miércoles, 6 de abril de 2016

PALESTINA, RECONSTRUYENDO TEJIDOS ROTOS: aquí tenemos un pasado, un presente, aquí está nuestro futuro

El cardo es el símbolo de resistencia para la campaña «Solidaridad con el Valle de Jordán». Atrás se miran las montañas que componen el inicio del país vecino, Jordania. Foto: Susana Norman
Colaboración:
Por Susana Norman.
Fotografías de: Comité de Defensa de Hebrón, Susana Norman, Alexandre Macial y María Birkeland Olerud.
Agencia SubVersiones:
05 abril, 2016.
¿Quién que es abajo y a la izquierda puede permanecer callado? ¿Sirve decir algo? ¿Detienen alguna bomba nuestros gritos? Nuestra palabra, ¿salva la vida de algún niño palestino? (…) No sabemos ustedes, pero nosotros y nosotras, zapatistas del EZLN, sabemos lo importante que es, en medio de la destrucción y la muerte, escuchar unas palabras de aliento. No sé cómo explicarlo, pero resulta que sí, que las palabras desde lejos tal vez no alcanzan a detener una bomba, pero son como si se abriera una grieta en la negra habitación de la muerte y una lucecita se colara.
Por los hombres, mujeres, niños y ancianos del EZLN. Subcomandante Insurgente Marcos.
México, 4 de enero 2009
67 años han pasado desde aquel momento que los palestinos recuerdan como Al-Nakba, la catástrofe, en 1948, cuando la ocupación sionista de la Tierra Santa y la creación del Estado de Israel era un hecho consumido. Masacres como en Deir Yassin, Lydda y Abu Shusha obligó al mayor éxodo palestino en la historia. Alrededor de 700, 000 personas huyeron de la tierra que les vio nacer para jamás volver a ella. Inmediatamente Israel creó leyes, prohibiendo el retorno de los palestinos a sus pueblos y ciudades. Hoy, estas leyes se hacen cumplir por medio de los puestos de control, por el muro de apartheid y por las balas. Temos aquí uno de los símbolos de la resistencia palestina, la llave de sus casas. La llave fue la única pertenencia que las familias se llevaron al huirse de la violencia, imaginando su pronto retorno. En el caos de 1948 no les fue posible prever la magnitud de la catástrofe.
Fue el momento en el que los «poderes aliados», ganadores militarmente de la Segunda Guerra Mundial, quisieron subsanar a los judíos los daños por haberlos entregado a los nazis, o bien, la negligencia que hizo posible el exterminio de millones de judíos en manos nazis, y consagrarles una tierra para vivir. La mentira histórica, manejada por agentes del sionismo desde el inicio del siglo XX, de «un pueblo sin tierra para una tierra sin pueblo», refiriéndose a Palestina, ha significado tanto sufrimiento para los palestinos que es difícil concebirlo. Después vino Al-Naksa, la tragedia/la humillación, en 1967, cuando Israel ocupó Gaza y Cisjordania. Para los palestinos, Al-Naksa es hoy un proceso continuo; la colonización del territorio, la militarización de la vida y las humillaciones constantes permanecen. Si bien hubo expectativa de que los Acuerdos de Oslo en el inicio de los años 90, pudieran significar pasos importantes para una solución, los acuerdos fueron manejados para dividir el territorio y a los palestinos, y legitimar la ocupación sionista. La Organización para la Liberación de Palestina (OPL) aceptó. La resistencia épica de Palestina les ha llevado a pequeñas pero constantes victorias, que dan aliento para continuar luchando, aunque las garras de la ocupación israelí exprimen cada vez más fuerte al corazón palestino.
Familia de Siria que ahora vive en la ocupación Leila Khaled. Foto: Alexandre Macial
Palestina sangra, y su herida abierta se tornó el dolor de la humanidad. A veces ignorada, pero muchas veces recordada. Sin solución a la ocupación sionista, la humanidad no tendrá paz. Ante los caminos de los palestinos, marginalizados y abandonados, también por su propia clase política, para crear sus propias narrativas históricas –el qissatuna (nuestra historia)– también cabe reconstruir la memoria de los caminos de la solidaridad desde los pueblos de abajo. Así Palestina deja de ser nuestra culpa, por las repetidas traiciones de los Estados que constituyen la llamada «comunidad internacional», y Palestina comienza a ser nosotros mismos.
Vernos en los ojos y sentir el dolor del otro
Numerosas han sido las expresiones de solidaridad con la lucha palestina, símbolo de resistencia para diversos movimientos en el mundo entero. La solidaridad está presente cuando brigadas de África, Europa y Asia acompañan a los campesinos a cosechar sus olivos en Cisjordania, cuando acampados del Movimiento sin Tierra en el estado amazónico de Pará, comienzan sus jornadas con una mística sobre la resistencia palestina, o cuando la rapera chilena Ana Tijoux y la «primera dama del hip-hop árabe», la palestina Shadia Mansour cantan: «Nadie sobra, todos faltan, todos suman. Todos para todos, todo para nosotros. Soñamos en grande que se caiga el imperio. Lo gritamos alto, no queda más remedio. Esto no es utopía, es alegre rebeldía», en la canción Somos Sur.
El edificio ocupado Leila Khaled. Foto: Alexandre Macial
Es importante continuar luchando por Palestina; los palestinos lo piden y el mundo lo necesita. Como si fuera una respuesta a las palabras zapatistas, Mohamed, del campamento de refugiados Aida en Belén dice «Sigan viniendo, miren, escriban, hagan documentales. Todos saben lo que está a su alcance hacer. Es importante que hagan acciones, y usen sus palabras». Hamsa, en el campamento de Deheisheh, está de acuerdo, «Serán nuestros mensajeros y les confiaremos. Sus ojos, sus oídos, sus palabras. Difundan nuestras palabras en sus comunidades». Se trata de entender que el dolor palestino es el dolor de todos los pueblos, de quiénes cargamos las consecuencias de la explotación, del despojo, del desprecio y de la represión. Se trata de reconstruir lo destruido por la historia de dominio y explotación, y el neoliberalismo, y a mirarnos todos, seamos nacidos en las tierras de la Europa, del Medio Oriente, de los Estados Unidos, o de América Latina. Reconstruir la fragmentada identidad de clase y el internacionalismo, lo nombran algunos. Volver a mirarnos espejados en el dolor de todos los pueblos de abajo, como dicen los zapatistas.
Boicot, desinvertir y sancionar
La campaña Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS) es un ejemplo concreto de una campaña que fue iniciad en 2005, y que por el mundo entero ha tenido muchos éxitos. La campaña propone boicotear productos, cultura, deporte, políticas e instituciones académicas israelíes, desinvertir en las empresas del apartheid, y exigir a los gobiernos a que sancionen Israel por la ocupación y colonización del territorio palestino. La campaña pide que quienes la adhieran sean portavoces y que a través de trabajo hormiga se intente que más personas, pero también empresas e instituciones públicas tomen conciencia y dejen de apoyar económicamente y políticamente a Israel. A pesar de su éxito, la campaña ha sido estigmatizada por algunas organizaciones, quienes afirman que afecta a quienes no son culpables, hasta a los palestinos, quienes podrían tener aún menos fuentes de trabajo como consecuencia del boicot. Hisham, del Comité de Defensa de Hebrón contesta esta crítica: «En el sistema apartheid de Sudáfrica, el gobierno respondió al boicot diciendo que, ‘si no compran nuestros productos, el pueblo negro será desempleado. Las Uniones Sindicales del Sudáfrica dijeron: Apartheid duele más’. Pues, en Palestina, la ocupación duele más que el desempleo».
El puesto de control H2, donde 18 palestinos han perdido la vida desde octubre de 2015. Foto: Comité de Defensa de Hebrón.
Al-Khalil (Hebrón) y la calle Shuhada.
La ciudad de Al -Khalil (Hebrón), que significa amistoso en árabe, está en el sur de la ocupada Cisjordania. Quedó, después de los Acuerdos de Oslo, dentro del área A, que estaría bajo el control total palestino. Sin embargo, colonos ortodoxos han implantado un asentamiento en medio de la ciudad vieja en el centro de la ciudad, lo cual ha generado una de las situaciones más violentas en Cisjordania. Rodeada por puestos de control militares, las violaciones inadmisibles a los derechos humanos que padece la población se producen todos los días. Además de la represión militar, hay reportes de colonos que arrebatan piedras a civiles indefensos y que contaminan las fuentes de agua de las que beben los palestinos con excrementos humanos. Los colonos arguyen que aquí se encuentran las cuevas de Abraham, y por ende que la ciudad, una de las más antiguas de la historia humana, significa la cuna del judaísmo. «Si seguimos su argumento, vemos en el viejo testamento que Abraham compró las cuevas de alguien», explica Hisham. «Quiere decir, había gente en Al-Khalil antes de él».
La ciudad fantasma se le ha llamada al barrio Tel Rumeida, y la calle Shuhada, declarada «zona militar cerrada» el año pasado. Solo residentes del barrio podrán pasar, y sólo tras extensas y humillantes revisiones en el puesto de control militar en la entrada, donde 20 palestinos han sido asesinados desde octubre del año pasado. Al lado del puesto de control están los observadores internacionales, quienes a través de su presencia y documentación procuran frenar los abusos diarios. Uno de ellos, brasileño, tuvo que regresarse a su país por su seguridad el año pasado, antes de poder dar su testimonio sobre la verdad del asesinato de una mujer palestina. El ejército declaró que ella estaba atacándoles con un cuchillo, sin embargo el brasileño sabía que era falso. Al otro lado del puesto de control, en Tel Rumeida, las calles que antes eran llenas de vida, están abandonas. Casi nadie se traslada por la calle Shuhada, salvo grupos de soldados israelíes con ametralladoras, que vigilan desde las esquinas y desde los techos de las casas. Aquí cualquier movimiento rápido puede significar la muerte. Caminamos callados con las manos visibles. En una escuela, antes árabe, ahora tomada por los colonos se lee: «Liberación, retorno, reconstrucción. Los niños han retornado a su frontera». La bandera blanca con la estrella de David en azul sopla en el viento.
Salam Alsayyed es músico, palestino, refugiado de segunda generación. Creció en el campamento Yarmouk en Siria. Ahora es refugiado por la segunda vez, y ha sido acogido por las familias sin techo en Brasil. Foto: Maria Birkeland Olerud.
El Comité de Defensa de Hebrón realizó en febrero la campaña «Desmontemos el ghetto, echemos a los colonos de Hebrón», en donde invitaron a crear actos de repudio creativos, marchas, proyecciones, envíos de cartas, bloqueos carreteros, y a visitar Hebrón para «comprender la situación y el sufrimiento diario de quienes viven ahí». Para Hisham es importante subrayar que la adherencia en este tipo de campañas concretas no haga perder de vista que la demanda de Palestina Libre es una sola. Como parte de la estrategia de la ocupación sionista, que dividió Palestina en Jerusalén, Gaza y Cisjordania, a Cisjordania en áreas A, B, y C, y de ahí usó el muro para aislar aún más a los pueblos, está la fragmentación de la resistencia palestina: hacer que las comunidades se enfoquen en sus demandas concretas y se desdibuje la unidad.
Otras alternativas para solidarizarse en Palestina existen. La organización Stop the Wall recibe personas, y las invita a apoyar los campesinos más amenazados por los colonos israelíes en la cosecha de sus olivos, o a trabajar con ellos difundiendo la palabra. En Solidaridad con el Valle de Jordán se convoca a contribuir en la reconstrucción de casas demolidas en adobe, acompañar a las comunidades amenazadas de demolición y conocer la resistencia en las llanuras del Valle de Jordán para difundirla. En los campamentos de refugiados Deheisheh y Aida en Belén, internacionalistas viven y contribuyen con arte, deporte, matemáticas, lo que sepan hacer y puedan compartir. En primavera ellos y ellas sienten la misma dulce aroma del jazmín que sus hermanos palestinos, y en las noches de incursiones militares, los gases lacrimógenos también obstruyen sus gargantas y les asfixian.
El muro del apartheid se ha llenado de murales de resistencia. Aquí una reproducción de Banksy, quien varias veces ha pintado el muro, cerca de Belén y Ramala. Foto: Susana Norman
La ocupación Leila Khaled
Miles de kilómetros al suroeste de Hebrón existe otro espacio donde se respira un aire de solidaridad con el pueblo Palestino, tan necesario en nuestros tiempos, en los que las fronteras se cierran y los corazones se congelan en una Europa en guerra contra la ola de refugiados de la sangrada Siria, cuyas necesidades y emergencia en el discurso de los medios convencionales derrumbarán lo que en aquellos territorios europeos aún queda del estado benefactor. En un edificio ocupado de 10 pisos, en el centro financiero de Brasil, São Paulo, las familias sin techo han recibido a sirios y palestinos refugiados de la guerra en Siria, y convirtieron así el edificio en un pulmón de aliento fresco, en donde la solidaridad entre pueblos ha transcendido las diferencias culturales, lingüísticas, religiosas y económicas. «El otro» no causa miedo aquí, donde «el otro es como yo, el pueblo de abajo, el explotado, el despojado». Mientras las familias sin techo brasileñas han crecido en la exclusión, muchos de los refugiados de Siria solían pertenecer a la «clase media». Ahora la guerra les ha arrebatado todo. Y las familias brasileñas, quiénes durante la vida entera han luchado por su derecho a vivir, quienes han resistido tanto a la represión de la policía militar al ser desalojados de anteriores ocupaciones, como a la negligencia de la sociedad, entienden su sufrimiento.
De Siria también vienen refugiados palestinos, de los históricos campamentos de refugiados como el Yarmouk, ahora campo de batalla de la Dash y de las fuerzas de Assad. Son ahora refugiados por la segunda vez. En la ocupación Leila Khaled, nombrado así en homenaje a la activista palestina, brasileños vienen a aprender, a compartir clases de portugués, a vivir juntos. En Brasil también se sufre las consecuencias de la industria militar israelí. En los últimos 10 años la colaboración militar entre los dos países se ha fortalecido, y quiénes salen a la calle para protestar contra los absurdos precios del transporte colectivo, contra el genocidio en las favelas y periferias, contra la privatización de la educación, o contra las tragedias humanas provocadas por los mega eventos deportivos, son reprimidos por una policía militar entrenada y equipada con armamento anti disturbio israelí.
Las calles están vacías en Tel Rumeida, Hebrón. Foto: Susana Norman
Morir por la libertad
Ernesto Cardenal escribe en su relato sobre la destrucción de las guardias somocistas de la comunidad utópica Solentiname, que «Los campesinos de Solentiname no podían dejar de sentirse solidarios con sus hermanos campesinos que en otras partes del país estaban padeciendo la persecución y el terror: los estaban encarcelando, torturando, asesinando, les violaban las mujeres, les quemaban sus ranchos, los arrojaban desde los helicópteros. (…) Y esta solidaridad para ser real significa que uno también tiene que comprometer su seguridad y su vida». En la historia de la solidaridad internacional con Palestina, vidas se han perdido. Sin juicios sobre el alcance de nuestras formas de solidaridad, porque producción de mártires no debe nunca ser un objetivo en nuestros tiempos, estos mártires fueron personas que, junto con sus hermanos palestinos perdieron la vida ante la barbarie sionista.
Tal es el caso de los 10 activistas que en 2010 fueron asesinados en la «Flota de la Libertad», que intentó romper el bloqueo impuesto por Israel a Gaza, y llevar comida y utensilios básicos por mar al pueblo hambriento de Gaza. El escritor sueco, Henning Mankell estaba a bordo y dio su testimonio después: «Los soldados no dudaron en atacarnos con violencia mortal, dispararon a personas que dormían. Por mucho que los israelíes digan que han encontrado armas es una estupidez. En el barco en el que yo viajaba encontraron un arma, mi maquinilla de afeitar. Me la sacaron y la mostraron, eso indica a qué nivel estaban». Otro caso es el de Rachel Corrie, de Washington, atropellada en el 2003 por maquinaria pesada mientras intentaba prevenir la demolición de una casa en Gaza, o el de Vittorio Arrigono, activista italiano por la paz en Gaza, quién fue secuestrado en 2011 y asesinado en cautiverio por grupos extremistas.
La narrativa judía sobre la retoma de la ciudad vieja en Hebrón, «Liberación, retorno, reconstrucción. Los niños han retornado a sus fronteras». Foto: Susana Norman
¿Qué significa nuestra solidaridad?
Los ejemplos anteriores son pequeñas piezas de un colorido mosaico de solidaridad de los pueblos de abajo con Palestina. Las piezas tienen en común que son experiencias que no han pretendido suplantar la palabra palestina, sino acompañarla, fortalecerla y aprender con ella. No la convirtieron en bandera, o en capital político, como hicieron otros. Pero han intentado, desde sus limitaciones, aunque también desde su sinceridad, reconstruir a la humanidad. Estas personas miran el mundo a través de los mismos ojos negros que los palestinos, que brillan de dolor y de dignidad. En nuestros tiempos la solidaridad con el pueblo palestino recobra importancia. Las garras sionistas junto con la negligencia de la llamada «comunidad internacional» (término que tergiversa el hecho de que todos estos países obedecen a sus propios intereses geopolíticos, económicos y militares) exprimen y despedazan a Palestina. El muro del apartheid de más de 700 km, la militarización, el saqueo del agua y la destrucción de los olivos son ejemplos de una política que diariamente les roban a los niños palestinos sus sueños y su futuro. Su crecida frustración es el origen de lo que desde octubre pasado algunos analizan como el inicio de una tercera intifada. Ésta es expresada por los jóvenes, quienes de forma individual se tiran a la boca del lobo al intentar acuchillar a soldados israelís con cuchillos de cocina.
La respuesta represiva del Estado Israel ha sido sanguinaria. Una ola de ejecuciones y aprisionamientos por uno de los ejércitos más entrenados del mundo contra de niños y jóvenes, a quienes el cuchillo y su cuerpo es la única arma que les queda a raíz de que sus propias autoridades palestinas se volvieron colaboradores de Israel. Fueron abatiendo a las formas de protesta pacíficas, y eliminando los grupos de resistencia armados, negando así al pueblo palestino su derecho de defenderse. ¿Por qué? Para mantener las transferencias bancarias de la cooperación internacional, opinan muchos. Para ello, deben garantizar la paz, de una manera en la que la comunidad internacional la entiende, es decir el apaciguamiento. Para la juventud palestina, sus autoridades ya no les representan. No se sabe hasta dónde los jóvenes palestinos serán capaces de construir su resistencia esta vez, y si lo que se vive ahora realmente se convertirá en una tercera intifada o no.
«Lucha contra la ciudad fantasma», narra este grafiti, en una pared de Hebrón. Foto: Susana Norman.
Lo que no debemos dudar, es que es importante acompañarlos y no dejarlos solos, desmentir las versiones de los medios convencionales de que la relación entre dominado y dominador, entre colonizado y colonizador es un conflicto parejo. Tal vez así podemos poco a poco, en Palestina, en Siria y en otras geografías, reconstruir los tejidos rotos por la explotación y el fundamentalismo político y religioso, abrazar a nuestros hermanos y hermanas sirios, y tumbarle los pies a todo aquel que defiende la destrucción de la hidra capitalista, como lo ilustraron los pueblos zapatistas; tenga rostro de Dash, de Putin, de Assad o de Estados Unidos.
No nos iremos
Tawfiq Az-Zayyad
Aquí sobre vuestros pechos persistimos,
como una muralla,
hambrientos,
desnudos,
provocadores,
declamando poemas.
Somos los guardianes de la sombra,
de los naranjos y de los olivos,
sembramos las ideas como la levadura en la masa…
cuando tengamos sed
exprimiremos piedras, y comeremos tierra
cuando tengamos hambre,
PERO NO NOS IREMOS
aquí tenemos un pasado,
un presente
aquí está nuestro futuro

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