martes, 7 de agosto de 2018

LÓPEZ OBRADOR NO ES DE IZQUIERDA, aunque las campañas negras lo hayan mostrado como tal

Con AMLO, nada para las izquierdas
Proceso
01 agosto, 2018
Ciudad de México (apro).- Se cumple un mes de la elección y fue suficiente para que las izquierdas, en especial aquellas no alineadas a los partidos políticos, marcaran su distancia, por lo visto definitiva, de Andrés Manuel López Obrador.
La cuestión es simple: López Obrador no es de izquierda, aunque las campañas negras de tres elecciones presidenciales lo hayan expuesto como tal. 
No hay engaño. Desde la campaña fue claro: dijo que era tiempo de conciliación y unidad, cuando sus simpatizantes le reclamaban la suma de priistas y panistas; prometió que no daría marcha atrás a la Reforma Energética, aunque planteó revisión de contratos y más inversión gubernamental en el sector; tendió su mano a Enrique Peña Nieto, a Donald Trump y al alto empresariado, a quienes dedicó la espectacularidad de los primeros días después del triunfo.
Al mismo tiempo, se ganó una severa crítica del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), por los malos oficios del sacerdote Alejandro Solalinde, un exceso de protagonismo que, en caso de contar con enlace como afirmó tenía, acabó descalificado y desmentido por uno de los grupos más emblemáticos de rebeldía contemporánea a escala global.
Cuando lo hizo ya había puesto en un primer aprieto a López Obrador al revelar la oferta de presidir la Comisión Nacional de Derechos Humanos, por el hecho de que el organismo es constitucionalmente autónomo, se supone lo elige el Senado y no está en período de renovación sino hasta 2019. Pero en las izquierdas que mantienen vivo el reclamo por la desaparición de los 43 estudiantes de la normal “Raúl Isidro Burgos”, la inconformidad vino por la mala imagen del sacerdote, primero en revelar y promover la famosa “verdad histórica”–vulnerable y anómala– que a la postre ofrecería el entonces procurador general, Jesús Murillo Karam.
Solalinde, sin embargo, ha sido avalado por López Obrador cuyo staffconfirmó, por ejemplo, la oferta de la CNDH y no desmintió el, por torpe, mal logrado intento de aproximación al EZLN. 
Pero no es todo. Los anuncios de nombramientos que ha hecho el ganador de los comicios, han provocado otros malestares por la incorporación de personajes que han actuado en escenarios de injusticia, antidemocracia y represión.
El pasado martes, en la Fundación Elena Poniatowska, Juan Ramón de la Fuente –anunciado como futuro embajador ante la ONU– fue increpado por expresos de la huelga de la UNAM de 1999-2000, pues fue bajo su rectorado cuando se facilitó el ingreso de la Policía Federal Preventiva a Ciudad Universitaria. En realidad, fue una incursión militar que liquidó el conflicto, pues uniformes al margen, eran la Primera y Tercera Brigadas de Policía Militar, las que detuvieron a cientos de jóvenes a los que acusaron, entre otros delitos de terrorismo y peligrosidad social.
De la Fuente dio una conferencia sobre el Movimiento Estudiantil de 1968, justo el día en que se cumplían 50 años del acto en el que otro rector, Javier Barros Sierra, salió en defensa de la autonomía universitaria. El reclamo antes y después del acto, tenía que ver con la operación del 2000.
El EZLN, los movimientos que exigen justicia por lo ocurrido en Iguala en 2014 y los huelguistas de 1999, son izquierdas distintas y no alineadas a los partidos políticos. Pero aun en aquellos sectores de izquierda proclives a la vía electoral, hay inconformidad por la decisión de nombrar a Manuel Bartlett Díaz, como director de la Comisión Federal de Electricidad.
Pesa sobre él la historia: el asesinato de izquierdistas, la presión autoritaria sobre opositores y el fraude electoral de 1988, cuando fungía como secretario de Gobernación. 
A un mes de la elección, hay definiciones claras: López Obrador está actuando de conformidad con los cánones del presidencialismo mexicano, institucional con la Presidencia en funciones, resolviendo los añejos conflictos con las cúpulas empresariales que son un poder de hecho y, estableciendo un canal de comunicación con el poderoso país del norte. Para las izquierdas, nada.

Los compromisos de AMLO son con los empresarios, con los banqueros, con los partidos de derecha, con la “mafia del poder”
Doroteo Arango,
La Voz del Anáhuac.
07 de agosto de 2018.
Recientemente, John Womack, en entrevista, caracterizó como “pobre” el izquierdismo de AMLO. Discrepo de esa caracterización. AMLO es de derecha.
Habló del“izquierdismo priísta”, representado en Porfirio Muñoz Ledo. Tampoco estoy de acuerdo. El PRI fue, desde su origen, de derecha.
El priísmo nunca fue de “izquierda”, aunque haya habido intentos por reformarlo en los años 60’s por parte del grupo encabezado por Carlos A. Madrazo; aunque López Mateos dijera serlo “dentro de la constitución”. Aunque existiera en los años 80’s una “corriente crítica” que se escindió del PRI para postular a Cuauhtémoc Cárdenas en 1988.
El PRI nació de la traición y asesinato de los verdaderos revolucionarios de aquella lucha: los agraristas Emiliano Zapata (1919) y Pancho Villa (1922), y el anarquista Ricardo Flores Magón (1923). 
En 1929 Calles fundó el Partido Nacional Revolucionario (PNR) para institucionalizar lo que de la revolución quedaba y apaciguar la lucha entre facciones que disputaban el poder mediante asonadas, conspiraciones y traiciones entre ellos.
En 1936 Lázaro Cárdenas le cambió de nombre: Partido de la Revolución Mexicana (PRM), perfeccionando los controles corporativistas sobre obreros: Confederación de Trabajadores de México  (CTM) y campesinos: Confederación Nacional Campesina (CNC).
Finalmente Miguel Alemán le dio su nombre definitivo: Partido Revolucionario Institucional (PRI). Salvo los cambios de nombre y estilos de gobernar, sigue siendo lo mismo: La ideología que declaró tener fue la de  la “revolución mexicana”hasta 1982, cuando comienza a implementarse el modelo neoliberal, desmontando paulatinamente lo que de “progresista” tuvo el movimiento armado: la educación pública, laica y gratuita (Art. 3º), los derechos campesinos (Art. 27) y los derechos obreros (Art. 123).
Pero eso no es un partido revolucionario, no al menos desde la concepción “marxista-leninista” que asegura Womack tener. 
Por otra parte, para Womack la verdadera izquierda es la histórica, representada por el ya inexistente Partido Comunista Mexicano. Disiento de ello también.
¿Izquierda histórica el Partido Comunista Mexicano?
El Partido Comunista Mexicano (PCM) se fundó en 1919. No fue el partido vanguardia de la clase obrera que concibe la teoría leninista del partido. Sus erráticas políticas, entre bandazos de derecha y de izquierda, su dogmatismo y su alineación con los mandatos del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) y de la Internacional Comunista, lo llevaron a adoptar acríticamente la línea oficial dictada desde Moscú. Abandonó la lucha de clases como motor de la historia, renunció a la estrategia de la revolución proletaria.
         Por eso José Revueltas lo criticó desde una postura marxista y llegó a la conclusión de que el mexicano es “un proletariado sin cabeza”, pues de acuerdo a esa concepción, el partido comunista es, o debe ser, la conciencia organizada de la clase obrera. Apostó a la lucha electoral, no a la lucha revolucionaria proletaria.
Ese partido desde los años 60's buscaba su registro como partido electoral, aspiraba ya entonces a ocupar un lugar en la izquierda institucional, hasta entonces ocupado por el Partido Popular Socialista, cooptado por el priísmo. 
En 68 no tuvo reparo en negociar con el Estado el levantamiento de la huelga (cuando después del 2 de octubre logró controlar el CNH) a cambio de su registro. La resistencia y dignidad estudiantil se lo impidió. 
El registro lo obtuvo hasta 1978, con la "reforma política" que impulsó Jesús Reyes Heroles durante el gobierno de José López Portillo. Esa "reforma política" tuvo la finalidad de cooptar a los partidos de "izquierda" (PST, PMT, PT, PCM y otros).
Aliándose con otros grupos similares, el PCM se metamorfoseó en Partido Socialista Unificado de México (PSUM), luego en Partido Mexicano Socialista (PMS). 
En 1989 cedió su registro al Partido de la Revolución Democrática (PRD). Observamos cómo entre 1989 y 2012 el PRD fue deslizándose de la "izquierda" al centro y luego a la derecha. En 2012 el PRD se paraestatalizó  al sumarse al “Pacto por México”. De partido de falsa izquierda degeneró en el colaboracionismo con el poder.
Del PRD se escindió AMLO y su grupo dando origen al Movimiento de Regeneración Nacional (Morena). AMLO fue candidato del PRD en 2006 y 2012. En 2018 Morena se presentó como opción de "izquierda". En el transcurso de la campaña de 2018 recibió con los brazos abiertos al éxodo de priístas, panistas y perredistas que calcularon que las posibilidades de triunfo estaban con el puntero AMLO. 
También la "mafia del poder" se asoció con AMLO. Uno de sus personeros Alfonso Romo (exasesor de Salinas, de Zedillo, de Fox) le redactó el "proyecto de nación" y le diseñó la estrategia para vencer las resistencias de las cúpulas de los partidos políticos, del gobierno federal, de los empresarios y banqueros, para que aceptaran que AMLO no es ningún peligro para sus intereses, que les resultaría más costoso pretender un fraude que dejarlo llegar a la presidencia. Por eso, desde antes de que se iniciara formalmente el conteo de votos, con las puras tendencias de salida, los candidatos adversarios se apresuraron a reconocer su triunfo y a felicitarlo. Bastante atípico, por decir lo menos. 
¿Fue, como se dice, por el "tsunami" de votos que "no pudieron hacerle el fraude"? ¿No pudieron o no quisieron?
Sabemos que en México lo que menos cuenta en las elecciones son los votos. Hay acuerdos en las cúpulas empresariales, gubernamentales y partidistas. Ya no es el viejo "dedazo", ahora es el pacto que establecen los socios dueños del poder. Deciden por quien menores riesgos y costos represente al sistema, además de garantizar la continuidad del neoliberalismo.
Por eso en su campaña, AMLO se esforzó más en convencer a los de arriba. A los de abajo los sabía seguros, dada su "carisma", el acrítico apoyo de sus seguidores y la demonización a sus críticos: "le hacen el juego a la derecha""están al servicio de la mafia del poder""son un invento de Salinas", etc.. 
Logró convencer a la derecha, a la "mafia del poder", a los empresarios y banqueros, a las cúpulas partidistas de que efectivamente no será otro Chávez (ni un Maduro siquiera), que no haría de México otra Venezuela, que los intereses del capital no correrán ningún peligro, que el modelo neoliberal seguirá en su gobierno, que fue, es y seguirá siendo un priísta. 
Por lo mismo, ya desde antes de ser reconocido oficialmente como presidente electo, ya es tratado como "virtual presidente" y Romo es su  “virtual vicepresidente”, es el jefe del gabinete de AMLO. 
Hasta sus más acérrimos enemigos de dentro y fuera del país se han apresurado a abrazarlo, como son los casos de Claudio X. González, el veleidoso Carlos Slim y el ultraderechista Donald Trump. 
Las "izquierdas progresistas” de América Latina cifran en él esperanzas de “un repunte en el progresismo latinoamericano”. Que no se ilusionen: AMLO no será otro Chávez, ni otro Evo, ni otro Lula, ni otro Mojica, ni siquiera un Kirchner, o un Correa, o una Dilma; quizá otro Ortega, quizá…

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