que el compañero impresor es también un camarada que fue preso político del 26 de julio de 1968 a marzo de 1971 y que coincide en la postura radical con el autor. Así que ahora los costos se trataron directamente, sin ninguna intermediación.
Va esta información a los compañeros de los diferentes espacios independientes, para ir programando la presentación de ambos libros con colectivos y organizaciones obreras, campesinas, populares y estudiantiles independientes de todos los partidos políticos, que luchan en contra del sistema capitalista.

jueves, 22 de noviembre de 2018

RESUMEN DEL TESTIMONIO DE UN ACTIVISTA POLITÉCNICO EN 1968.

Contingente de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas en la manifestación del 1º de agosto de 1968.
Memoria Politécnica 1968: independencia, horizontalidad, combatividad
Doroteo Arango,
La Voz del Anáhuac
(Breve crónica de un activista del IPN)
22 de noviembre de 2018.
NOTA: Este artículo ya se había publicado en mayo de 2017 en este espacio, tras hacerle algunos agregados al texto, hoy lo compartimos de nuevo. Hay que decir que con sólo citar la fuente, este escrito puede replicarse por espacios independientes, colectivos, medios libres e individualmente por todas y todos quienes tienen la idea de que conmemorar, recordar y mantener fresca la memoria de la digna rebeldía del Movimiento Popular-Estudiantil de 1968, pues es parte de la historia de quienes somos de abajo y de izquierda, que resistimos, nos organizamos para acabar con el sistema capitalista que explota, reprime, desprecia y despoja al pueblo de México. 
Se ha cumplido ya medio siglo de la gesta que aquí se narra. Ahora el Estado pretende institucionalizar el 68, va a poner en letras de oro en su cámara de diputados una placa por los mártires de Tlatelolco, los directivos de la UNAM, el IPN realizan actos conmemorativos, pretendiendo despojarnos de nuestra historia. Esto no lo permitiremos, que tengan presente que no olvidamos, no perdonamos y mantenemos viva la digna rebeldía.
La Voz del Anáhuac.
Sexta por la libre.
Contingente de la Prevocacional 6, los más pequeños, acompañados por su padres y profesores.
Para los activistas politécnicos de 1968, el movimiento estudiantil no terminó el 2 de octubre con la masacre de Tlatelolco. Resistimos y sostuvimos la huelga hasta diciembre de ese año. Y seguimos luchando después, organizando a los estudiantes, oponiéndonos al porrismo y al resurgimiento del control priísta.
Entonces decíamos: “por nuestros compañeros caídos no un minuto de silencio (ni una placa), sino toda una vida de lucha”.
El IPN, fundado en 1936 fue concebido como una institución educativa para los hijos de los obreros y los campesinos, para los jóvenes de menores recursos económicos.
Esta característica se conservó pese a que en 1956 fueron clausurados el Internado y los comedores estudiantiles. El ejército tomó por asalto el IPN el 23 de septiembre de 1956, los dirigentes estudiantiles fueron encarcelados, acusados de “disolución social” y muchos otros fueron expulsados (entre ellos el representante de la Prevocacional 4, un joven llamado Arturo Gámiz García). La organización estudiantil, la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos (FNET) cayó bajo el control del PRI, convirtiéndose en una organización oficialista, servil al gobierno, traicionando el espíritu de lucha que tuvo hasta entonces.
En 1967, a pesar del control de la FNET, el IPN fue a la huelga solidaria con la Escuela de Agronomía Hermanos Escobar, de Ciudad Juárez, Chihuahua. Entonces había ya en el IPN sectores disidentes a la FNET. Esa experiencia nos dejó enseñanzas en cuanto a independencia y horizontalidad que pondríamos en práctica en 1968 al organizar el Consejo Nacional de Huelga (CNH). Dirección colectiva, sin jerarquías, revocable, rotativa, independiente de todos los partidos políticos, regida por los mandatos de las asambleas generales.
Contingente de la Vocacional 5 en una de las manifestaciones al Zócalo.
Los días 22 y 23 de julio una riña callejera entre estudiantes de las Vocacionales 2 y 5 y de la Preparatoria particular Isaac Ochoterena fue salvajemente reprimida por el cuerpo de granaderos, que incluso irrumpieron en la Vocacional 5 golpeando indiscriminada y brutalmente a estudiantes y profesores.
Todos los estudiantes del IPN decidimos protestar. La FNET se vio obligada a convocar una manifestación de protesta por la agresión policíaca. Pero la condujeron al Casco de Santo Tomás. Primero en el monumento a la Revolución y luego en el mismo Casco los estudiantes del IPN preguntaban: "¿ante quién vamos a protestar en el Casco? ¡Al Zócalo debemos ir, ahí están los que dan las órdenes a la policía!"
Y dándole la espalda a la FNET, los estudiantes del IPN se dirigieron al Zócalo. En la Alameda se encontraron con otra manifestación que cada año se realiza en apoyo a la revolución cubana. Se solidarizaron con la protesta del IPN y juntos marchamos al Zócalo. Pero los granaderos nos impidieron el paso. La manifestación fue reprimida. Muchos compañeros fueron golpeados, se habló de que hubo muertos (circuló una lista de 32 desaparecidos o asesinados por la policía), más de un centenar fueron arrestados. Y luego de disolver la manifestación, arremetieron violentamente contra estudiantes de las Preparatorias 1, 2 y 3 en el Barrio Universitario, en el centro histórico.
Los agitadores son: ignorancia, hambre y miseria. Manta en una de las grandes manifestaciones de 1968. 
El servilismo traidor de la FNET fue repudiado por las bases estudiantiles luego de la represión a la manifestación del 26 de julio. Todas las escuelas la desconocieron y organizaron los Comités de Huelga, pues las asambleas generales de todas las escuelas decidieron ir a la huelga.
Mientras en el IPN se declaraba la huelga y se desconocía a la FNET, en la UNAM se reunían los grupos políticos de izquierda para discutir qué hacer.
Con el IPN en huelga y algunas escuelas de la UNAM sumándose, la noche del 29 de julio el gobierno hizo intervenir al ejército. Las Vocacionales 7, 5 y 2, la Prevocacional 4 y las Preparatorias del Barrio Universitario fueron ocupadas por el ejército. En la  Preparatoria 3 fue derribada de un bazucaso la puerta centenaria. 
Esto hizo que la huelga se extendiera a todas las escuelas del IPN y la UNAM. Entonces intervino el rector de la UNAM. El 30 de julio realizó un mitin en la explanada de la rectoría izando a media asta la bandera, en señal de luto por la violación de la autonomía y el 1 de agosto encabezó una manifestación en las inmediaciones de Ciudad Universitaria.
Para algunos esta intervención del rector fue un hecho que “legitimó” al movimiento. No. Al movimiento lo legitimó su independencia, su horizontalidad, su rebeldía, su insolente irreverencia ante el poder, su vocación de vincularse con el pueblo.
En el IPN el director general pretendió, junto con la ya desconocida FNET y el gobierno de la ciudad, llevar al movimiento a una farsa de diálogo, tratando de controlar el movimiento y encajonarlo en los límites institucionales.
Así, contra estas intenciones de control, los politécnicos realizamos el 5 de agosto una gran manifestación que fue desde Zacatenco al Casco de Santo Tomás, pasando en su camino por la Vocacional 7 en Tlatelolco. Fue una manifestación combativa, libre de todo control oficial. Fue nuestra declaración de independencia como movimiento que en esos momentos se planteaba hacer respetar las libertades democráticas.
Camiones del IPN y la UNAM fueron templete en las grandes manifestaciones y con ellos recorríamos zonas industriales y barrios populares en brigadas numerosas. 
Con todo el IPN y la UNAM ya en huelga, el 4 de agosto se conformó el CNH con tres representantes por escuela, como se dijo antes: dirección no jerárquica, colectiva, revocable, rotativa, independiente de todos los partidos políticos e instituciones gubernamentales. La idea era no tener líderes, para evitar que fueran cooptados o reprimidos. Sabíamos que cuando hay líderes el gobierno, para controlar los movimientos, compra, encarcela o asesina a los dirigentes. Así pasó en 1959 cuando el movimiento ferrocarrilero fue reprimido, encarcelando a Demetrio Vallejo, y en 1962 cuando el líder campesino Rubén Jaramillo fue asesinado.
Se sumaron durante el mes de agosto las universidades de los estados, las normales, las escuelas de agronomía, los tecnológicos, dando alcance nacional al movimiento.
En las asambleas generales decidíamos, organizamos guardias en las escuelas y brigadas informativas al pueblo. El movimiento creció durante todo ese mes.
El 13 de agosto organizamos una manifestación que fue del Casco de Santo Tomás al Zócalo. Gran combatividad en esta manifestación. Por primera vez el Zócalo dejó de ser exclusivo para actos del poder.
Las brigadas estudiantiles recorríamos los barrios, las zonas fabriles, los mercados, las plazas públicas, realizábamos mítines relámpago en la calle. Hicimos nuestra la ciudad. Revertimos así la campaña de linchamiento mediático desatada por el gobierno. El pueblo simpatizó con el movimiento. En particular los campus del IPN estaban en zonas populares, proletarias. Zacatenco cerca de Ticomán, Cuautepec, La Presa, la Industrial Vallejo, la Villa. El Casco de Santo Tomás junto a Tlatilco, la estación de trenes de Pantaco, la Refinería de Azcapotzalco, Santa Julia, Santa María la Rivera. En Tlatelolco estaban la Vocacional 7 y la Prevocacional 4, rodeadas de barrios populares: Peralvillo, San Simón Tolnáhuac, La Guerrero, Tepito, Nonoalco, en medio de la Unidad Habitacional Tlatelolco, donde los vecinos se solidarizaron con el movimiento. En esos barrios vivían muchos estudiantes de esas escuelas, incluso eran parte de las pandillas barriales, por lo que en los momentos difíciles, cuando se dieron los enfrentamientos con la policía, participaron en las batallas campales, pues teníamos un enemigo común que nos reprimía. El odio a la policía en los barrios era enorme pues continuamente arrestaban y extorsionaban a los muchachos por jugar en la calle.
Este fue uno de los factores que le dieron el carácter popular al movimiento. La gente de los barrios no sólo se solidarizaba asistiendo a las manifestaciones, sino que combatía hombro a hombro con los estudiantes contra la policía en las barricadas, sobre todo en septiembre, cuando defendimos las escuelas de Zacatenco, Tlatelolco, la Ciudadela y el Casco de Santo Tomás.
27 de agosto de 1968: gran manifestación llena el Zócalo y seguían saliendo contingentes del Museo de Antropología e Historia.
       El 27 de agosto fue la manifestación más grande. Fue del Museo de Antropología al Zócalo. Al terminar se decidió que quedara una guardia para iniciar un plantón que permanecería exigiendo el diálogo público con el gobierno. Pero esa noche, el ejército y todos los cuerpos policíacos desalojaron violentamente el Zócalo.
Al siguiente día el gobierno montó una farsa de “desagravio” por la bandera de huelga que se izó y por la supuesta “profanación de la Catedral", pues un grupo de estudiantes había subido a echar las campanas a vuelo. Esto fue posible porque los propios encargados de la catedral dieron permiso, pero el gobierno dijo que “profanamos la Catedral” para poner en contra del movimiento al pueblo católico. Y de "agravio a la bandera nacional", porque se había amarrado una bandera rojinegra en el astabandera del Zócalo.
No le funcionó la farsa al gobierno, el mitin de “desagravio” se le salió del control y se convirtió en una protesta. Entonces el gobierno se fue contra los empleados que había obligado a asistir.
En los días previos y posteriores al informe presidencial bandas paramilitares atacaron las guardias de diferentes escuelas disparando ráfagas de metralla, persiguiendo, arrestando, golpeando y asesinando o desapareciendo a muchos activistas.
Con todo en contra, ante una escalada represiva, el movimiento volvió a dar muestras de firmeza, combatividad y voluntad de seguir la lucha el 13 de septiembre con la manifestación silenciosa, que recorrió el Paseo de la Reforma desde el Museo de Antropología hasta el Zócalo, en total silenciaste la cerrazón gubernamental.
A casi un mes de que comenzaran los juegos olímpicos, al gobierno le urgía acabar el movimiento. El 18 de septiembre el ejército tomó Ciudad Universitaria. Su intención era capturar al pleno del CNH. No lo logró, pero sí hubo centenares de detenidos. No hubo resistencia.
27 de agosto de 1968: el ejército desaloja el Zócalo.
Era obvio que seguía el IPN. En las asambleas generales acordamos resistir. No entregaríamos pacíficamente nuestras escuelas. Resistimos armados de dignidad, ingenio y apoyo popular.
El 20 de septiembre cercaron Zacatenco. La batalla se dio en la calle, con el apoyo de los vecinos y de las pandillas de los barrios. No lograron tomarlo.
El 21 de septiembre la batalla se dio en Tlatelolco. Atacaron la Vocacional 7. Los vecinos se sumaron al combate, desde los edificios lanzaban botellas, macetas, zapatos viejos y agua hirviendo a los granaderos, reforzando la resistencia estudiantil que desde las azoteas de los edificios se parapetaron para repeler la agresión policíaca con bombas molotov y piedras. Hasta los niños se sumaron a la resistencia con sus rifles de municiones, resorteras y canicas. Tampoco lograron su objetivo los granaderos. Ya de noche intervino el ejército pero ordenaron el repliegue cuando un oficial militar, vecino de la misma unidad, disparó contra granaderos que maltrataron a su familia. 
Granaderos disparan gases lacrimógenos contra estudiantes de la Vocacional 7. 21 de septiembre de 1968.
El 23 de septiembre, desde el mediodía el ataque de la policía montada y los granaderos fue en el Casco de Santo Tomás. Desde las calles aledañas se les repelió a punta de bombas molotov y piedras. Aquí se utilizaron cohetones lanzados desde tubos de PVC. Se derramó aceite quemado en las calles, cuando pasaban los camiones de granaderos se les lanzaban bombas molotov levantando grandes llamaradas por el aceite derramado. En los talleres se afilaron electrodos de soldadura utilizados como saetas lanzadas por ballestas hechizas con solera, ángulo soldados y un tramo de cable de acero tensado. La batalla duró hasta el anochecer, cuando intervino el ejército. Solo así pudieron tomar el Casco de Santo Tomás. La última escuela que tomó por asalto el ejército fue Ciencias Biológicas, el mismo lugar que albergó al internado hasta el 23 de septiembre de 1956, cuando el ejército lo clausuró y mantuvo la ocupación militar durante 2 años.
Con las escuelas tomadas por el ejército, muchas brigadas tuvieron que migrar a los barrios. Semiclandestinamente continuaron la actividad de difusión, volanteo, pintas, pegas, boteo, pues la ciudad estaba patrullada por el ejército, bajo  un estado de sitio no declarado.
El CNH insistía en la necesidad de que ya se iniciara el diálogo. Desde el gobierno se empleaba el doble discurso: mientras aseguraba estar en la mejor disposición a dialogar, mantenía ocupadas las escuelas, patrullaba la ciudad y se había desatado una cacería de brigadistas. Cualquiera que fuera estudiante o lo pareciera era asesinado en plena calle si se sospechaba que realizaba alguna actividad del movimiento. el 27 de septiembre se realizó un mitin en Tlatelolco: decenas de miles de estudiantes resistiendo y con muestras claras de solidaridad obrera y popular: continentes de ferrocarrileros, de petroleros, del pueblo de Topilejo, vecinos de los barrios...
El Casco de Santo Tomás tomado por el ejército en la madrugada del 24 de septiembre. Se implantó el Estado de sitio. Se "normalizó" la presencia del ejército en las calles de la ciudad. Aquí un niño orina en las llantas de una tanqueta...
El 2 de octubre, por la mañana, una comisión del CNH se reunió con representantes del gobierno. “Las puertas del diálogo están abiertas”, declaró a la prensa el secretario de gobernación.
Pero todos sabemos qué fue lo que ocurrió esa tarde en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco. Las puertas que se abrieron fueron las del infierno: una brutal masacre, sólo comparable en nuestra historia a las masacres perpetradas por la dictadura porfirista contra las huelgas de Cananea y Río Blanco. Centenares de asesinados, no sólo estudiantes, también hombres, mujeres y niños del pueblo. 
El “Batallón Olimpia”apostó francotiradores desde los edificios circundantes a la plaza, estos abrieron fuego indiscriminado cuando a las señales de luces de bengala el ejército irrumpió desde Relaciones Exteriores, Manuel González y San Juan de Letrán (hoy Eje Central), generalizando una intensa balacera contra todo lo que se moviera. Desde las 6:15 de la tarde hasta las 11 de la noche se escucharon los estruendos de las balas asesinas.
Hasta aquí, para muchos, según la versión oficial, llegó el movimiento.
Además de los centenares de muertos, desaparecidos y encarcelados (entre ellos buena parte del CNH), se desató la persecución y lo que quedó del CNH tuvo que andar a salto de mata. Hubo “fuego amigo”: Marcelino Perelló se prestó a hacer declaraciones tratando de exculpar al ejército: “llegó disparando salvas”. Áyax Segura y Sócrates Campos Lemus declararon que funcionario resentidos financiaban el movimiento y que el CNH había preparado “columnas de seguridad” para abrir fuego contra al ejército. Que estas declaraciones fueron bajo tortura o que de por sí eran agentes del gobierno infiltrados en el propio CNH, se dijo.
Lo cierto es que con buena parte del CNH en la cárcel, al Partido Comunista Mexicano (PCM) ya no le costó mucho trabajo controlar al CNH y desde ahí desataron una campaña para convencer de que lo prudente era el “repliegue táctico”. Esa campaña ya la habían iniciado desde septiembre, cuando elector de la UNAM pedía levantar la huelga. Ahora le agregaban que había la amenaza del gobierno de que si no se levantaba la huelga, la UNAM y el IPN serían clausurados.
Llamaron a una “tregua olímpica”, es decir, suspender toda actividad del movimiento durante la realización de los juegos olímpicos. Según esto para demostrar que en ningún momento nuestra intención era boicotearlos, como se nos acusó desde el inicio del movimiento. También se nos había acusado de que el movimiento era parte de una “conjura del comunismo internacional”, que recibíamos apoyo financiero y armas de las embajadas de la Unión Soviética, Cuba y otros países socialistas. También se dijo que todo era por la pugna del poder entre distintos grupos políticos ante la sucesión presidencial, que Carlos A. Madrazo y otros políticos resentidos financiaban el movimiento. Incluso de que había un complot de la CIA para que le fuera retirada la sede de los XIX Juegos Olímpicos a México.
Por supuesto todo esto era falso. Lo verdadero fue que la masacre nos mostró que en México estaban cerradas las vías civiles y pacíficas de lucha.
Con todo en contra, con patrullajes policíaco-militares en las calles se hacía casi imposible realizar el brigadeo, sorteando una febril cacería de activistas, con el CNH controlado por un grupo claudicante dispuesto a vender el movimiento, los estudiantes del IPN logramos sostener la huelga hasta diciembre. La mayoría en la UNAM aceptaron levantar la huelga el 4 de diciembre, fecha en que disolvió el CNH. En el IPN la levantamos parcialmente el 18 de diciembre, en algunos casos hasta enero de 1969.
¿Cuántos muertos en Tlatelolco? ¿Cuántos desaparecidos? ¿se sabrá toda la verdad algún día? Los gobernantes nunca la dirán, aunque sean de otro partido, todos representan los mismos intereses.
Lo que aprendimos en el curso de este movimiento es que no habría libertades democráticas ni respeto a la constitución, ni diálogo con el gobierno. Que este es guardián de los intereses de la burguesía. Que nada cambiaría en nuestro país sino a través de una verdadera revolución.
En el Politécnico, mayoritariamente de origen proletario, esta idea prendió, germinó. Forjados en el combate callejero contra los cuerpos policíaco-militares, una parte de quienes participamos en el movimiento decidió alzarse. Ya proliferaban grupos guerrilleros en el país. Desde años antes en Guerrero estaban levantados en armas Genaro Vázquez y Lucio Cabañas en la sierra. En 1965 se había levantado el Grupo Popular Guerrillero, en Chihuahua, encabezado por Arturo Gámiz, asesinado en el intento de tomar el cuartel militar de ciudad Madera. Pero la masacre del 2 de octubre convenció a muchos más de la necesidad de una revolución armada.
Con muchos activistas del IPN se nutrieron algunos grupos guerrilleros: el Comando Armado Lacandones, el Movimiento de Acción Revolucionara-23 de Septiembre y otros, que después dieron origen a la Liga Comunista 23 de Septiembre.
Otra oleada de activistas politécnicos, convencidos también de una revolución armada, decidieron dejar en sus escuelas cuadros que continuaran la lucha estudiantil para integrarse a las luchas populares (campesinas, obreras, urbanas), pensando que una revolución no puede ser obra de un puñado de valientes sino de todo el pueblo consciente y organizado. Un camino más largo y difícil, pero que se tradujo en los siguientes años en la proliferación de huelgas y tomas de tierras que dieron lugar a un fenómeno conocido como Insurgencia Obrera, Campesina y Popular.
Para nosotros el 68 no terminó el 2 de octubre, más bien fue el comienzo de la afirmación de un compromiso de lucha que permanece vigente en buena pare de esa generación formada en el combate contra quienes nos explotan, nos reprimen, nos despojan, nos desprecian.
¿Que hubo líderes” que se vendieron, que traicionaron, que se rindieron, que claudicaron o cayeron en la desesperanza?, seguramente. La historia los va a juzgar. También juzgará a los asesinos: por cada gota de sangre, por cada caído, torturado, desaparecido, ejecutado extrajudicialmente habrá justicia popular.
Lo cierto es que, sobre todo, en los de abajo, en los que no fueron “líderes”, en los que aprendimos a luchar luchando, en los que nunca obedecimos las consignas de ningún partido político, la formación política que nos dio el movimiento fue, es y seguirá siendo la de luchar contra el sistema capitalista junto con el pueblo, del que formamos parte, sin rendirnos, sin vendernos, sin claudicar…
El 10 de junio de 1971 nos manifestamos solidarios con la lucha de la Universidad de Nuevo León y con las luchas obreras y populares. El Estado perpetró otra masacre.