jueves, 7 de septiembre de 2017

EL ROJO CREPÚSCULO DE OCTUBRE, cuento del libro “Hoy maestro, ayer joven del 68”

El rojo crepúsculo de octubre
Cuento de María Robledo Valenzuela.
Título original: “Acto amoroso”, del libro: “Hoy maestro, ayer joven del 68”, publicado por la Casa de la Cultura del Maestro y el Centro de Estudios del Movimiento Obrero y Socialista en el 20 Aniversario del Movimiento Estudiantil-Popular de 1968.
La Voz del Anáhuac,
Octubre de 2017, en el 49 aniversario del Movimiento Estudiantil-Popular de 1968
Según lo previsto estamos aquí. Tu cuerpo descansa sobre el mío. Me fundo contigo en un abrazo que perdurará por siempre. Me cubres como una barricada, protegiéndome de todos los males del presente y del porvenir.
Mis miedos, mis odios y mis rencores han quedado muy atrás, perdidos en el pasado, a que este instante tiene tal fuerza que borra todo lo negativo de mi existencia.
Siento tu rostro amado junto al mío y tus labios pegados a mi cuello en un beso inmortal.
Antes no había experimentado así el amor, por eso me asombra cómo, sin esperarlo, se ha enraizado en la profundidad de mis entrañas.
Ahora comprendo a todas las mujeres del mundo. En especial a mi madre. Vuelve a mí su imagen cuando, por las noches, se sentaba a la orilla de la cama y, en silencio, se hundía en pensamientos que yo ignoro, con la mirada perdida en un horizonte imaginario. Noche tras noche se fue cubriendo su cara con surcos de olvido, de llanto y de amargura, provocados por una esperanza desahuciada.
También entiendo a esas mujeres a las que antes juzgaba con severidad, cuando aceptaban ser golpeadas y vejadas por sus compañeros. Claro que esta comprensión me hace decidir no ser una de ellas.
Tú y yo labraremos nuestro propio destino y tendremos la familia que añoramos desde que nos encontramos perdidos en la soledad acompañada: tú en el dormitorio del internado para pobres y yo en ese humilde cuarto de servicio, cuando, a pesar de todo, aspirábamos a una vida mejor.
Tú me aceptas sin condiciones ni preguntas. No te interesan mis errores ni las faltas cometidas; mucho menos mi infancia mancillada en la oscuridad de los cuartos del fondo de la ruinosa vecindad donde vivía.
Entre tú y yo no habrá mentiras ni olvidos de los cuales después tengamos que arrepentirnos.
Juntos, cuando terminemos la Normal, partiremos a la sierra, para alfabetizar a los indígenas.
Nos uniremos a los jóvenes que comparten nuestros ideales para ir al rescate de los Aguiluchos de Cuauhtémoc, sacrificados por el cruel conquistador y el hipócrita misionero.
No permitiremos que nos aplasten por formar parte de la generación perdida de los años sesentas.
Lograremos emerger del fondo del horror y la ignominia para recuperar la dignidad perdida, como resucitados jinetes de Lucio y Genaro.
Devolveremos a los vencidos soldados de Zapata y Jaramillo sus ideales y junto con ellos lucharemos por Tierra y Libertad.
De nuestras manos surgirán flores de esperanza para los héroes descamisados que cada día luchan por un pedazo de pan; para hacerles saber a los malditos opresores que no hemos sido derrotados.
Pero tu cabeza yace sobre mi hombro y me doy cuenta de que es demasiado tarde; además el rojo crepúsculo de octubre en la Plaza no es el mejor momento ni el mejor lugar para soñar, porque ellos, los canallas de medallas y grados, hoy, aquí te destrozaron.
Mis lágrimas se funden con tu sangre y sé que no volveré a sentir amor, ni odio, ni nada, porque a mí me mataron contigo.

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