viernes, 8 de junio de 2018

TLATELOLCO, SAN COSME, ACTEAL, AGUAS BLANCAS: habrá justicia hasta acabar con el sistema capitalista

La demanda de justicia por el “Halconazo” sigue viva: Comité 68, a 47 años del crimen de Estado
Redacción Desinformémonos,
Periodismo de abajo
08 de junio de 2018
Ciudad de México/Desinformémonos.- A pocos días de que se cumplan 47 años del “Halconazo”, como se le conoce a la masacre perpetrada por un grupo paramilitar contra una movilización estudiantil en la Ciudad de México el 10 de junio de 1971, el Comité 68 y organizaciones civiles aseguraron que “la demanda de justicia sigue viva y la lucha por la verdad no ha caducado”.
Los activistas aseguraron que el “crimen de Estado”, a pesar de las irregularidades y trabas en las investigaciones y el acceso a la justicia por parte de las instituciones, “en la memoria del pueblo sigue presente”.
Al anunciar la movilización conmemorativa para el próximo domingo a medio día en la estación Normal del Metro al Zócalo de la Ciudad de México, señalaron que la marcha será particular por situarse en un contexto político-electoral “manchado de sangre”, en el que han sido asesinados por lo menos 41 candidatos a los cargos públicos tan sólo de enero a abril.
Exigieron a las autoridades y a los aspirantes a la presidencia de México “un compromiso, un plan de acción de cómo combatirán esta crisis si logran el voto popular”.
“¿Cuál es su plan de acción para modificar esta situación de extrema gravedad que flagela a los mexicanos? Si no se combate la impunidad resulta demagógico el discurso que insiste en acabar con la corrupción”,agregaron los activistas.
Durante una conferencia de prensa, aseguraron que la violencia en el país ha cobrado la vida de más de 200 mil muertes y más de 30 mil desaparecidos.
 
10 de junio, crimen de Estado impune, como Tlatelolco, Acteal y tantos más
Doroteo Arango,
La Voz del Anáhuac,
10 de junio de 2018.
Hace 47 años, el Movimiento Estudiantil se reorganizaba. Habían transcurrido casi tres años desde la masacre del 2 de octubre de 1968, en Tlatelolco. Entonces no nos rendimos. Sostuvimos la huelga hasta diciembre, contra el viento represivo y la marea claudicante y oportunista infiltrada en el movimiento.
         Decidimos seguir luchando aún sin huelga, desde las escuelas y vinculándonos más al pueblo: a los obreros, a los campesinos, desde los barrios proletarios.
En mayo de 1971 la Universidad Autónoma de Nuevo León se fue a la huelga: les habían impuesto una Ley Orgánica que ponía a la UALN en manos de los corporativos empresariales más reaccionarios del país. Contra eso, por la democratización de los órganos de gobierno de la Universidad luchaban allá.
En la UNAM se luchaba por Cogobiernos, en Antropología se construía el Autogobierno, en el IPN se planteaba: “organizar a los estudiantes en torno a sus demandas concretas de manera independiente del control estatal priísta para estar en condiciones de apoyar de manera real y efectiva las luchas populares”.
Se luchaba también por más presupuesto a la educación, por el respeto a la gratuidad de la educación pública, por darle un carácter crítico, científico, humanitario, democrático y popular. En esto jugaron un importante papel las Preparatorias Populares.
Muchos activistas estudiantiles luchaban desde sus escuelas y acompañaban las guardias de huelgas obreras, la toma de tierras por parte de grupos agraristas y también urbanos. Los comités de lucha eran centros de apoyo a las luchas populares.
El Comité Coordinador de los Comités de Lucha del IPN, la UNAM y otros centros educativos (CoCo) había decidido realizar una manifestación en apoyo a los compañeros de la UANL en huelga. El gobierno maniobró para desactivar la movilización: hizo renunciar al rector impuesto por él mismo en la UANL y derogó la Ley Orgánica repudiada por los estudiantes neoloneses. Ya no tendría sentido la manifestación, según él.
Pero no fue así. Ayotla Textil, Chiclet’s Adams, Tortilladoras Celorio y otras fábricas estaban en huelga, el Movimiento Sindical Ferrocarrilero encabezado por Demetrio Vallejo se había reactivado, luego de que Vallejo y Campa recuperaran su libertad tras haber estado presos por 11 años, los electricistas del STERM se habían convertido en un referente de lucha obrera, los campesinos de Morelos, Puebla, Hidalgo y otros estados luchaban por la tierra y por precios de garantía a sus productos. En Guerrero la lucha campesina era armada: Genaro Vázquez, desde la ACNR y Lucio Cabañas, en el Partido de los Pobres, resistían en las montañas la guerra de exterminio desatada contra ellos por el gobierno.
El movimiento estudiantil apoyaba decididamente todas estas luchas y con algunas de ellas había acuerdo de participar en la manifestación del 10 de junio: Ayotla Textil, Celorio, Chiclet´s Adams, marcharían.
No sería la primera vez que se intentaría una movilización en la calle después de 1968. Ya se había intentado una el 4 de noviembre de 1970. También saldría del Casco de Santo Tomás. Pero el grupo paramilitar los halcones  la atacó. Los estudiantes nos defendimos. Esa vez los derrotamos en la lucha callejera, pero la manifestación se disolvió.
Ahora, el 10 de junio, con compromiso de marchar con la participación de contingentes obreros y con luchas por demandas propias en nuestras escuelas, aunque aparentemente el conflicto de Nuevo León se hubiera resuelto, estaba tomada la decisión: nos manifestaríamos en la calle.
Había riesgo de ser reprimidos. Sería la primera manifestación del movimiento estudiantil después de 1968. Ahora era presidente de la República Luis Echeverría Álvarez, el mismo que fue secretario de gobernación en el gobierno de Díaz Ordaz, responsable de la política interna, mando de los aparatos de “inteligencia” que operaron ataques armados a brigadistas y a los planteles: la Dirección Federal de Seguridad, operador del llamado Batallón Olimpia cuyo actuar en la Plaza de las Tres Culturas fue clave para desatar la masacre del 2 de octubre de 1968. Este mismo personaje, durante su campaña electoral buscó hipócritamente deslindarse de lo ocurrido en 1968: guardó un minuto de silencio en la Universidad Nicolaíta por los caídos en Tlatelolco, luego agregó que “también por los soldados muertos”. Al comenzar su gobierno en diciembre de 1970 prometió una “apertura democrática”.
Lo estudiantes nunca le creímos. Para nosotros, al igual que Díaz Ordaz, era un siniestro asesino, además de mentiroso e hipócrita. Y como ya habíamos sido agredidos por sus halcones con todo y que cacareaba su supuesta “apertura democrática”, no aceptamos nunca la falsa disyuntiva que algunos intelectuales y ex dirigentes del movimiento decían: “Echeverría o el fascismo”.
Esa tarde, con sangre y muerte nos lo confirmó.
Reunidos frente a la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas, uno a uno, comenzamos a avanzar los contingentes de la UNAM, del IPN, de la Normal, de Chapingo, de las Preparatorias Populares, algunos contingentes obreros y populares.
Recorrimos la calle de Carpio, hasta Av. de Los Maestros, caminamos a un lado de la Escuela Superior de Medicina y del Hospital Rubén Leñero, seguimos a un costado de la Escuela Nacional de Maestros. Calles antes de llegar a San Cosme un contingente policíaco bloqueó el paso, advirtió que no se permitiría la manifestación, que no había permiso. Los contingentes que iban al frente entonaron el himno nacional. La manifestación pudo continuar tras reclamar respeto a nuestro derecho a manifestarnos, pues el mando policíaco recibió instrucciones por radio. 
Pero en cuanto la cabeza de la manifestación alcanzó a salir a San Cosme, fue atacada por los halcones. Esto sembró desconcierto pero se reaccionó: algunos manifestantes zafaron los palos con los que sujetaban las mantas para defenderse. Simultáneamente, otro grupo de halcones atacó, calles atrás, partiendo en dos la manifestación. Mientras algunos se defendían, otros buscaban refugiarse en la Normal, pero comenzaron los balazos. Otro posible refugio fueron los comercios y casas sobre Av. de Los Maestros.  Estudiantes del IPN y de las Preparatorias Populares trataron de resistir. Imposible ya, el fuego desatado por los halcones nos dispersó. Muchos compañeros fueron heridos o muertos. En los primeros ataques  los halcones  utilizaron garrotes y varas de bambú, pero al encontrar resistencia hicieron uso de armas de fuego, desde armas cortas hasta fusiles M-1 y metralletas.
Después se supo que también atacaron el hospital Rubén Leñero para rematar a los heridos que encontraron refugio ahí y se robaron sus cadáveres.
Muchos fotoperiodistas fueron también agredidos, con el objetivo de despojarlos de sus cámaras, pues no debía quedar evidencia de la masacre, no debían quedar pruebas gráficas de la identidad de los paramilitares y de la complicidad de los cuerpos policíacos y militares desplegados ahí.
La masacre estuvo a cargo del grupo paramilitar, cuyos mandos habían sido entrenados en la criminal Escuela de Las Américas, escuela de contrainsurgencia gringa. Pero tanto la policía como el ejército fueron sus cómplices todo el tiempo.
Cuando los reporteros gráficos protestaron frente a Echeverría por la forma en que fueron agredidos, éste les respondió con su característica hipocresía: “Si ustedes están indignados, yo lo estoy más”. Y prometió una “exhaustiva investigación, caiga quien caiga”. Por supuesto no cumplió. Pero como frecuentemente ocurre en el sistema político mexicano, “cortan algunas cabezas”  para aplacar la indignación, hacen renunciar a algunos funcionarios, los sacan de la escena política un tiempo y luego les dan otro “hueso de consolación”, por haber “apechugado su lealtad al régimen”. Así ocurrió en este caso con Alfonso Martínez Domínguez, quien fungía como regente del DDF y con Flores Curiel, entonces Jefe de la policía. pero nunca se les investigó realmente ni se les juzgó. Por supuesto tampoco el autor intelectual de este crimen de Estado, Luis Echeverría Álvarez ha pagado por este y sus otros crímenes. Aunque fue indiciado como “probable responsable” por los hechos del 2 de octubre de 1968 y del 10 de junio de 1971, en 2002, fue hasta noviembre de 2006 que se le mantuvo bajo arresto domiciliario para ser juzgado, pero en marzo de 2009 fue declarado “inocente”  y sigue impune hasta la fecha.
Nuestros compañeros caídos del 2 de octubre y del 10 de junio son ahora parte de una historia escrita con sangre, a la que se han acumulado muchos crímenes de Estado más: Acteal, Aguas Blancas, El Charco, El Bosque, Atenco, Ayotzinapa y un largo etcétera que abarcan desde la guerra de exterminio, llamada “guerra sucia”  de los 60’s, 70’s y parte de los 80’s, además de los más de 200 mil asesinados durante la llamada “guerra contra el crimen”  desatada por Felipe Calderón y continuada por Enrique Peña Nieto.
Esta ha sido, es y seguirá siendo una guerra del poder de los de arriba contra la resistencia y la rebeldía de los de abajo. Ahora estamos frente a un proceso electoral, pero puede haber cuantas elecciones se quiera sin que sustancialmente cambie algo. Eso ocurrirá hasta que el pueblo de México se organice, se rebele y destruya definitivamente al sistema capitalista, que es, en última instancia, el origen de la explotación, la represión, el despojo y el desprecio que padecemos.
Nunca supimos la verdad de cuántos compañeros cayeron bajo las balas del ejército en Tlatelolco. Tampoco supimos cuántos cayeron el 10 de junio, ni durante la llamada “guerra sucia”, lo que sí sabemos es que toda esa sangre derramada, todas esas vidas truncadas no quedarán impunes, los pueblos indígenas, campesinos, los obreros, los maestros, los estudiantes, el pueblo todo, tiene memoria y sabrá cobrarse muerte por muerte, herida por herida, golpe por golpe. No importa cuánto tiempo más tenga que transcurrir. La hora llegará. Tan sólo se necesita tener memoria, dignidad, vergüenza y sobre todo voluntad de seguir luchando. No rendirse, no venderse, no claudicar, ni creer falsas promesas…
¡NI PERDÓN NI OLVIDO!

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