domingo, 10 de abril de 2016

EL CAZADOR DE HISTORIAS (Adelanto del último libro de Galeano, concluido un año antes de morir)

x Eduardo Galeano
La Haine
Brecha
04/04/2016
El escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano (Montevideo, 1940-2015), concluyó su último libro un año antes de morir. Acechante, el cronista de los invisibles salió a cazar en esa jungla que habitamos “para mostrarnos –con crudeza, con humor, con ternura–” realidades que no todos logran ver. Así surgió El cazador de historias, que publica Siglo XXI, su editorial de toda la vida. En este libro, quien clamaba por una América Latina Unida para revertir el miedo y la resignación, obsequia un puñado de bellas y poderosas historias que ofrecen pistas de su biografía, de su infancia y juventud, de sus primeros viajes por esa región, de las personas que marcaron su vida y su escritura, así como sus ideas sobre la muerte. Aquí, fragmentos de Cazador de historias publicados por Brecha y La Jornada, a manera de adelanto, son algunos destellos del arcoíris legado por quien afirmaba: Obedecer a los poderosos, no es nuestro destino. El libro ya empieza a circular en México.
La viciosa
En Montevideo, a principios del siglo XIX, el capitán José Bonifacio de Toledo pagó 300 pesos por una negra de 18 años de edad, llamada Marta.
Ella era la esclava de mejor conducta, libre de vicios y defectos, pero a los pocos días el comprador exigió que le devolvieran el dinero. Marta tenía un vicio, el peor de todos: a la menor oportunidad, se escapaba sin dejar huella de sus pasos.
Al cabo de muchas fugas, su nuevo dueño la encadenó.
Atada de pies y manos con grilletes de hierro, la viciosa no se quejaba. En silencio aceptaba el castigo.
Pero pocos días después, se evaporó.
En la celda quedaron cuatro argollas de hierro y una larga cadena intacta.
De ella, nunca más se supo.

Esa nuca
En 1967, pasé un tiempo en Guatemala, mientras los escuadrones de la muerte, militares sin uniforme, sembraban el terror. Era la guerra sucia: el ejército norteamericano la había practicado en Vietnam y la estaba enseñando en Guatemala, que fue su primer laboratorio latinoamericano.
En la selva conocí a los guerrilleros, los más odiados enemigos de esos fabricantes del miedo.
Llegué hasta ellos, en las montañas, llevado en coche por una mujer que astutamente eludía todos los controles. Yo no la vi, ni le conocí la voz. Estaba tapada de la cabeza a los pies, y no dijo ni una palabra durante las tres horas del viaje, hasta que con un gesto de la mano, en silencio, abrió la puerta de atrás y me señaló el secreto sendero que debía seguir montaña adentro.
Años después supe que ella se llamaba Rogelia Cruz, que colaboraba con la guerrilla y que tenía 26 años cuando fue encontrada bajo un puente, después de ser mil veces violada y mutilada por el coronel Máximo Zepeda y toda su tropa.
Yo sólo había visto su nuca.
La sigo viendo.

La ídola
Cuando se retiró del cine, el mundo entero quedó viudo de ella.
Había nacido con otro nombre, y por su helada belleza había merecido llamarse la Divina, la Esfinge Sueca, la Venus Vikinga
Medio siglo después del adiós, Justo Jorge Padrón, poeta español que hablaba sueco con acento canario, estaba mirando la vidriera de una tienda de discos, en Estocolmo, cuando en el cristal descubrió el reflejo de una mujer alta y altiva, envuelta en pieles blancas, parada a sus espaldas.
Él se dio vuelta y la vio, mentón alzado, grandes lentes oscuros, y dijo que sí, dijo que no, que era, que no era, que podía ser, y de puro curioso le preguntó:
—Disculpe, señora, pero… ¿usted no es Greta Garbo?
Fui –dijo ella.
Y con lentos pasos de reina, se alejó.

El ídolo descalzo
Gracias a Sailen Manna, el fútbol de la India ganó la Medalla de Oro en los juegos asiáticos de 1951.
Toda su vida jugó para el club Mohun Bagan sin cobrar salario, y nunca se dejó tentar por los contratos que los clubes extranjeros le ofrecían.
Jugaba descalzo, y en el campo enemigo sus pies desnudos eran conejos imposibles de atrapar.
Él siempre había llevado, en su bolsillo, a la diosa Kali, esa que sabe pelear de igual a igual contra la muerte.
Sailen tenía casi 90 años cuando murió.
La diosa Kali lo acompañó en el último viaje.
Descalza, como él.

Esos ojos
Cesare Pavese había escrito:
“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”.
La encontró en un hotel de Turín, una noche del verano de 1950.
Por sus ojos, la reconoció.

Afrodita
Hacía poco que Catalina y Felipe habían descubierto la mar, y no había quien los sacara del agua. Saltando olas pasaban sus días, mientras en las arenas de la playa yacían, olvidados, los moldes, las palitas y los baldes.
Una noche, les conté:
—Había una vez una mujer que se llamaba Afrodita. Ella había nacido de la espuma. Y a mí me parece que ustedes también.
A la mañana siguiente, escuché el griterío, que venía desde el oleaje.
Eran ellos, que gritaban a la espuma:
—¡Mamá!

El río raro
Eran niños venidos de tierra adentro, de muy adentro, que no habían estado nunca en la playa de Piriápolis, ni en ninguna playa, y que nunca habían visto la mar.
A lo sumo se atrevían a mojarse los pies, pero ninguno rompía las olas.
Para vencer el miedo, uno de los niños, el más sabido, explicó qué era la mar:
—Es un río de una sola orilla.

El Monstruo de Buenos Aires
Así lo vio, o lo imaginó, y así lo llamó, el sacerdote francés Louis Feuillée.
Este monstruo fue uno de los espantos que ilustraron el libro de memorias de su viaje por tierras sudamericanas, reinos de Satán, entre 1707 y 1712.

El poderoso cero
Hace cerca de 2 mil años, el signo del cero fue grabado en las estelas de piedra de Uaxactún y en otros centros ceremoniales de los mayas.
Ellos habían llegado más lejos que los babilonios y los chinos en el desarrollo de esta llave que abrió paso a una nueva era en las ciencias humanas.
Gracias a la cifra cero, los mayas, hijos del tiempo, sabios astrónomos y matemáticos, crearon los calendarios solares más perfectos y fueron los más certeros profetas de los eclipses y otras maravillas de la naturaleza.

La primera flauta
Un cazador se perdió, alguna vez, en alguno de los laberintos de la selva amazónica.
Después de mucho vagar, se dejó caer al pie de un cedro y allí quedó dormido.
Fue despertado por el sol y por una música jamás escuchada.
Entonces, el cazador perdido descubrió que un pájaro carpintero, de cabeza roja, largo cuello y pico poderoso, estaba picoteando una rama.
La música nacía del viento que entraba por los agujeros que el pájaro excavaba.
El cazador aprendió. Imitando al viento y al pájaro, creó la primera flauta americana.

La recién nacida
En el último día de abril del año 2013, Galulú Guagnini nació en Caracas.
El padre, Rodolfo, explicó:
–Ella vino para enseñarnos todo de nuevo.

La lluvia
Entre todas las músicas del mundo y del cielo, entre todas las que escucho desde arriba y desde abajo, yo elijo el concierto para lluvia sola.
Como en misa la oigo, cada vez que se deja sonar en la claraboya de mi casa.

Las nubes
Por las noches, cuando nadie las ve, las nubes bajan al río.
Inclinadas sobre el río, recogen el agua que más tarde lloverán sobre la tierra.
A veces, cuando están en plena tarea, algunas nubes se caen, y el río se las lleva.
Cuando llega la mañana, cualquiera puede ver pasar a las nubes caídas.
Ellas derivan sobre las aguas, lentos barquitos de algodón, mirando al cielo.

El oficio de escribir
De Onetti aprendí, también, el placer de escribir a mano.
A mano trabajo cada página, quién sabe cuántas veces, palabra tras palabra, hasta que paso en limpio, en la computadora, la última versión, que siempre resulta ser la penúltima.

Por qué escribo /3
Para empezar, una confesión: desde que era bebé quise ser jugador de fútbol. Y fui el mejor de los mejores, el número uno, pero sólo en sueños, mientras dormía.
Al despertar, no bien caminaba un par de pasos y pateaba alguna piedrita en la vereda, ya confirmaba que el fútbol no era lo mío. Estaba visto: yo no tenía más remedio que probar algún otro oficio. Intenté varios, sin suerte, hasta que por fin empecé a escribir, a ver si algo salía.
Intenté, y sigo intentando, aprender a volar en la oscuridad, como los murciélagos, en estos tiempos sombríos.
Intenté, y sigo intentando, asumir mi incapacidad de ser neutral y mi incapacidad de ser objetivo, quizás porque me niego a convertirme en objeto, indiferente a las pasiones humanas.
Intenté, y sigo intentando, descubrir a las mujeres y a los hombres animados por la voluntad de justicia y la voluntad de belleza, más allá de las fronteras del tiempo y de los mapas, porque ellos son mis compatriotas y mis contemporáneos, hayan nacido donde hayan nacido y hayan vivido cuando hayan vivido.
Intenté, intento, ser tan porfiado como para seguir creyendo, a pesar de todos los pesares, que nosotros, los humanitos, estamos bastante mal hechos, pero no estamos terminados. Y sigo creyendo, también, que el arcoíris humano tiene más colores y más fulgores que el arcoíris celeste, pero estamos ciegos, o más bien enceguecidos, por una larga tradición mutiladora.
Y en definitiva, resumiendo, diría que escribo intentando que seamos más fuertes que el miedo al error o al castigo, a la hora de elegir en el eterno combate entre los indignos y los indignados.

Vivir por curiosidad
La palabra entusiasmo proviene de la antigua Grecia, y significaba: tener a los dioses adentro.
Cuando alguna gitana se me acerca y me atrapa una mano para leer mi destino, yo le pago el doble para que me deje en paz: no conozco mi destino, ni quiero conocerlo.

Vivo, y sobrevivo, por curiosidad.
Así de simple. No sé, ni quiero saber, cuál es el futuro que me espera. Lo mejor de mi futuro es que no lo conozco.

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