lunes, 30 de abril de 2018

Los pueblos no tienen otra opción que gobernarse, preservarse y progresar por sí mismos

Las campañas ignoran a los pueblos originarios
Hermann Bellinghausen
Desinformémonos, periodismo de abajo
21 de abril de 2018
La propaganda electoral que nos atiborra estos días hasta la náusea deja claro a qué grado la clase política sigue ignorando (en el sentido de desconocer: los candidatos son ignorantes al respecto) a los pueblos indígenas de una manera que, tratándose de México en el siglo XXI, podemos calificar como aberrante. Quisiera escribir “ridícula”, pero lo mayoritario nunca pasa por ridículo, y el desdén al indio sigue siendo mayoritario en nuestro país: en la “sociedad dominante”, los partidos políticos, las estructuras del Estado y el sistema económico hoy no se ve ningún espacio que los considere (exceptuando cuotas culturales, aparatos gubernamentales, programas y procuradurías destinados a controlarlos y administrarlos).
Ningún candidato se atreve a barruntar planes y proyectos que verdaderamente favorezcan y hagan justicia a los pueblos originarios. Prefieren, si bien nos va, el desarrollismo, del que ningún candidato presidencial puede prescindir. Las diferencias, en la práctica de las comunidades, son de mero matiz. Las zonas económicas especiales, los transgénicos, las expropiaciones territoriales para extracción o construcción, la mercantilización extrema de las relaciones sociales a través del consumo, la preeminencia de la propiedad privada y el interés financiero: todo ello está en sus agendas. Por eso se hacen majes para escuchar a los pueblos, y si los consideran en sus promesas (Morena, PRI y acompañantes), sólo les expresan generalidades. No pueden comprometerse con ellos, y lo saben.
Por si nos quedara duda, es oportuno revisar los errores y los fracasos de los gobiernos progresistas de la región latinoamericana en los años recientes. Los gobiernos “populares”de Brasil, Ecuador, Chile, Venezuela y Argentina dañaron a sus pueblos originarios, que si bien éstos lograron conquistas bajo esos mandatos, a la vez sufrieron represión y despojo como en cualquiera de los países administrados por feligreses del credo neoliberal (México, Perú, Colombia, Panamá). Bien mirado, ¿cuál es la diferencia? ¿Qué pueden esperar los pueblos de clases políticas cuyos intereses chocarán más pronto que tarde con sus derechos y reivindicaciones?
A eso apuntaba la propuesta del Congreso Nacional Indígena (CNI) y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Conquistar la candidatura presidencial para la vocera indígena hubiese implicado verbalizar expresamente, en espacios mediáticos y actos de campaña a escala nacional, las demandas y los sueños de los pueblos originarios, sus firmes opiniones fundamentadas en la experiencia. Sí, la experiencia común de millones de personas que se identifican como miembros de un pueblo, nación o tribu, y también como mexicanos, pues lo son. Dicha experiencia no hubiera venido mal en el debate predecible y tedioso de las campañas. Una mujer nahua, reconocida activista, vocera de un novedoso Concejo Indígena de Gobierno del que aún se esperan cosas, hubiera obligado a escuchar a los candidatos, a sus equipos de grillos, asesores y operadores, y sobre todo a sus audiencias (o presuntos electores) el rechazo expreso y fundamentado a los planes de expansión petrolera, carretera, eólica, agroindustrial, aeroportuaria, turística e inmobiliaria que mal que bien todos comparten.
Como es de esperar, el candidato de Morena por ahora coincide en trazos gruesos con algunas demandas de los pueblos; el mejor ejemplo es el rechazo al aeropuerto de Peña, Slim et al. Sin embargo, no se ve mucha diferencia en las políticas privatizadoras y extractivistas en delegaciones capitalinas ni municipios del país gobernados por morenistas. La rapiña y la impunidad son generalizadas; PRI, PAN y PRD nos regalan ejemplos a montón. Morena es nuevo y predica “honestidad”, pero está montando en su nave a toda clase de bichos, a riesgo de que, donde ganaren, hicieren lo que los otros (y ellos mismos) han hecho antes.
El punto es que los pueblos originarios no están ahí, salvo por folclor (del huicholito cantarín a las matronas luciendo hupiles más bonitos que los de la consorte priísta Juana Cuevas, alegres por la promesa de más y mejor tarjeta rosa), o bien para la pesca numérica y porcentual de sufragios que trae locos al PRI, el PRD y Morena en las selvas y montañas de Guerrero, Chiapas y Veracruz, las planicies de Michoacán, los desiertos de Sonora, las serranías de Jalisco y Chihuahua, y entre los jornaleros indígenas de esa nación subrogada que son las plantaciones mamut de San Quintín y Sinaloa. No los ven. Así como no los identifican en las maquiladoras e industrias a destajo de Tehuacán, Tijuana, Juárez y la Zona Metropolitana.
Ellos son los campesinos que todavía alimentan al país. Ellos son los albañiles invisibles de la fiebre inmobiliaria. Las mujeres que les limpian los excusados y les lavan la ropa a millones de mexicanos todos los días. Los migrantes en Estados Unidos que mandan los dólares que Pemex decidió no producir más; sí, los que se fueron de México porque de aquí los expulsaron la injusticia, la violencia, el despojo, la discriminación y la invisibilidad. No porque allá no los acechen similares peligros, sino porque aún al esclavizarse como ilegales ganan mejor y en divisa fuerte para respaldar a sus familias y comunidades de origen. ¿Qué candidato puede ofrecerles revertir su éxodo favorablemente? Para el sistema es preferible tenerlos desplazados, lejos pero productivos, desmovilizados para todo fin político o comunitario.
Los candidatos no se atreven a representarlos. En el siglo XX estos pueblos fueron olvidados o folclorizados por todos los candidatos del PRI histórico, que contaba con un corporativismo eficaz. Sus sucesores, los adefesios panistas, resbalaron contra ellos, igual que el actual presidente neopriísta. La aparición de María de Jesús Patricio como alternativa en 2017, aparte del primer arranque de alarma en el lopezobradorismo, “sirvió”como una suerte de alivio cínico: que Marichuy hable por los indios. Cuando el propio sistema, en su brazo electoral, fue incapaz de generar un procedimiento adecuado a las comunidades indígenas para respaldar a la candidata (aunque diera paso a dos rateros y una ratera) hubo quien echara de menos a Marichuy.
Ningún candidato, ningún partido puede lidiar con las demandas de autonomía y autodeterminación de pueblos y regiones. De allí el rechazo colectivo a los comicios en diversas regiones de Oaxaca, pueblos purépechas y municipios rebeldes zapatistas desde hace años. En relación a los pueblos indígenas, los partidos están rezagados en Cherán, en falta en Chiapas, en la luna en la Ciudad de México, en el narco en Michoacán y Guerrero, o tienen a sus dirigentes en la nómina de Nayarit, Estado de México o Puebla.
Luego se extrañan los políticos de la fuerte y creciente negativa en las comunidades a la presencia y la actividad de los partidos. Los candidatos saben que no representan a los pueblos, ni podrían. Las comunidades dejaron de ser alacena sin fondo de “voto verde”y otras variantes del “zapato”y la “urna embarazada”, todos aquellos votos irreales que generaba el PRI en el campo, y que sin ir más lejos cimentaron el fraudulento “triunfo”del Carlos Salinas en 1988.
La experiencia zapatista ha tenido un valor pedagógico extraordinario para la creación de poder propio, la recuperación de formas comunitarias altamente participativas y horizontales, la autonomía de gobierno local extendida a la educación, la salud, la organización productiva, la defensa de tierras, alimentación, lengua, y la autoestima individual y colectiva. También influyen la comunalidad y los avances autogestivos que ésta permitió en Oaxaca. Ya ni como gestores necesitarían los pueblos a los partidos, de no traicionarlos con unos Acuerdos de San Andrés que involucraban a decenas de pueblos originarios del país, y no sólo a los zapatistas alzados.
Desde la “ley indígena”de Fox a nivel constitucional en 2002 a la cacareada Constitución de la Ciudad de México en 2017, los legisladores de los partidos ignoran sistemáticamente a los pueblos, los traicionan, los suplantan para tomar decisiones en su nombre. En la realidad de los pueblos la traición se materializa en falsas o nulas consultas, divisiones internas inducidas, asambleas espurias, paramilitarismo, incluso las manos de la Maña, que también toma partido.
Los partidos políticos y sus candidatos, con la muy relativa excepción del lopezobradorismo, sencillamente no tienen nada que ofrecer a los indígenas, salvo más de lo mismo: despojo y migajas. A estas alturas los pueblos han ganado en México una presencia insoslayable y legítima, parece inconcebible que el sistema político todavía pretenda gobernar México sin ellos. Y para los pueblos no se ve otra opción viable más que gobernarse, preservarse y progresar por sí mismos.
Los candidatos lo saben. Por eso callan.

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