sábado, 1 de diciembre de 2018

[I] SIETE PROPUESTAS DEL EZLN AL CIG-CNI Y LAS REDES DE APOYO AL CIG (Primera parte)


Economía política, política económica y acumulación originaria (contribución al análisis para entender las 7 propuestas del EZLN al CIG-CNI y las Redes de Apoyo al CIG)
Javier Hernández Alpízar
Babel
30 de noviembre de 2018. 
“Porque el tiempo es vida. Y la vida reside en el corazón. Y nadie lo sabía tan bien, precisamente, como los hombres grises. Nadie sabía apreciar tan bien el valor de una hora, de un minuto, de un segundo de vida, incluso, como ellos. Claro que lo apreciaban a su manera, como las sanguijuelas aprecian la sangre, y así actuaban”. Michael Ende[1]
“No se puede entender y explicar el sistema capitalista sin el concepto de guerra. Su supervivencia y su crecimiento dependen primordialmente de la guerra y de todo lo que a ella se asocia e implica. Por medio de ella y en ella, el capitalismo despoja, explota, reprime y discrimina. En la etapa de globalización neoliberal, el capitalismo hace la guerra a la humanidad entera”. Subcomandante Marcos[2]
Cuando el común de las personas piensa en capitalismo piensa en riquezas. Cuando piensan en la pobreza y la miseria de las naciones del “Tercer Mundo”, estas mismas personas piensan que esa pobreza se debe a que les falta capitalismo, porque las naciones pobres o bien no son capitalistas o son capitalismos “subdesarrollados”, medido esto respecto a una meta: el capitalismo desarrollado. Inglaterra en el siglo XIX, los Estados Unidos en el siglo XX.
Esta visión simplifica y dogmatiza: capitalismo significa riqueza y prosperidad; la pobreza significa falta de capitalismo.
Si un crítico del capitalismo dice que, en el capitalismo, la riqueza de unos pocos se debe al despojo (acumulación por desposesión, cercados, colonialismo, trabajo esclavo y semiesclavo, trabajo femenino no asalariado, ecocidios, etcétera), a la explotación (trabajo impago, plusvalía) y la represión (violencia, disciplinamiento por la fuerza de los trabajadores y los colonizados, guerra, terror, “doctrina del shock”), quien ve al capitalismo como fenómeno natural y la única forma de llegar a “desarrollarse” atribuirá esas críticas a un maniqueísmo que divide al mundo en malvados (capitalistas) y buenos (trabajadores) y que utiliza la “autovictimización” (por ejemplo, la vieja “teoría de la dependencia”) en lugar de ser realista y reconocer y operar bajo las reglas del mercado: el dinero como motivación es la única forma inteligente y realista de afrontar los problemas.
Normalmente este pensamiento que exalta el capitalismo atribuye la desigualdad no a explotación o cosa parecida sino a la capacidad del capitalismo para generar riquezas y, si se ve forzado a buscar otros motivos, pensará en: conocimientos, saberes, ciencias, tecnología, y acaso: disciplina, ahorro, trabajo, tenacidad. Lo más probable es que no pensará en la violencia.
Rasgar el velo ideológico que tiene canonizado al capitalismo requiere pasar de la pseudoconcreción de la ideología liberal (el libre mercado, la ley de la oferta y la demanda, la libre competencia o libre concurrencia) a una mirada en el terreno de la producción, el trabajo, pues, aunque muchos no quisieran reconocerlo, operan en el mundo capitalista: explotación, despojo, represión, guerras, colonialismo y el aprovechamiento por el capital de las desigualdades de clase, etnia, género, edad, presentes ya antes de el capitalismo, pero refuncionalizadas en favor de éste y su sistema de concentración de la riqueza y el poder en pocas manos.
Atribuir la desigualdad económica a las ideas y los conocimientos tiene el efecto de velar la violencia sobre la cual la desigualdad se sostiene, y en todo caso, si esa violencia no puede esconderse, entonces se intentará justificarla porque hará parecer que favorece a los mejores, a quienes tienen el poder y la riqueza por sus mejores ideas, conocimientos, saberes. Una versión secularizada de la “predestinación” teológica en el luteranismo y el calvinismo que premia con bienes al discípulo fiel.
Conocer un poco sobre la economía política que caracteriza al capitalismo y a las políticas económicas de los Estados bajo el capitalismo, hoy normalmente empaquetadas bajo el rótulo de “neoliberalismo”, ayudaría a muchas personas a entender que la pobreza en el capitalismo no es una “falla”del sistema que algún día éste pretenda superar, sino que es un producto deliberado del capitalismo y una condición necesaria de la riqueza de una pequeña minoría a nivel planetario.
El marxismo es una verdadera herejía frente al liberalismo (y hoy el neoliberalismo) y las diferentes versiones de las apologías del capitalismo.
El fenómeno capitalista aparece como mundo de las mercancías. Es el mundo de la vida, o mejor, son los mundos de la vida colonizados y convertidos en mundo de las mercancías.
Karl Marx investigó la esencia de ese fenómeno, el capital. Por ello tuvo que comenzar analizando la mercancía: en su análisis encuentra el valor de uso, el aspecto cualitativo por el cual la mercancía interesa a su comprador para satisfacer una necesidad. Pero, puesto que es mercancía, es objeto de intercambio, compra-venta, y para realizar esa transacción necesitamos saber su valor de cambio: el aspecto cuantitativo por el cual se intercambia determinada cantidad de una mercancía por una cantidad equis de otra mercancía.
No pueden intercambiarse las mercancías sin hacer abstracción hasta encontrar una sustancia que es la base de todo valor de cambio de toda mercancía, esta sustancia es a la cual la abstracción reduce el valor es “a trabajo humano indiferenciado, a trabajo abstractamente humano”.[3]
Contemporáneamente o poco después de Karl Marx, diversos autores abordaron el tema del “valor”, desde el punto de vista idealista como Max Scheler o Hermann Lotze, o desde un punto de vista que oscila entre el materialismo y el idealismo como Friedrich Nietzsche, pero a diferencia de ellos, para Marx el valor está en objetos materiales, bienes de uso, y es producido por el trabajo humano que transforma la naturaleza: su fuente es el trabajo humano, el trabajo vivo, en el valor se materializa vida humana, tiempo de vida humana.
Esta operación es al mismo tiempo una gran abstracción, pero también un paso a la concreción: la mercancía debe dejar de ser un misterio (estar mistificada, fetichizada), algo que oculta las relaciones humanas detrás de una “cosa” (reificación), y el camino de la dialéctica de Marx la regresa a su origen humano y social: el trabajo.
Por debajo de la abstracción de los valores, abstracción en la cual permanecen, en una pseudoconcreción, los economistas liberales: la esfera de la circulación, los famosos “mercado, libre mercado y economía de mercado” con los que siguen los ideólogos, incluso hoy día, escondiendo la explotación del trabajo en la producción, por debajo de esa apariencia fenoménica y en lo esencial del proceso de producción capitalista están la producción social y el trabajo vivo.
Ya desde este primer paso, la definición del valor como trabajo humano abstracto, se traza el camino de lo que hasta hoy seguimos entendiendo por marxismo: una inmersión en la esencia del capital, y del sistema capitalista, la producción de mercancías, de valores de uso con sus respectivos valores de cambio, cuya producción es imposible sin el trabajo humano.
El capital: dinero, industrias, maquinaria, herramienta, es trabajo pasado, trabajo cristalizado.
Al igual que en la dialéctica hegeliana, en este inicio altamente abstracto ya está presente el concepto que luego habrá de desarrollarse, pasando por sus contradicciones y síntesis a un grado mayor de concreción.
La teoría del valor, de la explotación, de la subsunción formal y la subsunción real del trabajo por el capital, la lucha de clases a que conducirá la contradicción entre capital y trabajo están implícitos y latentes en este primer momento de valor como trabajo abstracto: “Examinemos ahora el residuo de los productos del trabajo. Nada ha quedado de ellos salvo una misma objetividad espectral, una mera gelatina de trabajo humano indiferenciado, esto es, de gasto de fuerza de trabajo humana sin consideración a la forma en que se gastó la misma. Esas cosas tan sólo nos hacen presente que en su producción se empleó fuerza humana de trabajo, se acumuló trabajo humano. En cuanto cristalización de esa sustancia humana social común a ellas, son valores”.[4]
Esa abstracción espectral es la que el idealismo había convertido en razón pura, en espíritu puro, en palabras que la ennoblecen como “cultura, civilización, valores ideales”, pero que ocultaban su origen mundano, material y explotadamente humano “el desgaste de la fuerza de trabajo”.
Las metáforas con las que Marx expresa la objetivación del trabajo humano, su materialización, en palabras como “gelatina” “cristalización”, mantienen la abstracción en el terreno de lo material, tratan de ponerle la fuerza de gravedad y el peso que evite su regreso al reino de lo inmaterial y espiritual desde el cual Karl Marx acaba de bajar la dialéctica al suelo de este mundo histórico-social.
Ahora la dialéctica no tiene como héroe a una abstracta razón o espíritu, sino que el protagonista es tan material como el cuerpo del trabajador explotado, el espíritu ha encarnado: ahora es un cuerpo vivo, pensante, sintiente, y con el desgaste de su fuerza de trabajo, el desgaste de su vida biológica, su mortificación, produce las mercancías.
Además, el concepto de producción social no desaparece, se vuelve más concreto y detallado para poder cuantificarse: la teoría del valor no tendrá el carácter solamente de una arenga humanista contra la explotación de los trabajadores, tendrá el carácter matemático de un ajuste de cuentas, lo cuantitativo será aquí un argumento para probar matemáticamente la injusticia, por ello se necesitan conceptos claros, precisos y medibles, operables matemáticamente: “Cada una de esas fuerzas de trabajo individuales es la misma fuerza de trabajo humana que las demás, en cuanto posee el carácter de fuerza de trabajo social media y opera como tal fuerza de trabajo social media, es decir, en cuanto, en la producción de una mercancía, sólo utiliza la fuerza de trabajo promedialmente necesario, o tiempo de trabajo socialmente necesario”.[5]
El concepto de valor es tan claro cualitativamente que es cuantitativamente medible y tiene a la vez la capacidad de llevar la discusión sobre la justicia en la relación salarial a los términos más clásicos de una balanza y, asimismo, no mistifica el origen del valor: es tiempo de vida del trabajador. “Es sólo la cantidad de trabajo socialmente necesario, pues, o el tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de un valor de uso, lo que determina su magnitud de valor. […] “En cuanto valores, todas las mercancías son, únicamente, determinada medida de tiempo de trabajo solidificado”.[6]
Para expresarlo en términos de una fenomenología, la de Marx no se queda en el primer aspecto fenoménico: las mercancías y su circulación, la tautología de los valores de cambio y su mágico engendrar riqueza autógena, como los panes de Evangelio que milagrosamente se multiplican; la fenomenología de Karl Marx desciende a la producción del valor en el muy material proceso de producción y en lugar de ser una fetichizada y pseudoconcreta fenomenología de las mercancías y su mundo, es una fenomenología del trabajo, su objetivación y enajenación y la posibilidad de recuperarse, emanciparse de lo que lo explota, para volver a ser producción social de trabajadores libres que pueden apropiarse socialmente del producto de su trabajo y dirigir democráticamente el mundo que producen.
Es importante esa liberación porque la praxis, que es esencial aunque no únicamente trabajo, es también la nota fundamental de la condición o naturaleza o esencia humana.[7]
Esta fenomenología del capital que encuentra detrás de la apariencia fenoménica del intercambio entre equivalentes en el mercado, el robo del tiempo de vida del trabajador, es tan crucial que precisamente por ello se ha oscurecido y negado a Marx atribuyéndole toda suerte de “doctrinas”ajenas completamente a su verdadero pensamiento y obra.
Algunas veces, en la literatura se han encontrado maneras metafóricas y alegóricas para expresarlo, incluso, por ejemplo, en la literatura “juvenil” como en la “novela-cuento de hadas” Momo de Michael Ende[8] y en el cuento “para niños”:El sueño de Lu Shzu.[9]
Y si alguien hace alusión a la inteligencia, los saberes, la ciencia, el oficio, la profesión y a la “sociedad del conocimiento” como fuentes de la riqueza en el capitalismo, será necesario hacer también la genealogía de todo saber, conocimiento y técnica o arte el en trabajo humano pasado, heredado, sistematizado.
No hay tampoco ahí una invención genial salida de la nada de la inspiración, o en todo caso la inspiración es trabajo y más trabajo, si no se queda en mera ocurrencia que no trasciende. “Actividad social no es sinónimo de tarea en grupo y no importa que una tarea sea realizada solitariamente. La actividad productiva de los individuos es una actividad social. Es socialmente que los individuos producen su existencia”.[10]
Además, recordemos que los saberes mismos son productos del trabajo pasado, e incluso son puestos también como mercancía, con la exhortación bien intencionada a los profesionales de “saber venderse”.
Una vez que la mercancía es llevada al terreno de la producción, el materialismo del trabajo humano se vuelve completo y desmistificador de todo idealismo remanente en cualquier profesión. La religión misma ha sido producida socialmente a incluso dentro de la teología se ha generado una lectura que la percibe como pensamiento potencialmente crítico, como sería la teología de la liberación: dejar de ser opio (consuelo) para tratar de engendrar conciencia y emancipación.
Karl Marx escribe en un momento en que aún los valores de uso no han sido totalmente subsumidos como mercancías al valor de cambio, situación que hoy es cada vez más marginal: “Una cosa puede ser valor de uso y no ser valor [de cambio]. Es éste el caso cuando su utilidad para el hombre no ha sido mediada por el trabajo. Ocurre ello con el aire, la tierra virgen, las praderas y bosques naturales, etc. Una cosa puede ser útil, y además producto del trabajo humano y no ser mercancía. Quien, con su producto, satisface su propia necesidad, indudablemente crea un valor de uso, pero no una mercancía. Para producir una mercancía, no sólo debe producir valor de uso, sino valores de uso para otros, valores de uso sociales”[11]
La extensión del dominio del capital sobre el planeta, colonizando pueblos, culturas, mundos de la vida, territorios, ha expandido su dinámica de volver mercancías todas la cosas, de manera que ya casi no quedan tierras vírgenes, praderas o bosques naturales que no haya conquistado, colonizado y mercantilizado el capital, y en el caso del aire, quizá no han encontrado la manera de volverlo escaso y poder venderlo, aunque ya han hallado la manera de ponerle valor de cambio al “servicio ambiental de captura de carbono” un paso adelante en la mercantilización de las áreas verdes, bosques y selvas, y manera de mercantilizar el viento para producir energía eólica como hacen en el Istmo de Tehuantepec.
Una vez echada a andar la exploración por los avatares del valor, el trabajo humano cristalizado en la materialidad, la corporeidad, de las mercancías, seguir el hilo rojo del trabajo vivo objetivado nos lleva al secreto del incremento del valor para el capital mientras el obrero se ve empobrecido, en todos los sentidos de la palabra empobrecer: materialmente, físicamente y también espiritualmente o si queremos decirlo de un modo pedante: “ontológicamente”.
La desigualdad del intercambio de la mercancía fuerza de trabajo –productora de valor–  por un salario que apenas alcance a permitir la reproducción de la vida y la fuerza del trabajo del asalariado se centra en el plustrabajo, trabajo impago, que genera un plusproducto, cuya plusvalía realizada en su venta se convierte en ganancia- dinero. Y con ello en nuevo valor del capital: en esencia el capital es este proceso de extracción de plusvalía e incremento del valor del sujeto-capital a costa del empobrecimiento, de la esclavitud asalariada y el sometimiento de los trabajadores, quienes pierden su autonomía como sujetos y devienen engranes de una maquinaria que los aliena.
No obstante, lo más importante de la enajenación del trabajo, del trabajador y del valor y el producto de su trabajo no es que gane más o menos salario, de hecho un salario alto no es suficiente para terminar con la enajenación y la explotación, porque lo que el trabajador asalariado no puede decidir es el destino de su vida, su trabajo y el futuro de la sociedad humana que resulta de esas relaciones sociales de producción. Dice Jesús Rodolfo Santander, comentando la concepción del trabajo en Marx: “Lo que en la alienación se juega es el ser del hombre”.[12]
         El trabajo enajenado produce una sociedad alienada, en la cual la propiedad privada somete al trabajo vivo.
La emancipación del ser humano, de la sociedad entera, pasa necesariamente por la abolición del trabajo enajenado, y de la explotación.
Al lado del concepto económico de trabajo, en el cual es meramente una mercancía de precio siempre precario, hay un concepto filosófico (ontológico) de trabajo: “cuando la filosofía marxista del trabajo pone a éste en relación esencial con el hombre no piensa tanto el trabajo como una particular actividad utilitaria sino como el fenómeno original de la existencia. Ello permite distinguir entre el concepto económico y el concepto filosófico del trabajo. Este último responde a la cuestión del sentido y función del trabajo en la existencia humana.[13]
Acumulación originaria o acumulación por desposesión
“La producción de nuevas mercancías y la apertura de nuevos mercados se consiguen ahora con la conquista y reconquista de territorios y espacios sociales que antes no tenían interés para el capital. Conocimientos ancestrales y códigos genéticos, además de recursos naturales como el agua, los bosques y el aire son ahora mercancías con mercados abiertos o por crear. Quienes se encuentra en los espacios y territorios con estas y otras mercancías, son, quiéranlo o no, enemigos del capital”. Subcomandante Marcos[14]
¿Pero cómo se llega a esta situación de los dos polos asimétricos de la relación capital-trabajo?
La acumulación originaria, acumulación primitiva, en la actualidad llamada por algunos “acumulación por desposesión”[15], es un concepto clave para entenderlo. Karl Marx ha explicado de manera esencial cómo el trabajo en el capitalismo está enajenado y es esencial y necesariamente explotado de manera que la plusvalía genera la valorización del valor, pero esta situación, la reproducción de la forma de dominación del poder del capital supone ya la existencia de los trabajadores asalariados, con el salario como única forma de sobrevivencia frente a los medios de producción separados de los trabajadores, enajenados de ellos como propiedad privada de la clase capitalista. “Todo el proceso–dice Karl Marx–, pues, parece suponer una acumulación originaria previa a la acumulación capitalista (‘previous accumulation’, como la llama Adam Smith), una acumulación que no es resultado del modo de producción capitalista, sino su punto de partida”.[16]
La explicación de esa acumulación previa que decía Smith, es una génesis histórica del capital, al final será tanto una genealogía de cómo hubo por primera vez capitalismo en Inglaterra tanto como la explicación de un mecanismo o estrategia permanente y recurrente del capital para enfrentar sus crisis sistémicas y así reproducir, en el literal sentido de volver a producir, y ampliar la separación entre trabajadores y medios de producción.
La explicación que da Marx dice: “El dinero y la mercancía no son capital desde el primer momento, como tampoco lo son los medios de producción y subsistencia. Requieren ser transformados en capital. Pero esta transformación misma sólo se puede operar bajo determinadas circunstancias coincidentes: es necesario que se enfrenten y entren en contacto dos clases muy diferentes de poseedores de mercancías, a un lado, los propietarios de dinero, de medios de producción y de subsistencia, a quienes les toca valorizar, mediante la adquisición de fuerza de trabajo ajena, la suma de valor de la que se han apropiado; al otro lado, trabajadores libres, vendedores de fuerza de trabajo propia, y por tanto, vendedores de trabajo”.[17]
La estructura binaria descrita es económica, política, social e histórica (el trabajo teórico de Marx es una transdisciplina), y su supuesto básico es: “La relación del capital presupone las escisión entre los trabajadores y la propiedad sobre las condiciones de realización del trabajo. Una vez establecida la producción capitalista, ésta no sólo mantiene esta división sino que la reproduce en escala cada vez mayor. [Veremos a los marxistas llamarla ‘reproducción ampliada’El proceso que crea a la relación del capital, pues, no puede ser otro que el proceso de escisión entre el obrero y la propiedad de sus condiciones de trabajo, proceso que, por una parte, transforma en capital los medios de producción y de subsistencia sociales, y por otra convierte a los productores directos en asalariados. La llamada acumulación originaria no es, por consiguiente, más que el proceso histórico de escisión entre productor y medios de producción. Aparece como originaria porque configura la prehistoria del capital y del modo de producción correspondiente”.[18]
Así ha quedado definida y explicada la acumulación originaria, la génesis histórica del capital y del capitalismo.
La economía política liberal ha escondido que su origen es la violencia, por el contrario Karl Marx subraya ese origen en el despojo violento: “En la historia real el gran papel lo desempeñan, como es sabido, el sojuzgamiento, el homicidio motivado por el robo: en una palabra la violencia. En la economía política, tan apacible, desde tiempos inmemoriales ha imperado el idilio. El derecho y el ‘trabajo’ desde épocas pretéritas los únicos medios de enriquecimiento, siempre a excepción, naturalmente, de ‘este año’. En realidad los métodos de la acumulación originaria son cualquier cosa menos idílicos”.[19]
La expulsión de los campesinos de sus tierras es siempre un punto de partida para esa proletarización: “En la historia del proceso de escisión hacen época, desde el punto de vista histórico, los momentos en que se separa súbita y violentamente a grandes masas humanas de sus medios de subsistencia y de producción y se las arroja, calidad de proletarios totalmente libres, al mercado de trabajo. La expropiación que despoja de la tierra al trabajador constituye el fundamento de todo el proceso”.[20]
Exactamente ese proceso de poner las tierras en el mercado de tierras y fomentar su acumulación en las manos de unos pocos que serán luego los capitalistas es el proceso que hemos observado en los tres siglos recientes, con el sólo paréntesis del ejido, producto de la Revolución Mexicana.
Incluso el proceso de mercantilización y monopolio de la tierra amenaza con profundizarse en el futuro inmediato mediante una reforma estructural que promueve la privatización. Así la caracteriza el abogado indígena Carlos González García: “Se trata, sin dudarlo, de una continuación de las reformas estructurales impulsadas por el régimen saliente. Es, al parecer, el ejemplo palpable de que los grupos económicos y políticos que dirigen las riendas del país no tienen la intención de frenar la guerra capitalista impuesta, desde hace décadas, al México de abajo y a los pueblos que lo integran”.[21]
En esta explicación de la acumulación originaria, ésta es una crítica y corrección de las feministas, le hizo falta a Marx tomar en cuenta otro trabajo impago, el trabajo de las mujeres en la reproducción de la vida, y con ella de la fuerza del trabajo. Al respecto, Silvia Federici es una de las más lúcidas críticas y a la vez enriquecedoras de un marxismo-feminismo crítico.[22]
Las consecuencias en la vida miserable y la muerte prematura de la clase trabajadora explotada en la Inglaterra en plena industrialización capitalista fueron descritas por el colaborador de Marx, Federico Engels. Así sintetiza la descripción Jorga Fuentes Morua: “El hombre ha sido subordinado a la cosa, en un mundo que ha consumado la inversión que facilita el movimiento de individuos que se expresan como autómatas. En estas condiciones el hombre como fuerza productiva natural es degradado no solo moralmente sino en su materialidad, en su corporeidad. […] La ‘nueva’ ralea se caracterizaba por sufrir la violencia aun antes del nacimiento, a través de la desnutrición y de la insalubre vida que padecía la madre, posteriormente el hambre, la enfermedad, precarias condiciones de vivienda, promiscuidad moral y sexual contribuían a asegurar que los individuos de la nueva especie tuvieran en promedio una vida corta. Los cuerpos de estos ‘nuevos hombres’ expresarían las huellas del laboratorio social que les daba origen: cuerpos deformados y contrahechos, enfermedades de tipo nervioso y digestivo, frecuentes infecciones cutáneas, idiotismo; todo para desembocar en una muerte prematura, si se comparaba el promedio de vida de esta linaje degenerado con el que alcanzaban otras clases de la sociedad británica”.[23]
Sin embargo, este mecanismo no ocurrió solamente una vez en la “prehistoria del capital” sino que se repite continuamente conforme el modo de producción capitalista conquista y coloniza nuevos espacios, pueblos, culturas y va destruyendo o subordinando y fagocitando (subsumiendo) sus modos de producción para incorporarlos a la valorización del capital. Así lo explicó, interpretando este concepto de Marx, Rosa Luxemburgo: “El otro aspecto de la acumulación de capital [además de la explotación del trabajo asalariado y la extracción de plusvalía] se realiza entre el capital y las formas de producción no capitalistas. Este proceso se desarrolla en la escena mundial. Aquí reinan como métodos la política colonial, el sistema de empréstitos internacionales, la política de intereses privados, la guerra. Aquí aparecen, sin disimulo, la violencia, el engaño, la opresión y la rapiña. Por eso cuesta trabajo descubrir las leyes severas del proceso económico en esta confusión de actos políticos de violencia, y en esta lucha de fuerzas”.[24]
Ese proceso lo estamos viviendo actualmente en todo el mundo, en lo que académicamente se ha llamado “acumulación por desposesión”.
Comentando a Luxemburgo, Massimo de Angelis escribió: “Luxemburgo señala que los esquemas de la reproducción ampliada elaborados por Marx constituyen una representación matemática de las condiciones que sólo tendrían validez en el caso hipotético de que existieran dos clases sociales. No obstante, la autora alega que la producción capitalista debe contar necesariamente con terceras partes(campesinos, pequeños productores independientes, etc.) que puedan convertirse en compradores de mercancías. En consecuencia, la imposición de relaciones de intercambio entre la producción capitalista y la no capitalista deviene necesaria para la realización de la plusvalía. No obstante, estas relaciones de intercambio se topan con relaciones de producción no capitalistas. Para superar la resistencia al avance del capital que surge de dicho choque, el capital debe recurrir a la violencia militar y política”.[25]
El proceso que Karl Marx describió para su “modelo clásico” de análisis en Inglaterra: los “cercamientos” y la desposesión o despojo y proletarización forzada de los campesinos por la violencia, proceso que luego se repetiría en Francia, Alemania y en Europa occidental para dar lugar a los capitales y la burguesía, por un lado, y los proletarios por otro, sumado al descubrimiento, conquista, colonización y saqueo de América, África y Asia como colonias, proveedoras de oro y plata, materias primas, mano de obra esclava y nuevos mercados, es después un modo recurrente del capital para superar sus crisis de sobreproducción y subconsumo o crisis de sobreacumulación de mercancías y capitales, conocidas como crisis de “desrealización” porque la única “realización” posible de la plusvalía es la venta y la ganancia monetaria.
La guerra, la conquista, la rapiña, la piratería, el extractivismo, los ecocidios, el crimen organizado y la formación, producción social, colonización de nuevos espacios y tiempos, y mundos de la vida, para la reproducción de la relación capitalista serán formas recurrentes de “acumulación previa”“acumulación originaria” “acumulación por desposesión”.
La revolución conservadora (si se nos permite la expresión) que desmanteló el estado de bienestar e impuso el neoliberalismo en el mundo es una forma actual de acumulación por desposesión.
La apariencia de libre competencia que le ha tratado de dar la ideología dominante es meramente un señuelo para la imposición de monopolios y oligopolios mundiales: Así lo entiende David Harvey: “que el neoliberalismo implica una competencia abierta antes que un control monopólico o competencia limitada dentro de estructuras oligopólicas es una idea fraudulenta que, como de costumbre, el fetichismo de la libertad de mercado enmascara. El libre comercio no significa comercio justo”.[26]
Por su parte, William J. Robinson lo dice así: “La economía neoliberal no es una economía de libre mercado en la que los precios, la asignación de recursos y demás estén determinados por las fuerzas del mercado, sino una economía oligopólica planeada”.[27]
Aprovechando los avances científicos y tecnológicos que el capitalismo promueve, estimula y financia, el sistema va monopolizando todo, incluso la manera de manipular los procesos de reproducción de la vida. “En materia productiva, los oligopolios localizados mayoritariamente en las regiones centrales capitalistas controlan efectivamente la producción de semillas, fertilizantes, productos electrónicos, programas de computación, productos farmacéuticos y productos del petróleo entre muchos otros. En estas condiciones, la mayor apertura mercantil no amplía la competencia sino que sólo crea oportunidades para la proliferación de los poderes monopólicos con todas sus consecuencias sociales, económicas, ecológicas y políticas”.[28]
Entre las consecuencias socioambientales está no solamente el despojo de la tierra sino su contaminación y, dada la relación metabólica entre la tierra y los seres humanos, esta degradación de la tierra forma parte también de la alienación humana bajo el capitalismo, desde sus inicios: “Engels caracterizó a la tierra como la raíz fundamental del hombre y que su inclusión en la circulación mercantil es parte del mismo proceso de degradación que ha convertido al hombre también en mercancía; así, la transformación de estos elementos naturales (tierra y fuerza de trabajo) en mercancías consumó el proceso de extrañamiento del hombre frente a la propia especie, como frente a la misma naturaleza”.[29]
Con la metáfora de los “cuatro elementos”: tierra (territorio), aire (viento), agua y fuego (energía), Adolfo Gilly y Rhina Roux han analizado esta acumulación por desposesión o por despojo en los años del neoliberalismo en el mundo y en México. “Mirada desde los tiempos largos de la historia y no sólo desde la economía y la política, la globalización aparece como la actualización infinitamente más compleja y sofisticada, de la múltiple y secular violencia que ha acompañado a la modernidad capitalista: violencia contra otras matrices civilizatorias, contra la naturaleza, contra el trabajo vivo; violencia en la competencia entre capitales, violencia como terreno de acumulación; y violencia –real o potencial– implícita en la lucha interminable del monopolio planetario de la coerción física”.[30]
Un párrafo de su ensayo pareciera un resumen de la prensa de hoy: “Desamparo, migraciones bíblicas, retorno del trabajo infantil, destrucción de patrimonios culturales, calentamiento global, catástrofes ecológicas, hambrunas y una violencia cotidiana vuelta pandemia son algunas de las imágenes que acompañan a este cambio de época”.[31]
El deterioro del hábitat y del habitar mismo de los seres humanos, urbanos y rurales, no es exclusivo de estos tiempos de “tardocapitalismo” y de cambio climático, fue observado por los fundadores del marxismo en el siglo XIX: “la vivienda del proletario, la perversión de sus necesidades, el deterioro de sus sentidos esenciales, la degradación de la naturaleza, todo ello forma parte del proceso de cosificación, característico del capitalismo”.[32]Respecto a la degradación de la naturaleza y del hábitat obrero urbano, comenta Jorge Fuentes Morua: “Engels, desde 1839, percibió cómo el desarrollo de la industria textil, fundado en la fuerza hidráulica, descomponía y degradaba las aguas de los ríos alemanes [contaminadas con tintas y blanqueadores, como pasó, ya en el siglo XX y XXI, en México, en las maquilas de mezclillas en Tlaxcala [33],también señaló con trazos vigorosos la descomposición del medio ambiente característico de las ciudades industriales, las condiciones de barbarie que empujan a los moradores de la ruralidad hacia las congestionadas ciudades industriales, donde encuentran miserables condiciones de existencia”.[34]

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