jueves, 11 de octubre de 2018

(correcciones) A 50 AÑOS DEL PEOR CRIMEN DE LA HISTORIA RECIENTE DE MÉXICO: TLATELOLCO, 2 DE OCTUBRE DE 1968

La masacre del 2 de octubre de 1968:
¡Ni perdón, ni olvido!
Doroteo Arango,
La Voz del Anáhuac,
2 de octubre de 2018.
El Movimiento Estudiantil, iniciado a finales de julio, tuvo un desarrollo y crecimiento rápido, alcanzó carácter de popular porque en las manifestaciones estudiantiles amplios sectores de la sociedad vieron reflejado el descontento que no podían expresar, dados los férreos controles corporativos de las organizaciones sindicales y populares. Los estudiantes estaban protestando contra el autoritarismo, la demagogia, la corrupción, el hambre, la miseria.
         Primero fueron los padres de familia y los vecinos de las zonas escolares que atestiguaron la brutal represión desde las primeras agresiones policíaco-militares. En el transcurso de agosto, las enormes manifestaciones en la calle motivaron que la solidaridad aumentara. A las guardias estudiantiles de las escuelas en huelga acudían vecinos, trabajadores, locatarios de mercados y otros sectores del pueblo en busca de apoyo. Siempre encontraron ese apoyo: desde imprimirles volantes para sus colonias o centros de trabajo, o distribuirlos cuando los solicitantes de apoyo no podían hacerlo ellos mismos.
         También los jóvenes de los barrios cercanos a las escuelas, pues veían que el enemigo de los estudiantes era el mismo que ellos padecían cotidianamente: la policía, que realizaba redadas en los barrios para extorsionarlos, por jugar en la calle o tomarse una cerveza en la tienda de la esquina.
CONTEXTO HISTÓRICO
Aún estaban frescas en la memoria las represiones perpetradas contra los ferrocarrileros (1959), los maestros (1961), los médicos (1965). Estos sectores se sumaron como gremios de base a las movilizaciones estudiantiles porque entre sus demandas estaban: la libertad de los presos políticos y la derogación de los Artículos 145 y 145-bis del Código Penal. En particular los ferrocarrileros que veían como una gran injusticia que Demetrio Vallejo y Valentín Campa llevaran casi diez años en la cárcel, acusados de "disolución social", por haber luchado para mejorar los salarios de los trabajadores ferroviarios y para democratizar su sindicato.
         Y más: en 1962, en Morelos, había sido asesinado Rubén Jaramillo por haber empuñado las armas para hacer cumplir el agrarismo por el que luchó Emiliano Zapata. El 1965 se alzó en armas el Grupo Popular Guerrillero, formado por campesinos, profesores rurales y estudiantes normalistas y universitarios, luego de haber luchado legal y pacíficamente para que se aplicara el reparto agrario en Chihuahua, donde la tierra seguía acaparada por los mismos terratenientes desde el porfirismo. En 1967 y 1968 comenzaron otros levantamientos armados en Guerrero; también lucharon de manera civil y pacífica, pero la persecución policíaco-militar los orilló a la lucha armada.
         El 5 de agosto, Genaro Vázquez, comandante guerrillero en Guerrero, envió una carta a los estudiantes, leída en el mitin realizado esa noche en el Casco de Santo Tomás, en el aún naciente movimiento estudiantil.
EL AUGE DEL MOVIMIENTO
Todo el mes de agosto, hasta la noche del día 27, fue de un gran auge del movimiento. Pero el desalojo policíaco-militar del Zócalo marcó el inicio de otra etapa: recrudecimiento de la represión y terrorismo de Estado. Ataques a las brigadas estudiantiles, ametrallamiento de escuelas, como preámbulo a las amenazas de Díaz Ordaz en el IV Informe, donde amagó a los estudiantes con utilizar al ejército, la marina y la fuerza armada para acabar con el movimiento.
         Todavía el 13 de septiembre se pudo realizarse una gran manifestación en completo silencio, para demostrar que las amenazas gubernamentales no harían retroceder al movimiento. “Aquí no se rinde nadie”, decían algunas mantas de la Manifestación Silenciosa.
La OFENSIVA MILITAR
La noche del 18 de septiembre inició una ofensiva militar para aplastar el movimiento estudiantil. Miles de efectivos militares rodearon la Ciudad Universitaria y la tomaron sin encontrar ninguna resistencia.
En los siguientes días (del 20 al 24 de septiembre) esta ofensiva se enfocó a tomar las escuelas politécnicas. Sabíamos en el IPN que ese momento llegaría. Lo discutimos en asambleas. Y nos preparamos para defender nuestras escuelas. Desde el inicio del movimiento había un acuerdo: "si hay que enfrentar a los granaderos, le entramos, pero con el ejército ya es otra cosa". Ahora la decisión fue resistir mientras nos fuera posible, aún si el ataque era militar.
Así, 20 y 21 de septiembre estuvimos rechazando provocaciones y escaramuzas con los granaderos, hasta que se entabló una ofensiva mayor en la tarde del 21 de septiembre. Nos pertrechamos en la Vocacional 7, en Tlatelolco, haciendo retroceder una y otra vez a los granaderos, pero ya de noche, nos movimos a las azoteas de los edificios de la Unidad Nonoalco-Tlatelolco, donde teníamos gran apoyo de los vecinos: en sus departamentos pusieron a hervir agua, que vertían contra los granaderos cuando estos se acercaban a los edificios.
Así hasta la madrugada, cuando hizo acto de presencia el ejército, pero sólo para ordenar el repliegue, pues un militar que visitaba a su familia había disparado contra granaderos que ofendieron a su esposa y madre. Esa noche no fue tomada la Vocacional 7.
El 23 de septiembre se libró el combate en el Casco de Santo Tomás. Ingeniosas formas de autodefensa se utilizaron para mantener a raya a los granaderos y a la policía montada: canicas en el pavimento para hacer caer a los caballos de la montada; grandes cantidades de aceite regados en el pavimento para que al pasar patrullas y camiones de granaderos derraparan, pero además para que con una sola molotov se alzara una gran llamarada y una espesa nube de humo; bazucas hechas con tubos de PVC para direccionar a las filas enemigas cohetones de fiesta de pueblo, inocuos pero estruendosos; ballestas hechizas (un tramo de ángulo y un tramo de solera soldados en T, en las puntas de la solera un tramo de cable de acero que, tensado disparaba saetas, las saetas serían electrodos de soldadura eléctrica, afilados en el esmeril). Sin descontar que algunos compañeros tomaron “prestado” el viejo revólver guardado en el ropero del abuelo o que había conseguido en el barrio un “fogón” para defenderse.
Después de horas de combate callejero, agotados los pertrechos de autodefensa y ya con el ejército tomando las escuelas, el Casco de Santo Tomás cayó en manos del ejército, como 12 años atrás: el 23 se septiembre de 1956, cuando la tropa clausuró el internado y los comedores estudiantiles. El último edificio en caer fue el de Ciencias Biológicas, el mismo que albergó al Internado.
Hay que destacar que la defensa de las escuelas de Tlatelolco y del Casco de Santo Tomás fue apoyada de manera decidida por los vecinos de los barrios circundantes.
El 24 de septiembre fue finalmente tomada la Vocacional 7. Zacatenco estuvo tomado unas horas, pero entregado a las autoridades del IPN, pues siempre se mostraron serviles al gobierno.
Con las escuelas del Casco de Santo Tomás y de Tlatelolco (Vocacional 7 y Prevocacional 4) tomadas por el ejército, muchas brigadas politécnicas migraron a los barrios y desde ahí se desplegó el brigadeo, en condiciones más difíciles, pues la ciudad quedó en estado de sitio, patrullada por ejército y policía. Fue necesario adoptar formas semiclandestinas de lucha.
El 27 de septiembre pudimos realizar el último mitin pacífico del movimiento. Lo sentíamos un lugar seguro, donde muchos de sus habitantes siempre nos apoyaron.
Se citó nuevamente a realizar, ahí mismo, otro mitin el 2 de octubre.
El 30 de septiembre el ejército desocupó Ciudad Universitaria. En el Estadio Olímpico se realizaría la inauguración de la olimpiada el 12 de octubre. Se esperaba que también sería desocupado el Casco de Santo Tomás, pero eso no ocurrió sino hasta el 30 de octubre, después de terminada la olimpiada. La Vocacional 7 nunca fue devuelta.
Fingiendo estar dispuesto a dialogar, el gobierno nombró emisarios que estarían llamando al CNH, con la intermediación del rector de la UNAM, a pláticas para establecer la agenda del diálogo. Una de estas reuniones se realizó en la casa del rector de la UNAM el mismo 2 de octubre, en horas de la mañana.
LA MASACRE EN LA PLAZA DE LAS TRES CULTURAS
La tarde del 2 de octubre, conforme los contingentes estudiantiles llegaban a la plaza se comentaba que en los alrededores había una fuerte presencia militar y policíaca. Lo cual ya no era extraño pues, desde la toma del Casco de Santo Tomás, la ciudad estaba en estado de sitio.
         Pero habría más cosas que no sabíamos: en diferentes edificios de la Unidad había departamentos ocupados por miembros del Batallón Olimpia y francotiradores del Estado Mayor Presidencial. En algunos de estos departamentos había sendos arsenales que después serían presentados a los medios como "prueba" de que los estudiantes "emboscamos al ejército". Desde horas antes se habían registrado “extraños” cortes de líneas eléctricas y telefónicas. Algunos vecinos dirían después haber visto subir a las azoteas de los edificios a hombres armados, de civil, con porte militar. En diferentes pisos de la torre del edificio de Relaciones Exteriores y de otros edificios, en especial del Chihuahua y en la azotea del templo de Santiago Tlatelolco se emplazaron cámaras para filmar película, todo coordinado por el ejército y gobernación.  
Ajenos a estos preparativos bélicos, los estudiantes con fuimos concentrando en la Plaza de las Tres Culturas, ocupamos las escalinatas que bajan de la plaza y comunican hacia el edificio Chihuahua, ocupamos los alrededores del templo de Santiago. La Plaza estaba llena a las 5pm, también fueron ocupados por contingentes estudiantiles algunos espacios de las ruinas prehispánicas, vestigios del centro ceremonial mexica.
Comenzó el mitin poco después de las 5pm. Una de las primeras cuestiones que se informó fue que la anunciada marcha que realizaríamos al Casco de Santo Tomás al terminar el mitin, para exigir la salida del ejército, se suspendía por razones de seguridad, pues el despliegue policíaco-militar que nos rodeaba podría dar lugar a una provocación. Por lo que se nos pedía que en cuanto concluyera el mitin nos dispersáramos en orden…
Así, en orden transcurrió el mitin, alterado sólo por el sobrevuelo circundante de helicópteros militares y policíacos. Pero ya nos habíamos acostumbrado a estos sobrevuelos. Nuestra reacción no pasaba de la rechifla y mentadas de madre en señal de repudio a esa forma de vigilancia. Sólo que ahora no se observaban cámaras sino armas entre sus tripulantes.
A las 6:10pm el sobrevuelo de helicópteros militares había aumentado y ahora volaban más bajo, en círculos, sobre la multitud, quienes estábamos ahí vimos resplandores rojos y verdes en el cielo. Luego supimos que eran luces de bengala, señales militares. Vimos que por el puente de San Juan de Letrán (hoy Eje Central) frente a la plaza, entraba un contingente militar, otro hacía lo mismo desde la torre de Relaciones Exteriores. Simultáneamente, desde los edificios circundantes a la plaza, especialmente desde el Chihuahua y desde la azotea del templo de Santiago se abría fuego contra la multitud reunida.  El ejército que avanzaba sobre la plaza también abrió fuego contra todo lo que se movía. Alguien observó que hombres de civil con un guante, pañuelo o venda blanca en la mano izquierda también disparaban contra los manifestantes, especialmente contra un grupo numeroso que se movió en la plaza al grito de: “¡El Consejo…!”, pues esos hombres armados habían sometido a todos los que se encontraban en el tercer piso del edificio Chihuahua: integrantes del CNH y periodistas. 
Muchos corrieron hacia el norte de la plaza (Manuel González), pero tuvieron que retroceder porque por ahí entraba otro contingente militar. Sólo quedaba buscar salida por el sur de la Plaza, hacia la colonia Guerrero. Hubo quienes buscaron refugiarse en departamentos de la unidad, pero ahí quedarían atrapados, sin salida, hasta que todo terminara y todavía con el riesgo de ser capturados si se procedía al cateo de departamento por departamento, lo cual ocurrió en el Chihuahua y otros edificios.
Entre quienes logramos escapar del cerco, algunos nos reagrupamos en la Guerrero y en Peralvillo. Mucha gente  salió a las calles para saber qué estaba pasando. Ahí nos dimos a la tarea de informar rápidamente que se estaba perpetrando una masacre en la plaza, contra un mitin estudiantil pacífico.
Alguno arengó:
-”¡Tenemos que hacer algo!”
Alguien preguntó:
-“¿Pero qué podemos hacer…?”
-“¡Paremos trolebuses, tranvías, camiones, prendámosles fuego, eso puede ayudar a destensar la presión en la plaza, atraer a la periferia a parte de las fuerzas represivas…!”
-“¡Sí, –reafirmó otro- será como abrir válvulas de escape…!”
Ni nos conocíamos unos a otros, pero evidentemente éramos del movimiento. ¿Del IPN, de la UNAM, de Chapingo o de la Normal? A saber, nunca nos volvimos a encontrar, pero en esos momentos creíamos saber qué era ese “algo que debíamos hacer”, que no fuera cruzarse resignadamente de brazos ni sentarnos a llorar…
Llorando estábamos, de rabia, de impotencia, de coraje y odio contra el gobierno despótico que así contestaba a reclamos justos, que así imponía su “autoridad”.
Y la idea de incendiar transportes urbanos para distraer a las fuerzas represivas concentradas en la plaza perpetrando una masacre parecía genial, casi como una estrategia guerrillera, del tipo del “crear dos tres muchos Vietnam” guevarista.
Pero no nos funcionó: ninguna pinchurrienta patrulla, ningún méndigo policía de crucero fue a tratar de impedir que continuáramos haciendo eso. ¿Cuántos trolebuses, cuántos tranvías, cuántos camiones ardieron? No lo sé. Sólo recuerdo que ya muy noche, como a las 11pm, seguían escuchándose disparos en la plaza…
            ¿Cuántos muertos? ¿cuántos desaparecidos? El gobierno nunca reconoció más de 32. Por testimonios de los habitantes de la Unidad Tlatelolco, sabemos que fueron centenares. En la madrugada los cuerpos fueron amontonados, como bultos, en transportes militares. Se sabe que algunos cuerpos fueron incinerados en el Campo Militar Nº 1, o arrojados en fosas comunes en el Panteón de Dolores, otros fueron llevados al hangar presidencial, aerotransportados, para finalmente ser arrojados al mar. Los familiares que buscaron afanosamente a sus familiares desaparecidos fueron amenazados con perder a sus otros hijos si no guardaban silencio ya. En el Politécnico había muchos compañeros de origen muy humilde, venían del campo, sus familias sin recursos para viajar a la ciudad de México, tuvieron que resignarse. 
         Este baño de sangre queda en nuestra historia como el peor crimen de Estado en nuestra historia reciente, comparable sólo con las masacres perpetradas durante la dictadura porfirista contra los mineros de Cananea, reprimidos en junio de 1906, o contra los obreros textiles de Río Blanco, asesinados por el ejército el 7 de enero de 1907. El gobierno de Díaz Ordaz sólo reconoció 32 muertos. Mentira, pero si sólo hubieran sido 32, eso no le quita el carácter de crimen de Estado, de genocidio perpetrado contra la juventud estudiosa y pueblo que los acompañó en esta lucha que sólo reclamaba libertades democráticas, que sólo demandaba que se respetara la Constitución...
Aquí es importante reiterar que el Movimiento Estudiantil no terminó esa noche. Tlatelolco no es el “punto final” del Movimiento Popular-Estudiantil de 1968, como insiste la “historia oficial”
Pese a la traición del Partido Comunista Mexicano, que desde septiembre insistía en un “repliegue táctico”, que no era otra cosa que levantar la huelga “para que las bases estudiantiles regresaran a las escuelas, para reorganizarnos”. Insistían en “buscar una salida negociada”. De hecho, dese antes del movimiento, sabíamos que el PCM suspiraba con obtener su registro como partido electoral, para recibir el subsidio que el gobierno da a los partidos y lograr algunas curules de diputados, algunas presidencias municipales… Luego del 2 de octubre, con la mayor parte del CNH en la cárcel, al PCM ya no le costó ningún trabajo hacerse del control de lo que quedó del CNH para impulsar su política traidora y oportunista. Ya con ese control de buena parte del CNH su juego era sacar el acuerdo de levantamiento de la huelga, a cambio el gobierno le daría el ansiado registro y liberaría a algunos presos, a sus presos. Pero no lo logró. La posición de los politécnicos en lo que quedaba de CNH era no levantar la huelga hasta que por lo menos se cumpliera con tres condiciones mínimas, para ir al diálogo de los seis puntos del movimiento. Estas condiciones eran:
a)  Desocupación de todos los planteles educativos,
b)  Libertad de todos los presos,
c)  Cese total de la represión.
    Como sabemos la Vocacional 7 nunca fue devuelta a sus estudiantes.
Los presos no fueron liberados sino hasta 3 años después,
La represión no cesó, en los siguientes meses fueron aprehendidos más compañeros, algunos, como Héctor Jaramillo, de la ESIME, fueron desaparecidos (enero de 1969).
La huelga se sostuvo hasta diciembre. El IPN estaba firme en continuar, pero en la UNAM algunas escuelas habían comenzado a levantar la huelga desde noviembre.
El 4 de diciembre el CNH dio a conocer el Manifiesto 2 de Octubre, donde declara el levantamiento de la huelga y anuncia la disolución del CNH.
En el IPN se decide levantar la huelga como la comenzó: por acuerdo de Asambleas Generales, de modo  que paulatinamente las asambleas de las diferentes escuelas del IPN deciden levantar la huelga hasta el 18 de diciembre. Algunas escuelas la sostendrían hasta enero de 1969.
Ya sin huelga, en la mayoría e las escuelas los Comités de Huelga se transforman en Comités de Lucha.
En cada escuela se lucha por sus demandas particulares.
Las demandas generales eran: 
.-Libertad inmediata e incondicional de todos los presos políticos,
.-Derogación del delito de disolución social,
.-Desaparición del cuerpo de granaderos,
.-Castigo a los responsables de la represión,
.-Indemnización a familiares de muertos y heridos,
.-Presentación con vida de los compañeros desaparecidos,
.-Contra el porrismo.
Y demandas de carácter académico:
.-Ingreso de los rechazados,
.-No al pago de cuotas de inscripción,
.-Democratización de los Consejos Técnicos y Académicos,
.-Educación crítica, científica y popular,
.-Becas a estudiantes de origen campesino y popular.
Los vínculos que durante el movimiento se formaron con grupos obreros, campesinos y populares se fortalecieron.
Algunas brigadas se mantuvieron trabajando.
Y así se mantuvo, con altibajos el movimiento en 1969, 1970 y 1971.
En marzo de 1969 el gobierno decretó la desaparición de las Prevocacionales del IPN, incorporándolas al sistema de Secundarias Técnicas de la SEP. En algunas Prevocacionales intentamos resistir para que se revocara ese decreto, pero no hubo suficiente respuesta de las bases estudiantiles, de los profesores y padres de familia, aún había un clima de terror, quedamos aislados y ese intento de movilización se diluyó.
Entre quienes participamos en el movimiento se  plantearon diversos caminos para continuar la lucha:
.-Hubo quienes optaron por incorporarse a las organizaciones de izquierda existentes o por formar otras nuevas,
.-Hubo quienes tomaron el camino del arte: canto, poesía, teatro, danza, etc., como forma de ayudar a la formación de una conciencia crítica entre las nuevas generaciones estudiantiles y en apoyo a las huelgas obreras, luchas campesinas y populares,
.-Otros decidieron continuar sus estudios para incorporarse después a proyectos académicos en las Preparatorias Populares, en los CCH’s, en la UAM y otras, para contribuir la formación de una orientación crítica, científica, humanística, democrática y popular de la educación. O desde su profesión trabajar al servicio del pueblo.
Entre quienes se radicalizaron más quedaba claro que ninguna reforma resolvería nada, que era necesario un cambio radical, profundo, que subvirtiera la estructura de la sociedad, para construir una nueva,  sin explotación, una que fuera libre, justa democrática, digna.
.-Los más radicales afirmaron que las vías civiles y pacíficas de lucha estaban cerradas en México y que no quedaba más que el camino de la revolución armada. Para ellos las masacres del 2 de octubre de 1968 y del 10 de junio de 1971 eran pruebas contundentes de ello. Y nacieron grupos de guerrilla urbana o se incorporaron a las guerrillas rurales existentes.
.-Otro sector, también radical y convencido de la necesidad de la revolución social, consideró que ésta no la puede realizar un puñado de valientes, sino que sólo puede ser resultado del trabajo paciente de organizar mediante procesos de lucha al pueblo. Este sector optó por la integración a los obreros, campesinos, colonias proletarias, gremios magisteriales. 

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