viernes, 15 de febrero de 2019

“LA HUELGA CAMBIÓ MI VIDA”, VALORA ESTUDIANTE DE ODONTOLOGÍA 20 AÑOS DESPUÉS

A 20 años de la huelga estudiantil de 1999-2000
PRAXIS en América Latina N° 24:
Febrero-marzo de 2019.
El 20 de abril de 2019 se cumplen 20 años del estallido de la huelga estudiantil más prolongada de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la cual sostuvo su lucha durante nueve meses en defensa de la educación pública superior resistiendo al proceso privatizador de la educación impuesto por las políticas neoliberales aún vigentes.
PRAXIS en América Latina trae al presente la voz de Liliana Barrón Escobedo, una de las participantes de la huelga.
 “Si privatizaban la UNAM, podían hacer lo que quisieran con la educación”
Estudié en el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH)-Azcapotzalco. Ahí empecé a interesarme por la organización social, aunque siempre me interesó el área de la salud. Ahí empecé a militar en un cine club que se llamaba Sol Negativo, a conocer todo lo que fue el movimiento del 68. Decidí estudiar Odontología.
Fue un paso complicado porque es una de las Facultades más elitistas de la Universidad. El primer día de clases el director nos dijo: “El que no tenga dinero, no tiene nada que hacer aquí”. Fue algo que me marcó mucho. Fue tan clasista que dije: “Ahora me quedo”. Mi papá me ayudó, pero tuve que empezar a trabajar en las vacaciones. Somos cinco hermanos, todos estudiábamos, no alcanzaba.
Cuando estalló la huelga de 1999 ya estaba en quinto año [ejerciendo] en una clínica [periférica] de la UNAM al lado del CCH-Azcapotzalco. Muchos meses antes de que estallara ya había escuchado sobre la imposición de las cuotas. Recuerdo que veía pegados carteles que invitaban a asambleas en las que se citaba al rector, pero [éste] no llegaba. No tomó en cuenta a la comunidad universitaria, impuso el nuevo reglamento de cuotas y con ello la iniciativa de la privatización de la educación. Si privatizaban la UNAM, podían hacer lo que quisieran con la educación.
El volanteo [que hicieron compañeros de Economía en la Facultad de Odontología] fue parte fundamental de la difusión de la problemática de ese momento. Hablaban de la privatización, de que venía un problema muy difícil y que a todos nos iba a afectar. El director [de la Facultad de Odontología] ya estaba seguro que no iba a haber huelga en nuestra Facultad porque es una comunidad poco solidaria, deshumanizada, clasista. Cuando se hace el conteo [de votos] había gente a favor y en contra [observando], entre ellos el director. Cuando se enteró que 70% de los votos era a favor de huelga estaba enojadísimo.
 “No sabíamos nada. Fuimos aprendiendo en la huelga”
Nadie del Consejo de Huelga (CH) [de Odontología] tenía experiencia. Empezamos 32 personas; a los tres meses nos redujimos a la mitad. Desde el primer día estaba el miedo de que entrara la policía, así que conseguimos palos y los teníamos ahí a la mano. Así vivimos en estrés toda la huelga. Nos orientábamos por las decisiones de otras Facultades [como] Filosofía, Ciencias Políticas y Economía, porque después de tres meses de no saber nada, nos dábamos cuenta que lo que hacíamos se parecía a lo que hacían esas Facultades.
Éramos un Consejo de Huelga de 24 horas de estar en chinga, no dormir, mal comer. Todos los días teníamos que levantarnos temprano. Íbamos en comisiones de dos personas a volantear a los mercados, al metro y a botear; después organizábamos la asamblea de Odontología, íbamos a la [Asamblea] General, a las reuniones de todas las Comisiones. Empezar a vivir una universidad diferente fue lo que nos ganó. Nos fuimos convenciendo de estar dentro de una universidad diferente, que era la que estábamos viviendo en ese momento.
 “Éramos puras mujeres: el machismo del movimiento estudiantil”
En el Consejo General de Huelga (CGH) llegamos a sentir menosprecio. Odontología fue tomada como un Consejo que ignoraba todo, que no tenía una ideología. Las decisiones pesadas las tomaban Filosofía, Ciencias, Economía. Había también un tema de género. [En el CH de Odontología] éramos diez mujeres y cuatro hombres. Los hombres de Odontología nunca querían subir a dar los resolutivos [en el CGH], nos aventaban a nosotras. No nos dejaban hablar porque nos empezaban a chiflar. Pasaba con todas las mujeres, era el machismo del movimiento estudiantil.
La organización de las Asambleas Generales siempre fue muy complicada pero muy buena. Que no se te ocurriera llegar a título personal, eso era antidemocrático. Llegamos a discutir dos o tres días seguidos, había recesos. Estábamos tan convencidos de que queríamos frenar la privatización que no nos importaba si se tenía que discutir dos horas más.
La UNAM siempre ha tenido el apoyo de la sociedad, con huelga y sin huelga, porque es la universidad pública más importante del país. Hubo una percepción de que los hijos [de] obreros, campesinos y comerciantes ya no iban a poder ir a la universidad. Eso pegó bastante para que la sociedad apoyara y dijera “¡No a la privatización de la UNAM!” A donde quiera que llegábamos a hablar de las cuotas, de la represión, de los presos políticos, nos ayudaban. Todos los días regresábamos con los botes llenos porque a cualquier lugar que íbamos nos recibían bien. Las marchas eran gigantes, como la del 2 de octubre. Fue monumental. No ha habido otra igual. Fue por todo el apoyo que había de todo el país.
 “El movimiento estudiantil está vivo”
Han cambiado las circunstancias muchísimo y también la forma de pensar y hacer las cosas. Es muy distinto que te digan vamos a privatizar la universidad a que te digan vamos a sacar a los porros de la UNAM. Aunque es parte de lo mismo, no reaccionamos igual.
Ahora, aunque [el movimiento estudiantil] parezca en decadencia, ahí está; si no hablamos de él pareciera que no existe, pero el movimiento estudiantil está vivo. Hay épocas en las que se vuelve más fuerte, dependiendo de lo que suceda. La huelga del 99 fue una huelga que a las autoridades [les sirvió] para denigrar los movimientos, porque recuerdo que en la televisión y la radio querían convencer a la sociedad de que estábamos destruyendo la universidad.
¿Qué provocas en un futuro haciendo eso? Lo que está sucediendo ahorita: una comunidad estudiantil que tiene miedo de moverse, que tiene miedo de ser sujeto de cambio, que sabe que va a haber una represión. Después de la huelga quedamos bien diabolizados, todos éramos señalados. En la Facultad no me permitieron estudiar una especialidad porque era huelguista. La comunidad [estudiantil] no quiere otra huelga igual porque dice que “quiere clases”, pero ése es un prejuicio de la educación burguesa. Las autoridades sondean cada cinco o diez años cómo está el movimiento y se dan cuenta de que el movimiento está vivo. Es cosa de que le muevan un poco al panal, como con este tema de los porros, para que se den cuenta que hay movimiento y puede haber organización. Por eso intentaron “solucionarlo” rápido para que el movimiento no creciera.
 “La huelga sigue en mí, moviéndome”
Hay pocas cosas que aprendes en la vida que ya no te dejan vivir igual. La Huelga fue una de ellas. Es como si hubiera llegado a otro mundo que me hizo abrir más los ojos y me diera una panorámica de algo que no conocía: la Huelga fue una Universidad Diferente.
Terminé mi carrera, empecé a ejercer en 2001 pero ya no pude dedicarme las 24 horas a ver bocas y cuidar dientes porque descubrí que la odontología no es toda mi vida. Políticamente, la huelga cambió tanto mi vida que la huelga sigue en mí, sigue moviéndome.
Me llevó a que me formara en otros lugares, me acercara a otros lugares, que me invitaran a otros grupos.
La represión la viví desde antes de la huelga. No solamente está enfocada en que te golpee un policía.
La represión del Estado tiene que ver desde el momento de que no te dejan ser libre como tú quisieras.
Al final de la huelga, el 6 de febrero de 2000, cuando los policías entraron a Ciudad Universitaria, me detuvieron. Fui presa política. Había listas de compañeros perdidos. Éramos muchos estudiantes, no sé si mil o más. Pensaba: ¿a dónde nos van a meter a todos si ya no cabemos en las cárceles?
Pero también confiábamos mucho en el apoyo del pueblo. Nos sacaron [de la cárcel] gracias a la presión del pueblo. Ser preso político es un orgullo. Lucho por los demás y nadie me va a parar. Lo que me falta hacer es trabajar mucho para abrir más espacios. Abrirlos es fácil, pero sostenerlos muchos años no. La bola va a crecer más grande y va a ser más sencillo hacer la revolución que se hace todos los días para transformar este pinche mundo, empezar desde abajo.

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