domingo, 20 de agosto de 2017

EL PRINCIPIO ANTAGONISTA / La realidad latinoamericana (Massimo Modonesi)

EL PRINCIPIO ANTAGONISTA: Verdad, propaganda y política emancipatoria
Massimo Modonesi
Desinformémonos, periodismo de abajo
14 agosto, 2017
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Massimo Modonesi sobre la realidad latinoamericana
Hemisferio Izquierdo TV
Publicado el 28 junio, 2017
En mayo de 2017 volvimos a conversar con Massimo Modondesi sobre la coyuntura latinoamericana.
En tiempos de proliferación de posverdades y “hechos alternativos”, es necesario volver a reflexionar sobre la relación entre política y verdad para promover su reencuentro allá donde puede ocurrir, es decir, abajo y a la izquierda.
En Venezuela como en México, en el chavismo y el obradorismo predominan aquellos que niegan o se resisten a reconocer públicamente límites o contradicciones y sostienen que cuestionar a sus organizaciones y sus líneas de acción ofrece armas a los enemigos y equivale a ser sus cómplices. Esta actitud implica separar un lugar interior de la verdad, la crítica o autocrítica y otro lugar, exterior, de la disputa política, en el cual éstas no se admiten en aras de proyectar una imagen idealizada. Esta distinción tiene cierta razón de ser y remite a una larga historia que remonta a los principios de la disciplina partidaria y del centralismo democrático –o su deformación que Gramsci llamaba centralismo burocrático. Al mismo tiempo, es una distinción que tiende a justificar que se anteponga la propaganda a la verdad. 
Sin negar el valor y la necesidad de la propaganda como dispositivo de construcción y circulación de consignas e ideas, ésta no puede contraponerse a la verdad. En la lucha política, entendida como lucha hegemónica, orientada a convencer, a sumar fuerzas, el adentro y el afuera no pueden ser delimitados por las fronteras partidarias sino eventualmente por las fronteras de las clases antagónicas. Por tanto, es insostenible una postura que eluda deliberadamente el debate franco y abierto y desconozca la diversidad de condiciones, percepciones y opiniones que brota, en última instancia, del pluralismo intrínseco a la composición heterogénea de las clases subalternas. Aparece aquí el lado siniestro de la noción de ideología que criticaba Marx, la ideología como distorsión, como inversión de la realidad y se pierde de vista la acepción positiva que desarrollaron Lenin y Gramsci, entre otros, de ideología como visión del mundo de grupo o una clase social.
Dando por descontado que, para las clases dominantes, la manipulación y tergiversación es la condición para sostener su dominación, se entiende, pero no se justifica que con métodos e instrumentos similares se pretenda impulsar proyectos emancipatorios, desatendiendo el principio de la prefiguración que, como lo sugería Gramsci, implica mantener una coherencia entre la actuación política en el presente y el diseño de una sociedad futura de libres e iguales. Así como no se puede separar el adentro del afuera, no se puede desligar el hoy del mañana, so pena de que un avance promisoriamente emancipatorio termine por ser, en el terreno de la socialización del poder, poco más de un simple recambio de grupos dirigentes, como ocurrió más de una vez en la historia de las revoluciones sociales del siglo XX.
Gramsci sostuvo en reiteradas ocasiones, retomando una fórmula de Ferdinand Lasalle, que la verdad es revolucionaria y que debía sostenerse con independencia de las consecuencias, aunque duela, asumiendo la mayoría de edad de los integrantes de las clases subalternas y que “en política se puede hablar de reserva no de mentira en el sentido mezquino que muchos piensan: en la política de masas decir la verdad es una necesidad política”.
No se trata de moralismo, si no, más bien, de una cuestión eminentemente política, no solo táctica sino de hondo alcance estratégico. No se sostiene, en efecto, el argumento de las armas ofrecidas al enemigo si consideramos que las mejores armas del enemigo son la falta de cultura y educación política de las clases subalternas, la ausencia de su politización y concientización crítica, tendiente a la autonomía y que requiere sedimentarse en el sentido común y no reproducirse mecánicamente en función de la obediencia disciplinada a una jerarquía partidaria o a palabras de orden dictadas desde arriba. La solidez de un movimiento político no se mide en función de la capacidad de persuasión superficial a la que nos está acostumbrando el marketing del electoralismo vigente, sino que se finca en procesos más de fondo, en la construcción de hegemonía político-cultural, el plano más profundo para impedir que los proyectos y procesos emancipatorios no se estrellen en el inmediatismo oportunista de las contradicciones indecibles de lógicas de poder, de patriotismos de partido y de razones de Estado. Más que nunca, requerimos que los sujetos y movimientos emancipatorios asuman y miren de frente sus contradicciones y límites como condición para su desarrollo tanto en términos de lucha como de su eventual desborde como alternativas societales.
El valor de la honestidad no se reduce a no ser corruptos y no robar, sino que implica un compromiso con la verdad, aunque duela, una coherencia política que no sólo opera en clave pedagógica, sino que es la condición para un proceso de transformación subjetiva. 

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