martes, 9 de octubre de 2018

ARGENTINA, ESMA: CENTRO DE TORTURA Y EXTERMINIO DE LUCHADOR@S SOCIALES

Fuera del mundo de los vivos
Fotos y texto: Claudia Rafael,
Fuente: SUR-gentes,
Periodismo hecho por mujeres:
Red Latina sin fronteras:
08 de octubre de 2018.
Entrar al Casino de Oficiales de la ESMA genera una inquietud que parece, por momentos, disminuir el ritmo acompasado del corazón. Fueron apenas tres horas. 180 minutos. 10.800 segundos. Que son algo así como la nada misma. Ellos, todos ellos, fueron arrastrados, masacrados, torturados en cada centímetro de ese edificio durante días, meses, años mientras nosotros, los otros, lo recorrimos con la guía de los sobrevivientes cuatro décadas después en la Visita de las Cinco (que se repite el último sábado de cada mes).
De alguna manera estaban ahí. Se sentía esa presencia en cada escalón por el que eran arrastrados, apenas a distancia mínima de lo que eran las habitaciones de los oficiales, del sótano a Capucha. “Disculpen que pueda parecer obsceno”, decía Mantecol Ayala, del Movimiento Villero Peronista de Villa Uruguay, en zona Norte. “Pero cuando llegábamos al sótano, estaban los cuerpos de los compañeros”. Y se trasladaban las memorias –algunas, incluso, de chicos que no habían nacido 40 años atrás y no eran siquiera proyecto vital pero que estaban ahí. En la visita de las cinco que recorre, centímetro a centímetro, los recovecos del Casino de Oficiales donde la masacre y la tortura fueron reinas y señoras.
El sótano es amplio. Se ven cañerías, cables eléctricos, ladrillos a flor de piel. Pesadas puertas de metal resguardan en su parte superior rectángulos de paneles enrejados que no fueron capaces de conservar la rectitud de las líneas. Rectángulos pequeños de metales oxidados. Rectángulos que dejaban ver al otro lado. Percibir. Oler el miedo. Sentir las transpiraciones de la adrenalina provocada por el terror.
Fueron minutos de un aire pesado. Mercedes Mignone contaba junto a Mantecol aquel día de mediados de mayo en que a las 5 de la madrugada empezó a resonar el timbre de su casa sin parar. Emilio, su padre, histórico luchador, uno de los fundadores del CELS, creyó que iban por él. Pidió una credencial -reconstruyó Mercedes- “y ellos le mostraron una ametralladora”.
A quien se llevarían era a su hermana Mónica, del Movimiento Villero Peronista y cristiano.
Es todo silencio. Sólo las voces de ellos dos y el viaje en el tiempo.
A pocos metros de distancia, la avenida del Libertador en un sábado sobreviviente de una tormenta feroz que se llevó puestos árboles, cables y que inundó calles y casas. Entre ellas, la de Leonardo “Bichi” Martínez, que no pudo oficiar de guía porque su propia casa había sido invadida por el agua. El, había sido secuestrado el 18 de septiembre de 1977 en la estación Beccar del Ferrocarril Mitre. Exactamente un día después del secuestro de Mantecol Ayala.
El Casino de Oficiales tiene cuatro plantas. En el sótano los secuestrados se estrenaban en la tortura pero también funcionaba la enfermería y, en ocasiones, servía para parir vida en medio de tanta muerte cuando aún no estaba armada la sala de partos. Paso previo a la entrega de bebés como botín privilegiado para arrancar amores e ideologías desde el primer vagido. Cuarenta años después, se lee con letras imprenta mayúscula, iluminadas: “¿CÓMO ERA POSIBLE QUE EN ESTE LUGAR NACIERAN CHICOS?”.
Si la viese usted…
Nombres escuchados mil veces se correspondían a los lugares ubicados en la parte más alta del edificio. Capucha era el lugar de reclusión y en su sala noreste ámbito para la producción de material de inteligencia. Ahí estaban las diminutas cuchas que no permitían, siquiera, estar en pie. Su piso era el techo de los cuartos de oficiales. ¿Es posible conciliar el sueño con el dolor y la crueldad a dos o tres metros de distancia? ¿Habrán tenido pesadillas? ¿Se habrán despertado alguna vez sobresaltados por el grito de los estragados?
Las paredes hablan. Respiran. Se escuchan las voces que ya no están. Se huele el estrago. En Capucha y en Capuchita (el altillo con un enorme tanque de agua al centro) es donde mayor cantidad de huellas se fueron hallando. Cruces, iniciales, fechas, grabados en las paredes. En muchos casos, a escasos centímetros del suelo.
Las ausencias están. Emergen desde los testimonios de los sobrevivientes de ese campo de concentración que llegó a hacinar a 5,000 secuestrados. 
Desde los objetos clandestinamente construidos en la misma clandestinidad. Como el pañuelo de seda bordado por “Pati” Marcuzzo -después de parir- con los versos de Serrat: “Se le hinchan los pies, / el cuarto mes /le pesa en el vientre./ A esa muchacha en flor/ por donde anduvo el amor/ derramando simiente. Si la viese usted…”. Fue Graciela Daleo quien logró sacarlo del centro del horror y entregarlo al hijo de Pati en 1990.
O como la muñeca de trapo de rulos de lana y vestido rojo y blanco a lunares que cosió “La Gallega” María Elsa Garreiro Martínez y regaló a la sobreviviente Norma Cristina Cozzi.
La misma Graciela Daleo que entregó el pañuelo –y que estuvo secuestrada allí entre octubre del 77 y abril del 79- fue la que definió en 2010 durante uno de los juicios de la causa ESMA que: “a la pecera le pusieron pecera porque tenía esos paneles de acrílico que permitía que nos vieran desde todas partes (…)". Con los años, en realidad, yo le di otra interpretación: nosotros, igual que los peces están en una pecera, parecíamos personas normales, que nos desarrollábamos como en una vida normal; pero al igual que los peces cuando están en una pecera, los peces no están en el mar, están presos en una pecera, pero de afuera pareciera que fuesen peces normales. Bueno, eso éramos nosotros”. Un panóptico cuasi surrealista pincelado por la perversidad y la consumación del control más milimétrico para ese grupo de militantes esclavizados.
Aprender a vivir
Tres horas que no se sienten en el cuerpo. Que desarman y dejan en la más absoluta desnudez. Que detienen por momentos el corazón.
En esta visita de las cinco, “el Gallego” –que sobrevivió en el exilio interno en Mendoza, que no fue detenido aunque perdió entre las garras de la dictadura a su primera compañera y a su hijo, que fue el responsable de Mantecol Ayala- recorrió la ex ESMA por primera vez. Habla pausado. Está conmovido. Se ayuda para caminar y recorrer los vericuetos por los que sus compañeros fueron arrastrados y estragados. Y confiesa a esta cronista que: “durante muchos años viví con la culpa de haber sobrevivido. Un viejo compañero me dijo un día ‘dejáte de joder. Hay que disfrutar de estar vivos. Hay que aprender a vivir’. Y eso me cambió”.
Mantecol, el hombre que dos veces se escapó de su cautiverio y fue recapturado, habla al final del recorrido de aquel adolescente que él fue. Había llegado con su familia desde Corrientes. Con su padre comisario, peronista “de Evita” hasta la médula y después raleado de la fuerza por su cercanía con el levantamiento del General Valle. Mantecol tenía escasos 16 cuando fue nombrado delegado de las manzanas de la villa Uruguay en la que vivía. Cuando fue llevado a la ESMA era un veterano de luchas en el Movimiento Villero Peronista.
En el cierre van desgranándose en la voz de un viejo dirigente villero de piel ajada y oscura, de cabellos blancos entrelazados en una trenza, los nombres de sus compañeros de la villa del conurbano norte que fueron devorados definitivamente por la crueldad. Asoma en el ramillete de nombres el de Marienne Erize, aquella modelo de origen francés que aparecía en la publicidad de Jockey Club en blanco y negro que todavía hoy puede verse en youtube:
La proyección final rodea a los visitantes de las cinco de los rostros de los represores, sus nombres, sus datos, los juicios que los tuvieron en el banquillo. Y desde la semioscuridad la palabra condenados ilumina la pared descascarada desde un proyector.
Fueron tres horas dentro de ese edificio de cuatro plantas que constituye el retrato de esa parte de la historia en la que 5000 personas estuvieron por fuera de la vida. Así lo describió Graciela Dale en el juicio de la megacausa ESMA cuando contó aquellos días del mundial 78 que se inauguró en el estadio de River, a escasas cuadras de allí. A varios de los desaparecidos los llevaron a festejar a bordo de algunos autos. Graciela Daleo fue acomodada en el que viajaba el represor Héctor Febres. “Le pregunté si podía asomarme porque esos autos tenían un techito que se abre. Que si podía asomarme para ver a la gente. Y él me dijo que sí. Entonces me paré en el asiento y saqué la cabeza y mirando eso me puse a llorar y tuve una certeza: si me pongo a gritar que soy una desaparecida, nadie me va a dar pelota, porque esto también formaba parte de lo que decía, nosotros no pertenecíamos al mundo de los vivos”. En lo que fue, tal vez, la definición más perfecta de lo que los atravesaba.
En el cierre, a 180 minutos del inicio de la recorrida las gargantas se cierran en el grito:
30,000 compañeros detenidos-desaparecidos… PRESENTE!
30,000 compañeros detenidos-desaparecidos… PRESENTE!
30.000 compañeros detenidos-desaparecidos… PRESENTE!
¡AHORA… Y SIEMPRE!

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