sábado, 19 de enero de 2019

LOS OTROS DESAPARECIDOS: HISTORIAS DE HOMBRES Y MUJERES VERDADEROS

Testimonio de Mario Álvaro Cartagena López (“Guaymas”)
Documentos de la Liga Comunista 23 de Septiembre
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ALICIA... AMOR DE MI VIDA. La fuga de Oblatos

Guión: Alicia de los Ríos Merino y Francisco Barrios.
Duración: 44:35 minutos.
Yo caí preso en 1974, al año de estar trabajando dentro de la organización [1], y conocí por primera vez lo que es la tortura. Mi papá jamás me había pegado, por lo que me pregunto cómo aguanté. A mí me agarró Florentino Ventura, aquel famoso policía que años después se disparó un balazo por la conciencia de todas las atrocidades que había cometido. Él me torturó personalmente, pero no “aventé” a la brigada [2] de mi escuela. Inventé una historia, me puse como “comanche” [3], pese a ser de brigada. Respondí afirmativamente a todo lo que me preguntaban, pero no delaté compañeros.
Habían pasado los secuestros de Duncan Williams y Aranguren. El gobierno ya había desaparecido a compañeros y por eso a varios nos presentaron ante la opinión pública como responsables de esos hechos, aunque éramos activistas de niveles bajos. Yo hasta la fecha, de la etapa que viví, de 74 a 78, no he conocido a un compañero vivo que haya alcanzado un nivel superior dentro de la Liga, ya sea en el buró militar [4] o en el órgano central [5], a todos los mataron, los desaparecieron o cayeron en enfrentamientos. Quizá hay compañeros que conocieron a otros líderes que por ahí anden, pero de los que yo conocí, no queda ninguno.
Yo dije que había conocido a los jefes (Oseas,Sebas, etc.), de hecho los conocí porque era militante profesional, pero me hice pasar por jefe también. En realidad yo tenía mi paro legal, mi familia me daba cobertura y no estaba quemado políticamente. No obstante, me presentaron ante la prensa como jefe y eso me sirvió para que no se lanzaran contra mi brigadita escolar.
Duré dos años preso en la cárcel de Oblatos, Guadalajara. Éramos 15 de la Liga, pero nos depuramos y quedamos 6. Cuando se organizó la fuga, me preguntaron si quería irme. Yo iba a salir libre en 2 o 3 años más, pero el grado de conciencia que alcancé me dio la fuerza para fugarme y reintegrarme a la orga. Me fui a la ciudad de México en enero de 1976, me incorporé a una brigada y empecé a participar; nuestro trabajo principal era la educación de la clase trabajadora. Éramos muy poquitos, no como en Guadalajara, pero era una raza muy participativa, entregada y consciente, y aunque no teníamos esa cultura política que actualmente tienen muchos compañeros, poseíamos mucho arrojo y ganas de hacer algo por la clase trabajadora. Nuestra principal actividad era la repartición de nuestro periódico, el Madera. Para nosotros era más difícil hacer una “repartiza” [6] de propaganda a Campos Hermanos, Spicer, Altos Hornos, que ir a expropiar [7] un banco, porque en éste llevábamos la sorpresa, la iniciativa, etc. En cambio, en las fábricas, la clase en el poder nos ponía “cuatros” [8], había operativos de contrainsurgencia como en el caso de Ciudad Juárez, Chis., donde nos mataron a una brigada a mansalva en ‘76 o ‘77. Introdujeron a veinte policías a trabajar durante un mes en una fábrica que sabían atendíamos, y al salir junto con los obreros, los compas no los identificaron y se pusieron a repartir propaganda. De inmediato, en vez de detenerlos los policías les dispararon. Sólo sobrevivió el que estaba de cobertura, el “muro” [9] que se encontraba a media cuadra, esperándolos en el carro. Fue tanta la presión del gobierno en contra de la estrategia que seguíamos, de repartir propaganda en fábricas, que la mayoría de los compañeros fueron muertos o detenidos-desaparecidos en este tipo de operativos. Debe enfatizarse que la Liga fue la organización urbana que más muertos y desaparecidos aportó a la lucha y no por los enfrentamientos con los policías -que a fin de cuentas son clase jodida- sino por ésta estrategia. A pesar de todos los errores políticos y militares que cometimos, yo creo que no estábamos tan errados en cierto sentido, pese a nuestras desviaciones militaristas, de lo contrario la clase en el poder no hubiera enfocado todas sus baterías para terminar con nosotros.
No quiero entrar en detalles sobre mi caída, pero debo explicar por qué no estoy muerto o desaparecido, porque fuimos muy pocos los miembros de la Liga que logramos salir de Campo Militar Nº 1. Cuando en ‘76 me di cuenta de que estaban cayendo muchos camaradas en enfrentamientos -cada mes teníamos una caída de 2 o 3 compas- le dije al Mastrocas (Luis Miguel Corral García, que murió asesinado en ‘77) que por qué no nos dejábamos agarrar vivos, que era más fácil salir de la cárcel, y me respondió: “no podemos hacerlo, la clase en el poder nos va a matar a torturas, debemos dar el combate”. En abril de 1978 yo vivía en una casa de seguridad con una compañera, Amanda Arciniega Cano, que actualmente vive. Un día, al regresar caminando a la casa, a cinco cuadras vi a una patrulla de judiciales, que se me quedaron viendo; traté de quitarme la cola y me desvié dos o tres cuadras pero me volvieron a topar, se bajó un policía y me dijo “no te muevas”, pero yo saqué mi pistola y se dio el enfrentamiento. Me eché a correr unas cuadras, sin mi camisola roja creí que ya había salido del problema, pero una patrulla me volvió a interceptar. Estaba a unas cuatro cuadras la 8ª delegación, así que mandaron cinco patrullas más y en el tiroteo caí herido con siete balazos. Se me acercó un policía y todavía le apunté, pero se me había encasquillado la pistola. Él traía cinco tiros y me dio dos, uno en cada nalga. Me preguntó si era matapolicías, pero lo negué y me hice pasar por vendedor de marihuana y asaltabancos. No podía decir que era de la Liga, porque me mandarían directamente a Campo Militar Nº 1. Estaba deshidratado, con mucha sed y los pies muy pesados (tenía dos balas en cada pierna), entonces pensé que de morir debería hacerlo como incógnito, sin “aventar”compañeros y sin torturas. Me llevaron directamente a la Cruz Roja y me tomaron fotografías desnudo. En una salió mi cuerpo, sin mi cara. Apareció al día siguiente en la prensa con el encabezado: “Cae pseudoguerrillero Florentino García Clavel”, que fue el nombre falso que di. Quería que mis compañeros se dieran cuenta de mi caída, que tomaran precauciones y reforzaran la seguridad. Ya habíamos acordado que cuando cayera un compañero nadie se iba a presentar a las citas, porque los tormentos aplicados a los detenidos eran tales que a algunos los hicieron “aventar” [10] hasta a sus propias compañeras, porque la tortura nadie la aguanta. Tipos inhumanos, drogados, te torturan hasta lo peor.
En la esquina inferior izquierda la fotografía de Mario Álvaro cuando era perseguido político
Al salir en los periódicos del día siguiente, mi madre me reconoció. Mis hermanos le dijeron que no era posible porque no coincidía el nombre, pero ella lo intuyó. Había en San Francisco, Estados Unidos, una reunión de Amnistía Internacional, con más de tres mil delegados, a la que acudió Rosario Ibarra del Comité de Presos, Perseguidos, Exiliados y Desaparecidos Políticos. Mi mamá se puso en contacto con el abogado de presos políticos, Guillermo Andrade Gressler y éste la conectó a su vez con una hija de doña Rosario, quien mandó un telegrama a la reunión para que hicieran algo por Mario Cartagena que acababa de caer. De esta forma, se mandaron tres mil telegramas al gobierno de López Portillo, pidiendo mi liberación y haciéndolo responsable de lo que me pasara. Yo para ese entonces ya había sido trasladado a Campo Militar Nº 1, pues en la Cruz Roja le había entregado mi cartera a una monja, pidiéndole que se quedara con el dinero (diez mil pesos que iba a entregar a unos compañeros de Sinaloa) y que tirara lo demás, pues tenía una agendita con citas en clave y fechas de “permas” [11], no obstante ella se la dio a los federales y de inmediato me sacaron del quirófano. Los médicos se opusieron a que me llevara la Brigada Blanca, pero los agentes dijeron que era orden de Gobernación. Estaba deshecho pero nunca perdí la conciencia.
Cuando entré al Campo Militar Nº 1, yo insistía en que era Florentino García Clavel, aunque sabía que no iban a tardar en descubrir mi verdadera identidad, pues me habían tomado las huellas dactilares. Además, como soy lampiño, me costaba trabajo disfrazarme, después de la fuga mis compañeros bromeaban en el sentido de que iba a caer primero porque me reconocerían de inmediato. A los pocos minutos de la tortura llevaron ante mí a Alicia de los Ríos Merino (a) Susan, mi “comanche”, una compa lúcida y participativa, que estaba desaparecida desde enero de ‘78 y tenía tres meses ahí. Nos conocíamos muy bien porque habíamos vivido juntos en una casa de seguridad durante un año. Estaba muy delgada, había pasado de 60 a 40 kilos. Me vio dos minutos, con los ojos me pidió que no “aventara” a nadie, y aunque me identificó, no puedo culparla, por todo lo que le hicieron. 
Ya en las calientes [12], yo iba muy fuerte en mi conciencia. Tenía mucho dolor porque en un enfrentamiento había perdido a mi compañera que tenía seis meses de embarazo. Había visto morir a muchos compañeros, pero no era lo mismo dormir con mi compañera en la noche y que la mataran en la mañana. Su muerte me duele más que el hecho de que me hayan amputado la pierna. Eso me dio el valor para no “aventar”a nadie. Creía que me iban a matar en la tortura porque estaba muy quemado, la prensa todo se lo atribuía al “Guaymas”. Aguanté, no dije nada más que era del comité de brigada. Salomón Tanús llegó y me preguntó entonces si sabía quién era él. Yo no sabía, le dije “Miguel Nassar señor”y me respondió: “yo no soy ese hijo de la chingada, yo soy Salomón Tanús, el que te puede dar o quitar la vida, si quieres vivir vas a hablar”. Querían a Piojo Negro, Miguel Ángel Barraza García (quien moriría en un enfrentamiento en Copilco, D.F. en 1981), que era nuestro principal dirigente en aquella época, al Momia y a otro compañero de Dirección. Casualmente yo tenía citas con ellos, pero di datos falsos. Entonces me sacaron la agenda que les dio la monja y me pidieron que descifrara las claves, sin embargo, la solidez de mi conciencia me impidió dar las citas verdaderas. Ellos quedaron contentos porque creyeron que había “aventado” al Piojo Negro. 
Pasó el tiempo sin que me atendieran de las heridas, hasta que se me gangrenó la pierna izquierda y me la cortaron en el hospital militar. Estaba muy mal físicamente: tenía un brazo tullido, me dolía el pene por la sonda y me bañaban a diario con agua fría para quitarme la temperatura. Además, había entrado de 80 kilos y a los dos meses pesaba 43.
Un día llegó Salomón Tanús, me dijo: “hijo de la chingada, nos choreaste”. Yo no sabía lo que significaba ese término, porque en el norte no se usa, y le respondí “sí señor”“Y todavía dices que sí hijo de la chingada, no sabes lo que te espera”. Así nos hablaban, con malas palabras. Yo tenía mucha presión por la tortura psicológica, pensando en lo que podrían hacerme. Esta tortura es peor por las secuelas que deja. Yo empecé a jugarle al cobarde, diciendo que me dolía todo, con tal de no hablar. Por mi experiencia de ‘74, en la que me hice el valiente y me dieron una paliza, sabía que tenía que hacer lo contrario y resultó.
A los quince días vi a mi mamá, me sorprendió que hubiera podido entrar, pero me aclaró que afuera estaban luchando por mi liberación y eso me dio esperanza de sobrevivir. En la tarde del mismo día, me visitó mi papá. Fue la única vez que los vi en los dos meses que estuve.
Salí de Campo Militar gracias a la movilización de varias organizaciones que daban la lucha pacífica, entre las que estaba el Comité. Creo que hubo también condiciones que favorecieron mi salida: López Portillo quería guardar las apariencias ante el exterior y el ‘78 había sido declarado el año internacional de los Derechos Humanos. Salí por estas razones, más no por haber “aventado” compañeros.
Fui trasladado al reclusorio y a la semana de estar ahí me visitó Rosario. Le pedí que me hiciera el paro y que convocara a periodistas para que yo diera mi testimonio de que había visto con vida a Alicia de los Ríos. La información salió en la revista Proceso y al día siguiente fueron por mí, con el pretexto de que estaba enfermo y me llevarían a otro lugar, pero me condujeron a Campo Militar. Salomón Tanús me dijo que me iban a matar junto con mi familia y yo le eché la bronca a Rosario. Acepté que yo le había dado esa información, pero la responsabilicé de haberle dado difusión en la prensa. Temía lo que la Brigada Blanca pudiera hacerle a mi familia. Además Rosario tenía mucho prestigio, no podían hacerle nada. Me regresaron al Reclusorio Norte, donde estuve cuatro años preso, hasta que nos amnistiaron, en 1982.
NOTAS:
[1] Organización: Se refiere a la Liga Comunista 23 de Septiembre.
[2] Brigada era una de las instancias organizativas de base la Liga Comunista 23 de Septiembre
[3] Comanche: Responsable de organismos al interior de la LC23S.
[4] Buró Militar xxx: Instancia de Dirección Nacional de la Liga Comunista
[5] Órgano Central: Comisión encargada del periódico Madera órgano central de la LC23S.
[6] Repartiza: Operación político militar de distribución de propaganda clandestina.
[7] Expropiar: Asaltar o sustraer bienes, para uso de la causa revolucionaria.
[8] Cuatros: trampas, celadas, emboscadas.
[9] Muro: Componente de un comando militar de la LC23S, que se encarga de las labores de contención de las fuerzas enemigas en la periferia del escenario de acción y que protege el desempeño del resto del comando.
[10] Aventar: Confesar, delatar.
[11] Citas entre dos militantes de la LC23S, cuya lugar y hora se mantienen permanentes y que se activan cuando uno de los dos falla a una cita regular.
[12] Calientes: torturas.
Tomado del libro Testimonios de la Guerra Sucia, publicado en 2005 por Editorial Huasipungo Tierra Roja.

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