viernes, 23 de noviembre de 2018

NICARAGUA: LA INSURRECCIÓN DE LOS AUTOCONVOCADOS (Mónica Baltodano)

La auto-proclamada “izquierda” del gobierno “cristiano, socialista y solidario” de Nicaragua, ha sido capaz de ejecutar los crímenes más atroces
por Mónica Baltodano,
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Presentación en el Foro “Actualidad de las luchas sociales y políticas en América Latina y el Caribe”. Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires. 21 de noviembre de 2018.
22 de noviembre de 2018. 
A mediados de abril una pequeña protesta por la reforma a la Seguridad Social, dio inicio a la más brutal represión contra manifestantes desarmados, que ha conocido Nicaragua. Frente a los crímenes, el pueblo se sublevó masivamente. La rebelión que se ha prolongado ya por más de siete meses, ha sido reprimida sistemáticamente. El saldo hasta hoy: 535 ciudadanos muertos, entre ellos 24 policías; 4353 heridos; 1302 ciudadanos secuestrados por grupos paramilitares, 600 de ellos permanecen aún encarcelados. Se han documentado torturas sistemáticas y violaciones sexuales a los prisioneros y prisioneras. Y como prueba incontrovertible de la generalizada represión, más de 40 mil nicaragüenses han tenido que salir huyendo, abandonando forzadamente sus hogares, familias, sus tierras y negocios.
El terror desatado por el Estado, encabezado y dirigido por Daniel Ortega y su vicepresidenta y esposa, ha dejado perpleja a la comunidad internacional y a la gente decente del planeta. Y aquí una primera reflexión: Esta auto-proclamada “izquierda" del gobierno “cristiano, socialista y solidario” de Nicaragua, ha sido capaz de ejecutar los crímenes más atroces, que nos recuerdan- por cierto, aquellos repudiables crímenes del estalinismo.
Primero fueron los estudiantes, luego pobladores de barrios y los campesinos quienes consolidaron los brotes de resistencia que se fueron rápidamente multiplicando por todo el territorio nacional. A más represión más resistencia popular. Así, a inicios del mes de junio todo el país estaba paralizado y bajo el control directo de las multitudes organizadas alrededor de tranques y barricadas. Nada se podía mover sin la autorización de los representantes del pueblo sublevado. El comercio terrestre entre los países de la región quedó cerrado. El poder de Ortega se disolvió momentáneamente ante la unidad de todo el pueblo. Ortega se quedó solo, aislado. Sus bases partidarias desaparecieron de las calles y se refugiaron en silencio en sus barrios. Nunca en la historia de Nicaragua, ni siquiera en las jornadas de la insurrección final de la lucha contra la dictadura somocista (1979), se había constatado una movilización y participación popular tan generalizada. El país entero se tiñó con los colores de la bandera patria. De ahí el nombre de sus protagonistas: “los azul y blanco”.
Sitiado por las multitudes que marchaban derribando los símbolos de su poder e imposibilitado de usar al Ejército frente a una población desarmada, Ortega buscó a los obispos católicos como mediadores de un Diálogo Nacional. La apertura de la negociación fue trasmitida en directo por los medios de comunicación locales. Los representantes estudiantiles, le gritaron al dictador: ¡Asesino, Asesino! ¡Lo único que queremos negociar es tu salida! ¡Que se vaya, que se vaya!, gritaban afuera los manifestantes. Desde sus hogares la población aplaudía el coraje estudiantil, mientras miraban salir al dictador con el rabo entre las piernas. Humillado. Fue una verdadera catarsis nacional.
Pero en medio de aquella crisis política sin precedente las consignas generales gritadas por los estudiantes, eran insuficientes para indicar los pasos y caminos concretos que pudieran conducir al objetivo de terminar con la dictadura.
Nadie había llamado a la sublevación nacional. El pueblo se había autoconvocado. Fue la insurrección de los autoconvocados.
Desde los movimientos sociales en lucha contra el vanguardismo, el caudillismo y el verticalismo habíamos proclamado la importancia de la horizontalidad. La Nicaragua sublevada vivió entonces la plenitud de esa horizontalidad. No había jefes, ni caudillos, ni partidos, dirigiendo el movimiento. La energía y creatividad parecían no tener límites. La memoria histórica de jornadas pasadas floreció en cantos y consignas. Poetas, escritores, cantores, multiplicaron sus obras animando la rebelión.
Pero esta misma amplitud del movimiento no fue capaz, en el momento crucial, de dotarse de una dirección colectiva que orientara y potenciara la fuerza arrolladora de las masas. Una vez más la crisis revolucionaria no se podía resolver por la ausencia de una conducción. La permanencia de esta problemática se mantiene sin duda como un desafío a los movimientos sociales.
Al no existir ningún liderazgo visible para hacerlo responsable de los acontecimientos Ortega recurrió sin escrúpulos al tenebroso viejo fantasma de la CIA. Por cínico y tragicómico que parezca, para Ortega y los suyos, la CIA sería el demiurgo, el organizador y creador, de las más grandes movilizaciones y acciones de rebeldía, de nuestra historia.
Cínicamente, se montó en el argumento de la geopolítica, cuando hasta al 18 de abril Ortega era el mejor socio de los Estados Unidos y del FMI en la región, fiel cumplidor de sus políticas: económicas, migratorias, de seguridad nacional -con el pretexto del crimen organizado-. ¡La CIA, quiere darme un golpe de estado! ¡Todo esto es golpismo!, –proclamó el régimen al borde del colapso-. Nada más absurdo que hablar de golpe, ni duro ni blando, porque estos presuponen uso de fuerzas institucionales, militares o no, todas las cuales permanecen bajo el férreo control de Ortega. Aunque hay que decirlo. El pueblo tiene el derecho de rebelarse y de un solo golpe sacar del poder al opresor como ya lo hizo en muchas partes de América Latina.
Desde el poder no se escuchó ninguna autocrítica para reconocer que la insurrección de abril fue resultado del acumulado de inconformidades, por el cierre brutal de todos los derechos civiles y políticos a los nicaragüenses. Un acumulado de digna rabia por sus políticas neoliberales. La explosión de todo un pueblo sometido de pies y manos al libre mercado y a los intereses de las transnacionales, es decir, del capital.
La explosión social de abril sorprendió a todos. La dictadura se asentaba en un pueblo y una juventud que parecía hundirse en el conformismo y la pasividad. Pero a decir verdad ya había un proceso anterior, aunque molecular, de movilización y protesta. 
El más significativo fue el Movimiento Campesino por la Defensa de la Tierra, Lago y Soberanía, contra la concesión canalera (ley 840), protagonista de casi 100 marchas. Pero también se destacaron, el movimiento por derechos de los ancianos, (Ocupa INSS) la demanda obrera contra los antiguos dueños de las bananeras y los cañales, por las secuelas de agrotóxicos.
La lucha de los periodistas, frente a un régimen que se adueñó de los principales medios de comunicación. Los defensores y defensoras de Derechos Humanos, no cejaban en sus denuncias y demandas.
Movimientos contra concesiones mineras a cielo abierto. Una sublevación local en Mina El Limón. Sostenidas protestas de feministas, por los feminicidios y los retrocesos en nuestras reivindicaciones; Movimientos de los ecologistas. Indígenas defendiendo territorios frente a la invasión armada de colonos y las protestas por repetidos fraudes electorales, que ya habían dejado más de 10 muertos y más de 30 heridos entre 2008 y 2017.
La semilla sembrada por más de dos décadas por las más variadas expresiones del movimiento social germinó al unísono con la rebelión de abril.
Ortega usó el Diálogo Nacional solo para ganar tiempo y organizar su contraofensiva del terror. A partir de junio, un ejército paralelo de policías y grupos paramilitares dotado de armas de guerra, fue lanzado contra la población desarmada de los tranques y barricadas. Las ciudades del país, una a una fueron sometidas al castigo infernal de los encapuchados de Ortega. Obvio: la resistencia popular desarmada no tenía ninguna posibilidad frente a las hordas del orteguismo. El asalto a las ciudades fue luego continuado con operaciones limpieza que sembraron hasta hoy, el terror por todas partes. Hoy vivimos bajo permanentes operativos de búsqueda y captura de todo aquel que haya participado de las jornadas que comenzaron en abril, y cuya conclusión está por verse.
Con una recién aprobada ley anti terrorista, criminalizan cualquier acto individual o colectivo de protesta.
Luego de siete meses de crisis las perspectivas de corto plazo lucen inciertas. Ortega está estratégicamente derrotado: No tiene posibilidades de rearticular y recomponer las alianzas perdidas, no cuenta con recursos propios para resolver la grave crisis económica y ha perdido el respaldo popular. Está totalmente aislado internacionalmente, pero parece decidido a quedarse usando a fondo la represión y el respaldo de su base política fanatizada.
La Articulación de Movimientos Sociales, que reúne un importante caudal de fuerza organizada, empuja una política de unidad nacional por la democracia y la justicia, que permita mantener activa la resistencia popular. Trabaja por rearticular el liderazgo popular golpeado por la represión y junto a las demás fuerzas preparan las condiciones para el empuje final que pondrá a la dictadura de Ortega en el basurero de la historia.
La comunidad internacional de manera casi unánime ha condenado a Ortega por sus brutales violaciones a los Derechos Humanos de los nicaragüenses. Algunos gobiernos anuncian sanciones contra Ortega. Sin duda, esas acciones lo debilitarán. Pero yo estoy convencida que solo la acción decidida de nuestro pueblo puede resolver la crisis. Estamos en contra de injerencias extranjeras. Nada puede sustituir la verdad histórica de que sólo el pueblo salva al pueblo y corresponde a los movimientos sociales de Nicaragua el desafío de materializarla.

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