lunes, 26 de febrero de 2018

CINCUENTENARIO DEL 68: UNA INTERPRETACIÓN DE LA REVOLUCIÓN DE MAYO EN PARÍS, 1968

 El romanticismo revolucionario de Mayo del 68
Cincuentenario del 68
Michael Löwy
Filósofo e historiador marxista del pensamiento contemporáneo.
Fuente:
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24/02/2018
El espíritu de la 68 es un brebaje potente, una mezcla picante y intoxicante, un cóctel explosivo de varios ingredientes. Uno de sus componentes –y no menos importante– es el romanticismo revolucionario, es decir, una protesta cultural contra los cimientos de la civilización industrial/productivismo capitalista moderno y su consumo, y una combinación singular, única en su género, subjetividad, deseo y utopía – el “triángulo conceptual” que define, de acuerdo con Luisa Passerini, 1968. [1]
El Romanticismo no es sólo una escuela literaria de principios del siglo XIX –como todavía se puede leer en muchos libros– sino una de las principales formas de la cultura moderna. Como estructura sensible y visión del mundo, se manifiesta en todos los ámbitos de la vida cultural –la literatura, la poesía, el arte, la música, la religión, la filosofía, las ideas políticas, la antropología, la historiografía y otras ciencias sociales-. Surge a mediados del siglo XVIII –podemos considerar a Jean-Jacques Rousseau como el “primer romántico”– se desarrolla a través de la Frühromantik alemana, Hölderlin, Chateaubriand, Hugo, los prerrafaelistas ingleses, William Morris, el simbolismo, el surrealismo y el situacionismo, y todavía está con nosotros a principios del XXI. Se puede definir como una rebelión contra la sociedad capitalista moderna, en nombre de los valores sociales y culturales del pasado, pre-modernos, y una protesta contra el desencanto moderno del mundo, la disolución competitiva/ individualista de las comunidades humanas, y el triunfo de la mecanización, la mercantilización, la objetivación y la cuantificación. Desgarrada entre su nostalgia por el pasado y sus sueños para el futuro, puede tomar formas regresivas y reaccionarias, que proponen un retorno a formas de vida pre-capitalistas, o una forma revolucionaria/utópico, que no aboga por un retorno, sino por un desvío a través del pasado para alcanzar el futuro; en este caso, la nostalgia del paraíso perdido se inviste de la esperanza de una nueva sociedad. [2]
Entre los escritores más admirados de la generación rebelde de los años 60 se puede encontrar a cuatro pensadores que pertenecen, sin duda, a la tradición romántica revolucionaria, y que intentaron, como los surrealistas en la generación anterior, combinar –cada uno a su manera, individual y único– la crítica marxista y romántica de la civilización: Henri Lefebvre, Guy Debord, Herbert Marcuse y Ernst Bloch. Mientras que los dos primeros gozaron de la simpatía de los rebeldes franceses, el tercero fue más conocido en los EEUU, y el último especialmente en Alemania. Por supuesto, la mayoría de los jóvenes que salieron a las calles en Berkeley, Berlín, Milán, París o la Ciudad de México nunca habían leído a estos filósofos, pero sus ideas se difundieron de mil maneras, en los panfletos y consignas del movimiento. Esto fue válido especialmente en Francia para Debord y sus amigos situacionistas, a quienes el imaginario de Mayo del 68 debe algunos de sus sueños más audaces, y algunas de sus fórmulas más sorprendentes (“La imaginación al poder”). Sin embargo, no es la “influencia” de estos pensadores lo que explica el espíritu del 68, sino más bien lo contrario: la juventud rebelde buscó autores que pudiesen proporcionar ideas y argumentos a favor de su protesta y de sus deseos. Entre ellos y el movimiento se produjo, a lo largo de los años 60 y 70, una especie de “afinidad electiva” cultural: se descubrieron los unos a los otros y se influyeron mutuamente en un proceso de reconocimiento mutuo. [3]
En su notable libro sobre Mayo del 68, Daniel Singer capturó perfectamente el significado de los “acontecimientos”:
“Fue una rebelión total, que cuestionó no uno u otro aspecto de la sociedad existente, sino sus objetivos y medios. Fue una revuelta mental contra el estado industrial existente, tanto en contra de su estructura capitalista como del tipo de sociedad de consumo que creó. Esto se asoció a una resistencia sorprendente a cualquier cosa que viniese de arriba, contra el centralismo, la autoridad, la ‘ley del más fuerte’…”. [4]
El ‘gran rechazo’ –término tomado por Marcuse de Maurice Blanchot– a la modernización capitalista y el autoritarismo, define el espíritu político y cultural de Mayo del 68 y, posiblemente, sus equivalentes en EEUU, México, Italia Alemania, Brasil y otros países.
Téngase en cuenta que estos movimientos no han sido motivados por una crisis de la economía capitalista: por el contrario, tuvieron lugar en la llamada era de los “treinta años gloriosos” (1945-1975), años de crecimiento capitalista y prosperidad. Esto es importante para evitar la trampa de creer que las rebeliones anticapitalistas única o principalmente son el resultado de la recesión o de una crisis más o menos catastrófica de la economía: no existe una correlación directa entre los altibajos del mercado de valores y el incremento o la disminución de las luchas, o revoluciones, anticapitalistas. Afirmar lo contrario sería una regresión al tipo de “marxismo” economista que prevalecía en la Segunda y Tercera Internacional.
Me limitaré a comentar el caso francés, que es el que conozco mejor. Si se toma, por ejemplo, el famoso panfleto distribuido en marzo del 68 por Daniel Cohn-Bendit y sus amigos, “¿Por qué los sociólogos?”, nos encontramos con el rechazo más explícito a todo lo que se presenta con la etiqueta de “modernización”; esta se identifica con la planificación, la racionalización y la producción de bienes de consumo de acuerdo a las necesidades del capitalismo organizado. Diatribas similares contra la tecno-burocracia industrial, la ideología del progreso y la rentabilidad, los imperativos económicos y las “leyes de la ciencia” están presentes en muchos documentos de la época. El sociólogo Alain Touraine, un observador distanciado del movimiento, analiza mediante el uso de conceptos de Marcuse, este aspecto de Mayo del 68: “La revuelta contra la ‘unidimensionalidad’ de la sociedad industrial gestionada por los dispositivos económicos y políticos no puede estallar sin implicar elementos ‘negativos’, es decir, sin oponerse a la expresión inmediata de los deseos a sus constricciones, que se consideran naturales, del crecimiento y la modernización”. [5] A esto hay que añadir la protesta contra las guerras imperialistas y/o coloniales, y una poderosa ola de simpatía –no sin ilusiones “románticas”– hacia los movimientos de liberación de los países oprimidos del Tercer Mundo. Por último, pero no menos importante, había en muchos de estos jóvenes activistas una profunda desconfianza hacía el modelo soviético, considerado un sistema autoritario/burocrático y, para algunos, una variante del mismo paradigma de producción y consumo del Occidente capitalista.
El espíritu romántico de Mayo del 68 no sólo se compone de lo “negativo” de la revuelta contra un sistema económico, social y político considerado inhumano, intolerable, opresivo y filisteo, o de actos de protesta, tales como la quema de coches, esos símbolos despreciados de la mercantilización capitalista y el individualismo posesivo [6]. También esta llena de esperanzas utópicas, de sueños libertarios y sueños surrealistas, de “explosiones de subjetividad” (Luisa Passerini), en fin, de lo que Ernst Bloch llamaba Wunschbilder, “imagenes-de-deseo”, que no sólo se proyectan en un futuro posible, en una sociedad emancipada, sin alienación, cosificación u opresión (social y de género), sino en lo inmediato como experiencia de diferentes formas de práctica social: el movimiento revolucionario como una celebración colectiva y como una creación colectiva de nuevas formas de organización; el intento de inventar comunidades humanas libres e igualitarias, la afirmación de la subjetividad compartida (especialmente entre las feministas); el descubrimiento de nuevos métodos de creación artística, a partir de los carteles subversivos e irreverentes, o las pintadas poéticas e irónicas en las paredes.
La reivindicación del derecho a la subjetividad fue unida inseparablemente al impulso anticapitalista radical que cruzó de un extremo al otro, el espíritu de Mayo de 68. Esta dimensión no debe subestimarse: permitió la frágil alianza entre los estudiantes, los diversos grupúsculos marxistas o anarquistas y los sindicalistas que organizaron –a pesar de su dirección burocrática– la huelga general más grande de la historia de Francia.
En su importante libro sobre el “nuevo espíritu del capitalismo”, Luc Boltanski y Eve Chiapello distinguen entre dos tipos –en el sentido weberiano– de crítica anticapitalista, cada una con su combinación de emociones complejas, sentimientos subjetivos, indignación y análisis teórico, que de una u otra manera convergente en Mayo del 68:
I)            la crítica social, desarrollada por el movimiento obrero tradicional, que denuncia la explotación de los trabajadores, la miseria de las clases dominadas, y el egoísmo de la oligarquía burguesa que confisca los frutos del progreso;
II)         la crítica artística , que se centra en los valores y las opciones básicas del capitalismo y lo denuncia, en nombre de la libertad, como un sistema que produce la alienación y la opresión. [7]
Examinemos más de cerca lo que Boltanski y Chiapello incluyen bajo el concepto de crítica artística del capitalismo: una crítica del desencanto, la falsedad y la miseria de la vida diaria, la deshumanización del mundo por la tecnocracia, la pérdida de autonomía y, por último, el autoritarismo opresivo de un gobierno jerárquico. En lugar de liberar las potencialidades humanas de forma autónoma, la auto-organización y la creatividad, el capitalismo somete a los individuos a la “jaula de hierro” de la racionalidad instrumental y la mercantilización del mundo. Las formas de expresión de esta crítica son tomados del repertorio del festival, el juego, la poesía, la libertad de expresión, mientras que su lenguaje está inspirado en Marx, Freud, Nietzsche y el surrealismo. Es anti-moderna, ya que insiste en el desencanto, y es modernista cuando hace hincapié en la liberación. Uno puede encontrar sus ideas ya en la década de 1950 en pequeños “grupos de vanguardia” artísticos y políticos –como “Socialismo o Barbarie” (Castoriadis, Claude Lefort) o el situacionismo (Guy Debord, Raul Vaneigem)– antes de que que exploten a la luz pública en la revuelta de los estudiantes del 68. [8]
De hecho, lo que Boltanski y Chiapello llaman “crítica artista” es básicamente lo mismo que yo designo como crítica romántica capitalismo. La diferencia principal es que los dos sociólogos intentan explicar por “un estilo de vida bohemio”, los sentimientos de los artistas y los dandis, formulados de manera ejemplar en los escritos de Baudelaire. [9] Esto me parece un enfoque demasiado limitado: lo que llamo el romanticismo anticapitalista no sólo es más antiguo, sino que tiene una base social mucho más amplio. Opera no sólo entre los artistas, sino también entre intelectuales, estudiantes, mujeres y todo tipo de grupos sociales cuyo estilo de vida y cultura se ven afectados negativamente por el proceso destructivo de la modernización capitalista.
Otro aspecto problemático del ensayo, que también destaca por su riqueza de propuestas, de Boltanski y Chiapello es su intento de demostrar que, en las últimas décadas, la crítica artística, al distanciarse de la crítica social, ha sido integrada y recuperada por el nuevo espíritu del capitalismo, a través de su nuevo estilo de gestión, basado en los principios de flexibilidad y libertad, lo que ofrece una mayor autonomía en el trabajo, más creatividad, menos disciplina y menos autoritarismo. Una nueva élite social, a menudo activa durante los años 60 y atraída por la crítica artística, ha roto con la crítica social del capitalismo –considerada “arcaica” y asociada con la vieja izquierda comunista– y se ha unido al sistema, ocupando posiciones de liderazgo. [10]
Por supuesto, hay mucho de verdad en esta descripción, pero más que una continuidad aproblemática y sin contradicciones entre los rebeldes del 68 y los nuevos gerentes, o entre los deseos y utopías de Mayo y la última ideología capitalista, veo una profunda ruptura ética y política, a veces en la vida de un mismo individuo. Lo que se ha perdido en este proceso, esta metamorfosis, no es una cuestión de detalle, sino lo esencial: el anticapitalismo… Una vez despojado de su propio contenido anticapitalista –diferente del de la crítica social– la crítica artística o romántica cesa de existir como tal, pierde todo significado y se convierte en un mero ornamento. Por supuesto, la ideología capitalista puede integrar elementos “románticos”, “artísticos” en su discurso, pero han sido previamente vaciados de todo contenido social significativo para transformarse en una forma de publicidad. Hay muy poco en común entre la nueva “flexibilidad” industrial y los sueños utópicos y libertarios del 68. Hablar, como hacen Boltanski y Chiapello, de un “capitalismo izquierdista” [11] me parece un puro contra-sentido, una contradictio in adjecto .
¿Cuál es, entonces, el legado del 68 hoy? Se puede estar de acuerdo con Perry Anderson el que el movimiento ha sido derrotado de forma permanente, que muchos de sus participantes y dirigentes se han hecho conformistas, y que el capitalismo –en su forma neoliberal– no solo triunfó en los años 1980 y 1990 sino que se convirtió en el único horizonte posible. [12] Sin embargo, me parece que estamos asistiendo, en los últimos años, al desarrollo, a escala global, de un nuevo y vasto movimiento social, con un componente anticapitalista fuerte. Por supuesto, la historia nunca se repite, y sería tan inútil y absurdo esperar un “nuevo Mayo del 68”, en París o en cualquier otro lugar: cada nueva generación rebelde inventa su propia y única combinación de deseos, utopías y subjetividad.
La movilización internacional contra la globalización neoliberal, inspirada en el principio de que “el mundo no es una mercancía”, que salió a las calles en Seattle, Praga, Porto Alegre, o Génova es –inevitablemente- muy diferente de los movimientos de los años 60. Está lejos de ser homogénea: mientras que sus participantes más moderados o pragmáticos todavía creen en la posibilidad de regular el sistema, una gran parte del “movimiento de movimientos” es abiertamente anticapitalista, y sus protestas se puede encontrar, como en el 68, una fusión única de las críticas romántica y marxista del orden capitalista, de sus injusticias sociales y su codicia mercantil. Se pueden vislumbrar sin duda analogías con los 60 –las poderosas tendencias anti-autoritarias o libertarias– pero también diferencias importantes: la ecología y el feminismo, todavía incipientes en Mayo del 68, son ahora componentes centrales de la nueva cultura radical, mientras que las ilusiones en el “socialismo realmente existente” –soviético o chino– prácticamente han desaparecido.
Este movimiento solo ha comenzado, y es imposible predecir cómo se va a desarrollar, pero ya ha cambiado el clima intelectual y político en algunos países. Es realista, es decir, exige lo imposible…
NOTAS:
[1] L. Passerini, “ ‘Utopia’ and Desire ”, Thesis Eleven, Number 68, February 2002, pp. 12-22.
[2] Véase a este respecto mi libro con Robert Sayre, Rédemption et Utopie. Le Judaïsme libertaire en Europe centrale, une étude d’affinité éléctive, Paris, Presses Universitaires de France, 1986.
[3] Me refiero al análisis del concepto de afinidad electiva en mi libro antes citado.
[4] Daniel Singer, Prelude to Revolution. France in May 1968 , New York, Hill and Wang, 1970, p. 21.
[5] A.Touraine, Le Mouvement de Mai ou le Communisme utopique, Paris, Seuil, 1969, p. 224. Ver también Andrew Feenberg, “Remembering the May events”, Theory and Society, N°6, 1978.
[6] Esto es lo que escribía Henri Lefebvre en un libro publicado en 1967: “En esta sociedad, en la que las cosas son más importantes que el hombre, hay un objeto rey, un objeto piloto: el automóvil. Nuestra sociedad, llamada industrial o técnica, tiene este símbolo, esta cosa dotada de prestigio y poder. (…) el coche es un instrumento incomparable y tal vez irremediable, en los países neo-capitalistas, de desculturización, de destrucción desde el interior del mundo civilizado”. (H. Lefebvre, Contra los tecnócratas, 1967, re-editado en 1971 bajo el título Vers le cybernanthrope, París, Denoel, p.14.).
[7] Luc Boltanski, Eve Chiapello Le nouvel esprit du capitalisme, París, Gallimard, 1999, pp. 244-245.
[8] Ibid. pp. 245-246, 86
[9] Ibid. pp.83-84.
[10] Ibid. pp.283-287
[11] Ibid , p. 290.
[12] Me refiero a las intervenciones orales de Perry Anderson durante los debates con motivo de un seminario sobre Mayo del 68 en Florencia, que ha dado lugar a la publicación de un número de la revista Thesis Eleven.

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