domingo, 25 de marzo de 2018

POESÍA SESENTAIOCHERA (Rosario Castellanos, Leopoldo Ayala, Horacio Espinosa Altamirano)

MEMORIAL DE TLATELOLCO
Rosario Castellanos
México 1968
La oscuridad engendra la violencia
y la violencia pide oscuridad
para cuajar el crimen.
Por eso el dos de octubre aguardó hasta la noche
para que nadie viera la mano que empuñaba
el arma, sino sólo su efecto de relámpago.

¿Y esa luz, breve y lívida, quién?
¿Quiénes son los que agonizan, los que mueren?
¿Los que huyen sin zapatos?
¿Los que van a caer al pozo de una cárcel?
¿Los que se pudren en el hospital?
¿Los que quedan mudos, para siempre, de espanto?
¿Quién? ¿Quiénes? Nadie Al día siguiente nadie.

La plaza amaneció barrida; los periódicos
dieron como noticia principal
el estado del tiempo
y en la televisión, en el radio, en el cine
no hubo ningún cambio de programa,
ni un anuncio intercalado
ni un minuto de silencio en el banquete
(pues prosiguió el banquete).

No busques lo que no hay: huellas, cadáveres,
que todo se lo han dado como ofrenda a una diosa,
a la Devoradora de Excrementos.
No hurgues en los archivos pues nada consta en actas.
Ay, la violencia pide oscuridad
porque la oscuridad engendra el sueño
y podemos dormir soñando que soñamos.

Mas he aquí que toco una llaga: es mi memoria.
Duele, luego es verdad. Sangra con sangre
y si la llamo mía traiciono a todos.
Recuerdo, recordemos.

Esta es nuestra manera de ayudar a que amanezca
sobre tantas conciencias mancilladas,
sobre un texto iracundo, sobre una reja abierta,
sobre el rostro amparado tras la máscara.
Recuerdo, recordemos
hasta que la justicia se siente entre nosotros.

YO ACUSO
Leopoldo Ayala.
México 1968
Llevo conmigo la batalla de 629 jóvenes
que habían cesado de resucitar.
Mis muñecas se doblan murientes
en la trinchera de sus gestos.
Llevo conmigo los cuerpos infantiles
rotos contra las baldosas
y que ha regresado el viento.
La sangre de sus cuerpos rotos contra las baldosas,
que el que sabe del sabor del crimen
no ha podido hundir en la porosidad del asfalto.
Tlatelolco pisotea la frente y degüella la cabeza
que estremecen los gritos.

Y yo acuso.
Yo acuso a las miras exactas, idiotas de nacimiento
creyendo tomar el partido de perdonar a la naturaleza,
vomitando vivamente su profecía de antropofagia.
Yo acuso a los muros que equivocaron el futuro
y fueron la agonía,
haciendo nupcias entre la luz pétrea del obús
y las espadas rodeadas de carne adolescente.

Yo acuso al cemento donde se cumplieron
las puertas de la muerte boca abajo,
y a las azoteas panteones de enterrados vivos
y bramidos de ciervos.
Yo acuso a la fosa común
y a los incineradores
y a la piedad sobre los ojos;
yo acuso al hoyo como un lobo sobre la esperanza
y siempre solo en busca de su imagen completa.

Por el dos de Octubre que quiso
ser dos de Noviembre mexicano.
Yo acuso al dos de Octubre.
Yo acuso al laurel del poeta
 porque hace mucho
que la poesía carece de flores
y se forma en el grito
y en la coagulación de la sangre
que es la muerte de la sangre.

Yo acuso a las páginas de los diarios,
vaya un carcelero para despedir el recuerdo
largo terrible y arreglar la época de nuevo.
Yo acuso a las iglesias
porque te bendigo hermano
y te maldigo en expresión del oro.
Yo acuso a los planes sobre el escritorio
y al ruido de la silla ejecutiva
atornillada a la emboscada
y a la desesperanza.

Yo acuso al edificio seco de piedra
donde se renueva la palabra legal
y el último pensamiento y el grito que dijo:
“el responsable soy yo”
y la garganta y la lengua
y la pareja que lo engendra y lo hizo posible.

Yo acuso a la lista de desaparecidos,
a los proyectiles, a los vehículos,
a los frigoríficos,
a los heridos con su carga,
al campo que custodia la paz
convertido en campo de concentración 68;
y a todo lo que va de pleno al golpe.

Yo acuso a las cárceles y a las celdas duras
como latidos de mortero
para dar cabida a los perseguidos
y no agrandarlos y no esconderlos.

Yo acuso a mi país por no lanzar sus cuerpos
como cuchillos afilados y acometer
como mariposas heridas por las calles.
Yo acuso todo lo que vendrá si a mi suelo
el odio cincela perforaciones y las enciende,
y porque rueda castillos de cohetes de la infamia.
Yo acuso.

Yo acuso.
Yo acuso a mi siglo donde se baila.
Yo acuso a mi siglo donde se bebe.
Yo acuso a mi siglo donde se hace el amor
voraz en diez minutos.
Yo acuso a mi siglo donde se apila a los vivos
y se abren las esclusas que queman los párpados
y se grita a los muertos
y se mata y se derriba al hombre. 

DOS DE OCTUBRE
Horacio Espinosa Altamirano
México 1968
A las seis de la tarde es hora de cadáveres,
nada sino cartílago en los dedos.
La piedra comunica, está erizada,
hinchada por zarpazos de la sangre
y se torna mandíbula, burbuja de hemorragias,
ávida lengua que succiona y los adoratorios
exhiben su racimo de muertos, su ración de holocausto
alzándose en proceso triturado
y cada noche hay vértebras, estallido de vísceras:
gelatina de sesos que hierve con asfixia y jadeo.

¿Cómo pueden los hombres vivir sin perturbarse,
cruzar esta explanada sin oír los lamentos?
¿Cómo puede la yerba fundarse en su aspereza,
crecer sin ser sudario,
herida con vertiente de relámpagos rojos?

Hay cosas que existen desde entonces y no entiendo:
hablo de lo pasivo, del esfuerzo terrible
de ahuyentar a los muertos;
hablo de la mordaza en la sal del océano
para romper su terquedad untada a cada muro,
ceñida en los peldaños:
zurcida al edificio y a la iglesia.

Porque la luz se agrieta al mirar esta plaza
y el Sol escarba y brama obligado a embestir un catafalco
y no hay fuerza capaz de darle sepultura,
ni palanca o espalda
que lo lleve a la fosa.

(Carros blindados, tanquetas del ejército
patrullan Tlatelolco:
La tensión hace zumbar el aire.
Cuatro bengalas verdes abren el hocico de fusiles
y ametralladoras:
disparan sobre todo movimiento.)

El crimen no se ovilla, es iracundo,
tiene extenso ramaje de sentencias:
La sangre es inmortal y no se evade
y es imposible hurtarle sus reclamos.
Como lengua de áspid fue la señal con luces de bengala
y el cielo se trizó, se hizo añicos
para cientos de manos que intentan abrazar la existencia,
para cientos de ojos que absorben el espanto.

Fue combate de carne contra acero,
el sabor de la muerte revertiendo, izándose con iras y
fantasmas, entre bostezos por beber la vida.
Fue un eructo de verdes antropófagos,
de excremento blindado y drogadictos
amamantados con asesinatos de férrea impunidad.

(Ruido de estoperoles contra el pavimento.
— ¡Estoy herido!
— ¡Déjenme salir! ¡Quiero salir!
— ¡Aquí hay un niño muerto!

Arde un edificio. La gente está de horror despavorida:
Tlatelolco es madeja de lamentos: tejido de estertores.)
Piedra de sacrificios colectiva,
cadalso ingente de la muerte
anónima que yergue su invisible monumento.

Pisar es hundirse en los despojos,
en el harapo y musgo de los sesos.
Centímetro a centímetro interrogo el rostro de la angustia.
el último resquicio de esperanza que cayó cercenado.

(El fuego se propaga y el saqueo.
Hay descarga expansiva: falanges de colmillo y bayonetas.)
¿Dónde quedó del trueno su redoble?
¿Dónde la carne humeante y sus despojos?
¿De qué mar se incorporan estos muertos
con un quejido de diluvio humano?

Dos de octubre de trampa a quemarropa
e irrupción de simiescos guantes blancos.
No soy cuando me cercan estos muertos:
no hablo porque buscan expresarse.
Transcurro por los hornos crematorios
y la salobre sábana marina;
camino por el túnel de la muerte
deletreando su áspera epidermis,
el duelo familiar, la casa viuda,
el espesor del hombre que reúne las sílabas del llanto.

(Sin sirenas ni luces treinta ambulancias
entran y salen del Campo Militar Número Uno:
Se ignora a dónde van, de qué salen cargadas,
pero en los cristales traseros se ven zapatos oscilar:
zapatos en los que se inicia la muerte.)

¿Este muro de sangre dará asilo a la vida,
segará el vendaval de indiferencia?
Yo soy sobreviviente de estos muertos
y por mi lengua quieren levantarse,
asirse a los peldaños del oxígeno.

Es terrible un pueblo que no entiende dónde están
ni quienes son sus héroes.
Es mortal si con silencio colabora
al crimen del espíritu y la sangre
y más aún si ignora los cadáveres
y los befa y los niega con escarnio.

La escalinata avanza y se transforma en ola y barricada,
contagia el corazón con su argamasa:
habla idioma de horror cristalizado.
Aquí de la escultura anticipada,
del vagido espontáneo de la flama, somos testigos.

Están en catarata de silencio erguidos y expectantes:
la muerte los fundió en un estruendo.
Todos los huesos en un largo friso
y estaremos proscritos mientras no alcemos allí
los corazones que ahoguen la injusticia.

Yo enarbolo en el bronce la hosca jerarquía
de un tiempo degollado,
enfrento al exterminio un coro de águilas,
porque hay otra vida en vuestra muerte
y no hay descanso mientras se levanta el mundo
a la estatura de los héroes.

No hay comentarios.: