domingo, 13 de mayo de 2018

EL MAYO FRANCÉS: una tentativa radical de sustanciar Libertad, Igualdad y Fraternidad

Primavera de París, a 50 años
París, sobre una carga poética irrepetible, se convirtió en el centro más canicular de la Guerra Fría; la revuelta estudiantil del 68 reveló el poder liberal de la insumisión.
Mauricio Mejía
El Financiero
11/05/2018
“Según los teóricos sociales hay dos movimientos globales en la historia contemporánea: las revoluciones románticas de 1848 y el movimiento de 1968. Aquellas, como este, no únicamente abarcaron geografías diferentes, sino resonaron incluso en lugares donde no hubo propiamente ni revolución ni tampoco rebelión juvenil..."
Carlos Illades Historiador y escritor
El mundo de la posguerra reventó en 1968. La juventud -recién estrenada- salió a las calles de Praga, París y México en el momento más romántico y libertario de la Guerra Fría. La ilustración, de nueva cuenta, como en la Revolución Francesa y en 1848, ponía en el centro de la discusión al hombre. En aquel año, la insumisión no era meramente contra el régimen soviético, contra De Gaulle o contra Díaz Ordaz; ni siquiera contra el capitalismo o el socialismo: el pleito era contra la realidad, contra la idea de realidad que los polos imponían en un mundo cargadísimo de ideología y sobrado de margaritas. Los hechos sucedidos en el Barrio Latino percuten en el mundo poshistórico.
Desde su nacimiento, dice Todorov, la Ilustración tuvo sus enemigos, algunos de ellos muy atinados en sus predicciones. ¿Cómo leer la crisis juvenil francesa del 68 desde los ideales de la Revolución francesa?
Podemos entender el Mayo Francés como una tentativa radical de sustanciar la Libertad, Igualdad y Fraternidad, esto es, no dejarlos como principios abstractos o reducirlos a la acepción limitada del liberalismo, sino traducirlos a la práctica cotidiana y extenderlos al conjunto de la sociedad. Por otra parte, aunque la rebelión juvenil posee connotaciones románticas (enfrentar el statu quo, las jerarquías, los moldes culturales, etcétera), ello no la convierte en un movimiento contrario a la Ilustración, antes bien lo que rechaza es un aspecto de ésta, ciertamente cardinal, el referente al imperio de la razón instrumental, a los hombres convertidos en medios. 
En todo caso se identifica con la Ilustración radical, que reparó en la desigualdad social y el colonialismo. La denuncia más cabal del universo cerrado de la razón instrumental, de esta suerte de pensamiento único de la época, es El hombre unidimensional, de Herbert Marcuse, el gurú intelectual de la juventud europea, como en México lo sería José Revueltas. No es casual que, en ambos pensadores, tras la recuperación del joven Marx, tenga un papel fundamental el concepto de alienación, el cual es la negación práctica de la libertad, pues impide a los hombres realizar sus propios fines, romper la lógica depredadora del capital y emanciparse del dominio de este sobre sus vidas.
Desde los apuntes de Hanna Arendt sobre los estados totalitarios (también hijos de la Ilustración), en ese año se juntaron las expresiones de libertad contra el régimen soviético en Praga y contra la dureza del régimen de Charles de Gaulle, ¿qué lectura debe hacerse al respecto?
Según los teóricos sociales hay dos movimientos globales en la historia contemporánea: las revoluciones románticas de 1848 y el movimiento de 1968. Aquellas, como este, no únicamente abarcaron geografías diferentes, sino resonaron incluso en lugares donde no hubo propiamente ni revolución ni tampoco rebelión juvenil. Aunque unos y otros acabaron en derrotas -el ascenso de Napoleón III y la apabullante victoria electoral de De Gaulle, por sólo mencionar Francia- los cambios que promovieron fueron tan profundos que todavía conservan vigencia: aún aspiramos a ejercer la soberanía popular (uno de los legados de 1848) o practicamos a diario la revolución cultural inaugurada en los 60. Fuera de Europa Occidental, 1968 es referente ineludible de la transición mexicana y, en el bloque socialista, la Primavera de Praga fue la última oportunidad de auto reforma del socialismo de inspiración soviética: cuando llegó en los 80 la Perestroika, ya era demasiado tarde.
También en Praga fueron los jóvenes universitarios quienes participaron en la movilización social, pero no deja de ser importante destacar que fue el propio régimen de Dubcek que alentó los cambios: la democratización del régimen y la liberalización del mercado. Nada más para subrayar el paralelo entre 1848 y 1968, en tanto que procesos globales, a las revoluciones de 1848 así como a la Primavera de Praga se les denominó “La Primavera de los Pueblos”.
¿Qué consecuencias directas tuvieron los hechos del 68 -Praga, París, México- en la caída de los muros en 1989?
Quienes practican la llamada “Historia del tiempo presente”ven un continuo entre ambos acontecimientos. En esta perspectiva, 1989 sería el cierre de 1968: la Primavera de Praga devenida en la caída del Muro de Berlín. Esto es cierto, pero también un tanto simplista, pues presupone que el socialismo de inspiración soviética estaba condenado a desaparecer. Insisto en lo que señalé hace un momento: en 1968 se intentó reformar el socialismo desde dentro, cosa que considero era posible en ese momento, pero la intervención militar de las fuerzas del Pacto de Varsovia liquidó esta oportunidad. Allí es donde se jugó la suerte de este modelo. Pienso que hay otra dimensión más profunda que esa y también temporalmente más larga: el “corto siglo XX”caracterizado por Eric Hobsbawm. 
        Visto así, con la caída del Muro de Berlín (1989) y la posterior disolución de la URSS (1991), desaparece el orden internacional inaugurado con la Primera Guerra Mundial y la opción civilizatoria representada por la Revolución rusa. Con ello quedamos inmersos, sin poder salir todavía, dentro del horizonte de la Revolución francesa. No es gratuito, aunque sí erróneo, que desde 1989 Francis Fukuyama hablara de “el fin de la historia”. Digo erróneo, porque si algo enseñó el siglo XX, y sin duda el fracaso socialista, es que la historia no tiene fin, es un proceso abierto. Quizá a nosotros todavía nos toque ver el fin “del fin de la historia”. 
En su libro El marxismo en México. Una historia intelectual (Taurus, 1968) deja muy en claro que no fue la izquierda la que llegó a la presidencia en el 2000 y logró la esperada alternancia política; fue la derecha. ¿Qué pasó?
La izquierda tuvo un papel muy destacado en la transición democrática, dada su tenaz lucha en contra del régimen autoritario. Esta incluyó la agenda democrática en un sentido amplio: desde lo específicamente electoral, hasta la democratización de los sindicatos, la libertad de expresión y manifestación, o la apertura de los medios de comunicación. Muy bien lo expuso Revueltas poco después del movimiento de 1968: la nueva Revolución mexicana habría de ser democrática. La izquierda, en particular la socialista, cabe recordar, fue perseguida y proscrita del sistema político durante buena parte del siglo XX. Y, cuando el desprendimiento de la Corriente Democrática del PRI, con la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas -en alianza con la izquierda socialista representada entonces por el PMS, siendo Heberto Castillo candidato- la elección se definió por medio de un fraude electoral. Después, con la represión gubernamental contra la militancia perredista, la debilidad organizativa del partido materializada en “las tribus”y el liderazgo caudillista de Cárdenas, la izquierda fue debilitándose en las elecciones posteriores. Al mismo tiempo, la derecha representada por Acción Nacional ganó posiciones en acuerdos cupulares con la administración salinista. De esta manera, cuando se debilitó el régimen, la derecha iba en ascenso y la izquierda de bajada. Esto permitió a Vicente Fox ganar en el 2000, con un discurso que, de acuerdo con la semántica política actual, sería populista: entonces le llamaban democrático. A mi juicio, el cierre de la transición mexicana se dará en el país con una victoria legítima de la izquierda en las urnas. Ésta sería la verdadera prueba del ácido de la democracia mexicana, al demostrar que cualquier fuerza política puede ganar independientemente del color que tenga. Sólo así la casi mitad de la población que considera que las elecciones mexicanas son fraudulentas de suyo, podrá convencerse de que no.
Dice Marina Garcés en Nueva ilustración radical que hemos pasado de la condición posmoderna a la condición póstuma. ¿Cómo pensar a Marx en esta situación en la que todo parece después sin el después (la Revolución)?
Creo que podemos recuperar a Marx en múltiples aspectos y de muchas formas, y separar las herramientas de su análisis, de los pronósticos fallidos. Con respecto de tu pregunta destacaría dos líneas de su perspectiva: 
1) la teorización marxista es la conceptualización más elaborada y el discurso crítico más poderoso de la civilización capitalista, horizonte histórico en el cual vivimos desde el siglo XVIII (la Revolución industrial) y del cual, como señalé anteriormente, no hemos salido a pesar de intentos de hacerlo como fue la Revolución rusa; 
2) para demostrar la especificidad del capitalismo, Marx concibió la singularidad de cada una de las sociedades precedentes, esto es, fundamentó el conocimiento de la historia. 
Para él la historia no es el simple transcurrir del tiempo, como en la racionalización posmoderna -deudora en esto de la tesis del “fin de la historia”de Fukuyama-, sino proceso(s) de cambio y continuidad: sin cambio no hay historia, sólo tiempo. De esta manera, podemos pensar razonablemente que, si el mundo se ha transformado en el pasado, también lo hará en el futuro. Cómo será este cambio, es lo que está por verse.

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