miércoles, 3 de octubre de 2018

TLATELOLCO: CARLOS MONTEMAYOR Y SU COMPROMISO CON LA HISTORIA Y LA VERDAD

¡1968 VIVE!... 2 DE OCTUBRE, NO SE OLVIDA.
La fragua de los tiempos, Nº 1268.
Jesús Vargas
30 de septiembre de 2018.
02 de octubre de 2018
En febrero del año 2000, Carlos Montemayor publicó “Rehacer la historia”, libro de 90 páginas en las que analizó meticulosamente los documentos del archivo personal del general Marcelino García Barragán, Secretario de la Defensa Nacional en el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. Estos documentos los habían publicado tres años antes Julio Scherer y Carlos Monsiváis, en el libro “Parte de guerra”. Carlos utilizó además treinta documentos que el Gobierno de Estados Unidos había desclasificado dos años antes, y con este material a su disposición demostró la participación del Estado Mayor presidencial en la preparación y ejecución de la masacre del 2 de octubre de 1968. Para entonces habían pasado treinta y dos años y por fin se contaba con una versión objetiva respecto a lo que realmente había ocurrido ese día, se derrumbaban de golpe las mentiras, las acusaciones que Gobierno y prensa mexicana habían difundido desde entonces.
En la primera página del libro, escribió Carlos lo siguiente:
“Muchas de las masacres que los mexicanos conocimos a lo largo del siglo XX fueron perpetradas contra pueblos indígenas, comunidades campesinas o militantes políticos de oposición. La masacre del 2 de octubre de 1968, en el distrito federal, en la Plaza de las Tres Culturas, abatió a jóvenes estudiantes. Ese día, hacia las seis de la tarde, el ejército se propuso disolver un mitin que los estudiantes celebraban después de varios meses de lucha pacífica. Súbitamente, diversos francotiradores apostados en los edificios de la Plaza de Tlatelolco, dispararon contra la multitud y luego contra los soldados que comenzaban a ocupar la plaza. Desde esa tarde, y durante muchos años, las autoridades militares y civiles afirmaron que los francotiradores eran estudiantes”.
Sin embargo, los documentos citados por Scherer y Monsiváis comenzaron a ayudar, treinta años después, a rehacer la historia. Según estas revelaciones, no fue sino hasta las 19:45 del 2 de octubre cuando el general Marcelino García Barragán supo que los francotiradores apostados en varios edificios que rodeaban la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco no eran estudiantes, sino oficiales del Estado Mayor Presidencial. Lo supo de manera inesperada y por el conducto más oficial posible: el general Luis Gutiérrez Oropeza mismo, en ese momento jefe del Estado Mayor Presidencial.
A las 19:30 de esa noche el secretario de la Defensa ordenó al general Crisóforo Mazón Pineda registrar los edificios donde había francotiradores. Quince minutos después el general Gutiérrez Oropeza llamó al secretario de la Defensa para explicarle que había apostado en varios departamentos a oficiales del Estado Mayor Presidencial armados con metralletas para apoyar al ejército; como dos de ellos no habían alcanzado a salir, le pidió que “los respetaran y que fueran incorporados al Estado Mayor Presidencial”
A partir de esta información Carlos fue acomodando meticulosamente las piezas hasta llegar a la verdad de lo que sucedió esa tarde en la Plaza de las Tres Culturas. Vale recordar que desde el mismo día 2 de octubre en la noche, se tejió la gran mentira a través de los medios informativos. No había pasado una hora de la masacre, todavía se respiraba en Tlatelolco el humo de las balas cuando los responsables de los noticieros de la televisión, entre ellos Jacobo Zabludowsky, acusaron a los estudiantes como responsables. En los días y en los años siguientes se repitió una y otra vez que habían sido estudiantes los francotiradores, quienes desde lo alto de los edificios habían disparado contra la multitud.
Carlos demostró que esa versión constituía una más de las tantas mentiras inventadas por el gobierno mexicano, pero también demostró que el presidente Gustavo Díaz Ordaz había ordenado al jefe del estado mayor presidencial que se aprehendiera a los dirigentes del Consejo Nacional de Huelga y que se disparara contra la multitud reunida en la plaza. 
En los diez años siguientes, después de la publicación del libro de Montemayor “Rehacer la historia”, ninguna dependencia, ningún alto funcionario del gobierno, ningún general del Estado mayor presidencial, negaron la versión que construyó Carlos, apoyándose en los documentos del archivo de Marcelino García Barragán y los documentos desclasificados del gobierno de los Estados Unidos.  
En febrero de 2010, Montemayor volvió sobre el tema de la masacre de Tlatelolco, en otro libro con más información que había obtenidos de los archivos del gobierno de los Estados Unidos. A este nuevo libro lo tituló: “La violencia de Estado en México, antes y después de 1968”, donde propuso la existencia de una lógica en las acciones represivas del Estado mexicano durante toda la segunda mitad del siglo XX, demostrando que esa lógica tuvo su máxima expresión durante el movimiento de 1968, acontecimiento que ubica como el eje sobre el cual hace girar todo el análisis de este tema, extendiéndose a otros movimientos sociales donde el gobierno había utilizado la violencia como única respuesta a las justas demandas populares:
–La masacre del 7 de julio de 1952, en la Alameda, contra el contingente de henriquistas que protestaban contra el fraude electoral en favor de Ruiz Cortines. 
–De los copreros en Atoyac, Guerrero el 18 de mayo de 1967. 
–La del 10 de junio de 1971 en las inmediaciones del Casco de Santo Tomás del IPN. 
–La de Aguas Blancas, estado de Guerrero, el 28 de junio de 1995. 
–La de Acteal en los Altos del estado de Chiapas el 22 de diciembre de 1997.
Como ningún otro intelectual mexicano, Carlos puso en juego su inteligencia y enorme capacidad de análisis para descubrirle a la sociedad las claves más oscuras de un gobierno de dos caras, que por una parte se autoproclamaba revolucionario, pero que por otra parte, cuando no le resultaban la demagogia y la simulación, aplicaba despiadadamente el “mátalos en caliente”, signo emblemático de la dictadura porfiriana. Pero sus aportaciones no se circunscriben al análisis de la violencia del estado mexicano en los hechos mencionados, años antes había publicado su novela “La guerra en el paraíso”, dedicada al movimiento guerrillero de Lucio Cabañas en el estado de Guerrero. Carlos se comprometió también, como investigador, elaborando un análisis profundo del levantamiento armado de 1994 en Chiapas; en este sentido tuvo el mérito de ser el primer articulista de La Jornada que fijó posición sobre el levantamiento del EZLN. 
Durante los últimos diez años de su vida abordó también el tema de la guerrilla en el estado de Chihuahua, produciendo dos libros fundamentales para entender el levantamiento armado de la década de los años sesentas: “Las armas del alba” ( 2003) y “Las mujeres del alba”(2010) . Él mismo explicó en las páginas del libro La violencia de Estado, que le había tocado ser testigo del movimiento agrario que recorría de sur a norte el estado de Chihuahua, expresándose en mítines, caravanas y tomas de tierras, y reflexionaba que, no obstante haber rebasado la mayoría de edad, la revolución de 1910 no le había cumplido a los campesinos que se encontraban igual que antes, esperando inútilmente que se les hiciera justicia. Señalaba que el latifundismo porfiriano había cambiado de nombres y de formas, que los nuevos propietarios habían recibido garantía jurídica definitiva con la Ley de Inafectabilidades Ganaderasimpulsada por el gobierno federal y en particular por los afanes del abogado Óscar Flores. Que a pesar de que el gobierno federal los ignoraba y enredaba en el burocratismo, los grupos de campesinos solicitantes de tierra se mantenían en los estrechos márgenes de la legalidad, recurriendo a la movilización pacífica como forma de presión y de gestión, pero eso no podía durar mucho tiempo. Y concluía que con toda razón algunos jóvenes, con Arturo Gámiz como líder, se habían convencido de que no había solución por la vía legal y la buscaron en otro tipo de acciones.
¿Por qué se comprometió el intelectual con la verdad? ¿Por qué decidió escribir sobre las guerrillas de Lucio Cabañas, el EZLN y el Grupo Popular Guerrillero encabezado por Arturo Gámiz? Carlos Montemayor platicaba que en septiembre de 1965, cuando empezaba la carrera de Derecho en la UNAM, había visto en los pasillos de la Facultad un periódico mural con las notas informativas y varias fotografías del asalto al cuartel de Ciudad Madera. Entre los guerrilleros caídos identificó al profesor Arturo Gámiz y al doctor Pablo Gómez, a quienes había conocido dos años antes, cuando era estudiante de la Universidad de Chihuahua. Le indignó que la prensa los presentara como delincuentes gatilleros, porque él conocía su honestidad y su generosidad. Le indignó que se desvirtuara brutalmente la causa de los jóvenes guerrilleros y se aplastara la dignidad de aquellos hombres de grandes ideales. Allí mismo, ante aquellas imágenes del periódico mural se hizo una promesa de juventud: revelar algún un día las causas de aquella lucha y mostrar quiénes eran verdaderamente aquellos jóvenes.
En septiembre de 1968, cuando estaba a punto de concluir la carrera en la UNAM sufrió la noticia de los fusilamientos de Óscar González Eguiarte y sus compañeros guerrilleros en Tesopaco. Óscar había sido su amigo y esa relación le había marcado para toda la vida.
“La violencia de Estado en México, antes y después de 1968”, representa la culminación, la suma de un proceso de reflexión derivado del compromiso intelectual que primero que había asumido antes en los libros citados: “La guerra en el paraíso”“Las armas del Alba”“La Fuga”“Las mujeres del alba”. La primera edición del libro “La violencia de Estado...”se publicó en febrero del años 2010, la editorial usó como diseño de la portada el dibujo aumentado de un nudo de alambre de púas que simboliza las bayonetas de los rifles dirigidas contra el pueblo. 
El libro empezó a circular poco después de la muerte de Carlos y, seguramente la edición se agotó porque dos meses después, en abril de ese año, se hizo la primera reimpresión, pero extrañamente el libro ya no apareció en las librerías. Han transcurrido ocho años desde su publicación, sin embargo no se acaba de valorar cabalmente las claves que aporta esta obra, tal vez porque la verdad a veces nos duele tanto que nos cuesta mucho trabajo hacerla nuestra, pero también puede pensarse que el libro fue censurado. 
En este contexto, al cumplirse los cincuenta años, un grupo de personas que habían sido brigadistas del Politécnico durante la huelga estudiantil tomó la iniciativa para publicar la parte del libro de Carlos Montemayor en que se analiza la responsabilidad del presidente y de su Estado Mayor Presidencial en los acontecimientos de la Plaza de las Tres Culturas, el libro se titula “Díaz Ordaz y la masacre del 2 de octubre”, uno de los grandes secretos del gobierno mexicano. 
Carta dirigida al H. Cabildo del Ayuntamiento Constitucional de Chihuahua.
En el contexto de los cincuenta años del 2 de octubre, el 18 de septiembre del año 2018 entregué un oficio al Cabildo del Ayuntamiento de Chihuahua, el contenido es el siguiente y se hace público para que todos los chihuahuenses que aprueben esta iniciativa participen con la misma petición.
“Me dirijo atentamente a todos los integrantes del honorable Cabildo para exponer ante ustedes lo que sigue:
Durante muchos años, de manera intermitente, se ha expresado como demanda de la sociedad, especialmente de los estudiantes universitarios y normalistas, la demanda de que se modifique el nombre que se asignó a una de las principales avenidas de nuestra ciudad, me refiero a la que actualmente se denomina Gustavo Díaz Ordaz . 
Tal vez cuando se hizo por primera vez esta demanda los integrantes del cabildo no disponían de los argumentos históricos suficientes para considerarla y aprobarla, sin embargo en la actualidad se dispone de la información suficiente para concluir que el presidente Gustavo Díaz Ordaz fue el responsable directo de la masacre que se ejerció contra el estudiantado y el pueblo de México que se encontraban pacíficamente reunidos en la plaza de Tlatelolco el día 2 de octubre de 1968. De la responsabilidad presidencial han dado cuenta historiadores y analistas de incuestionable prestigio nacional e internacional. Igualmente los medios de comunicación nacionales y extranjeros han difundido esta verdad de manera intensa en el contexto de los 50 años del acontecimiento.
En el último tramo de su vida el escritor y analista chihuahuense Carlos Montemayor A. dedicó sus mejores luces intelectuales a desentrañar las causas de la masacre.
En febrero de 2010, a solo unos días de su fallecimiento se publicó su libro ‘La Violencia de Estado en México, antes y después de 1968’, donde dejó demostrada, paso a paso, la trayectoria que siguieron los subordinados del presidente hasta el momento de cumplir su terrible encomienda. 
Con documentos desclasificados de los archivos secretos de los Estados Unidos y principalmente con documentos del archivo personal del General Marcelino García Barragán, Secretario de Guerra en aquellos años, Carlos Montemayor presentó ante la mirada y el entendimiento de los mexicanos, lo que él mismo denominó ‘las claves de la masacre’.
Frente a la contundencia de los hechos que conforman una plena verdad histórica, resulta insostenible que una de las principales calles de nuestra ciudad conserve el nombre del ex presidente de la república Lic. Gustavo Díaz Ordaz, por lo tanto, ante ustedes me permito hacer la siguiente solicitud y propuesta:
Que se responda positivamente a la demanda que durante decenas de años han expresado formalmente y por distintos medios los ciudadanos chihuahuenses, en el sentido de que al Boulevard Gustavo Díaz Ordaz se le modifique el nombre y en su lugar se le designe el de ‘Dos de octubre’.
De aprobar esta solicitud el honorable Cabildo del Ayuntamiento de Chihuahua recibirá el reconocimiento de la ciudadanía y su ejemplo resplandecerá ante los ojos de la nación, su decisión será reconocida y coadyuvará para que todos los pueblos y ciudades en que se haya asignado este nombre en la nomenclatura urbana, lo reconsideren”. 

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