martes, 5 de febrero de 2019

ROSA LUXEMBURGO LLEVABA EL INTERNACIONALISMO PROLETARIO EN LA SANGRE

Rosa 'La Roja' en México: Centenario Luctuoso de Rosa Luxemburgo
Por Luis Hernández Navarro
La Jornada Semanal:
03 de febrero de 2019
La salud de los muertos
Al girar la manivela de la pequeña caja de música made in China, suenan los primeros acordes de “La internacional”, la pieza escrita por el comunero Eugéne Potier en 1871, que se convirtió en el himno del movimiento obrero. En el cartón que envuelve el instrumento musical mecánico puede verse, en primer plano, el rostro de Rosa Luxemburgo, la revolucionaria judía polaca asesinada hace cien años por el gobierno socialdemócrata alemán.
Que la fundadora de la Liga Spartakus en Alemania aparezca como el rostro de la canción emblemática de la lucha obrera no debería sorprender a nadie. Llevaba el internacionalismo proletario en la sangre. Era cosmopolita. Hablaba con fluidez polaco, ruso, alemán, inglés, francés y yiddish. Intervenía directamente en política en su natal Polonia, en Rusia y Alemania. Debatía sobre lo sucedido en Bélgica y Francia, y sostenía que la fraternidad universal de los trabajadores era una única patria. “No existe socialismo –afirmaba– por fuera de la solidaridad internacional del proletariado, y no existe socialismo fuera de la lucha de clases. El proletariado socialista no puede, ni en tiempos de paz ni en tiempos de guerra, renunciar a la lucha de clases y a la solidaridad internacional sin cometer un suicidio”.
Apenas hace tres décadas no habría sido fácil encontrar su rostro en una caja musical. Y no porque no lo mereciera sino porque ese lugar estaba reservado para los rostros de los padres fundadores Marx, Engels o Lenin. El que hoy su nombre, su obra y su rostro aparezcan señalados, publicados o representados en casi todo el mundo es parte de un fenómeno generalizado de revaloración de su pensamiento y figura. Los nuevos movimientos sociales, el feminismo, los ambientalistas radicales, autonomistas y jóvenes la reivindican como parte de su santoral laico, al lado de marxistas ortodoxos, trotskistas y comunistas.
Esta apreciación de Luxemburgo camina de la mano de la caída del Muro de Berlín y el colapso del socialismo real. La combinación de compromiso ético, vocación de servicio a la causa proletaria, fidelidad a la lucha revolucionaria, originalidad de pensamiento, reafirmación de su condición de mujer y crítica a la burocracia que tuvo en vida, han hecho de ella un icono de las nuevas generaciones de luchadores anticapitalistas.

México no es una excepción a esta “moda”. En un mural de la Normal Rural de Tamazulapan, en Oaxaca, las combativas estudiantes de la escuela pintaron a Rosa la Roja en uno de los edificios. Carteles con su rostro pueden verse pegados en universidades públicas de todo el país. Sus libros, escritos a comienzos del siglo XX, circulan y se leen en círculos de formación política como si hubieran sido elaborados hace unos años. Movimientos de mujeres ven en ella una fuente de inspiración. La Fundación alemana que lleva su nombre apoya procesos organizativos alterna­tivos, proyectos de fomento a lectura, espacios de debate y publicaciones, asociando a la autora de Huelga de masas, partido y sindicatos con prácticas emancipadoras dentro del país.
Rosa la Roja en México
Hace casi cincuenta años se fundó en México la Liga Leninista Espartaco (LLE), parcialmente una especie de oxímoron político. En 1960-61, un grupo de intelectuales expulsados del Partido Comunista, encabezados por José Revueltas, Eduardo Lizalde, Jaime Labastida, Enrique González Rojo y Juan Garzón Bates se propusieron, en la mejor tradición bolchevique, ponerle cabeza al proletariado mexicano.
Fue en parte un oxímoron, porque la teoría de la organización del partido de la clase obrera sostenida por los primeros espartaquistas mexicanos tuvo como referencia teórica principal el leninismo y no el espartaquismo fundado por Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht entre 1915 y 1919. Y, aunque Lenin y los espartaquistas alemanes sostuvieron posiciones análogas en múltiples cuestiones, desde el carácter de la primera guerra mundial hasta la necesidad de tomar el poder, difirieron seriamente en la importancia de la espontaneidad del proletariado y el papel de la organización partidaria en la lucha por el socialismo.
En los hechos, más allá de su nombre, el luxemburguismo nunca fue parte medular de las coordenadas ideológicas de las primeras expresiones de los espartaquistas aztecas durante la década de los sesenta del siglo pasado. A no ser que se considere que la tarea de dar vida al partido de la clase obrera mexicana (hasta ese momento históricamente inexistente), que la Liga Leninista se echó sobre los hombros, se compare con el papel que la Liga Spartakus jugó como antecedente organizativo de los revolucionarios alemanes para fundar su Partido Comunista.
Esta parece haber sido la razón para reivindicar en México la epopeya de los comunistas germanos. Según Francisco González, dirigente de la Liga Leninista Espartaco, José Revueltas tomó como referencia para su proyecto político lo que Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht hicieron, al romper, en una situación de crisis, con la socialdemocracia alemana, y emprender la formación de un partido político. Revueltas identificaba a la Liga con una línea contrapuesta a la de Vicente Lombardo Toledano y el Partido Comunista Mexicano. Sin embargo, como conocedor de la vida y obra de Rosa Luxemburgo, consideraba que la concepción del partido de ella era equivocada, pero su visión sobre la relación entre reforma y revolución era correcta.
Esta es también la interpretación que el profesor Pedro Echeverría hace de su militancia en ese proyecto. “Yo entendí desde 1966 –escribió el maestro yucateco– que éramos espartaquistas de una de las dos corrientes (la de Guillermo Rousset) que funcionaron en México porque, como Rosa Luxemburgo y sus camaradas, nos habíamos alejado del Partido Comunista Mexicano dado que era un partido socialdemócrata muy entregado, primero a la línea stalinista y luego a jruschoviana, así como la mayoría de nosotros en el debate ideológico chino-soviético”. Pero, añadió: “Después de aquellos años el espartaquismo sólo fue historia, aunque Rosa Luxemburgo sigue presente con sus polémicas contra el reformismo de la socialdemocracia y planteando frente al centralismo de Lenin un partido de masas”.

Efectivamente, con el paso de los años, el leninismo iría quedando atrás, mientras el luxemburguismo se revaloraría cada vez más. El mismo José Revueltas, ya en pleno derrotero autogestivo, descubrió cómo en el movimiento de 1968 la juventud tomó “otra vez del brazo y la condujo entre millones de manifestantes a la delicada, dulce, enérgica Rosa Luxemburgo; llevó consigo a Carlos Liebknecht”, para retomar “en la acción, con el más creador y viviente contenido, la democracia socialista, suprimida por la burocracia mundial de todos los partidos. La antigua democracia del cuestionamiento libre, del juego de tendencias, del derecho a discrepar en el seno de todos los partidos obreros y revolucionarios, cualquiera sea la plataforma política de éstos”.
La ola alemana
No es que la figura de Rosa Luxemburgo fuera desconocida en México antes de la fundación de la LLE y el 1968. A este país llegaron, refugiándose de la persecución nazi, varias decenas de integrantes del Partido Comunista de Alemania, que los espartaquistas fundaron el 30 de diciembre y el 1 de enero de 1919. Aquí organizaron el “Club Alemania Libre”. Y, aunque el pensamiento de Rosa la Roja no era necesariamente un elemento doctrinario fuerte entre ellos, su papel en el nacimiento del partido y en la Revolución alemana sí lo eran.
Rosa tenía, a pesar de todo, pasaporte para viajar en las distintas etapas del movimiento comunista como revolucionaria. No obstante las diferencias e intensos debates que tuvo con ella, Lenin la tenía en alta consideración. “A veces, las águilas vuelan más bajo que las gallinas, pero las gallinas jamás podrán elevarse a la altura de las águilasescribió el líder bolchevique. Rosa Luxemburgo se equivocó […] Pero a pesar de todos sus errores, fue y seguirá siendo un águila”.
Dos de esos exiliados, el pedagogo Otto Rhüle, autor de El alma del niño proletario, diputado socialdemócrata de Sajonia que en 1915 votó contra la aprobación de los créditos de guerra y fundador de la Liga Spartakus y miembro de ésta hasta 1917, y su esposa Alicia Gerstel Rhüle, llegaron al país desde 1935. Muy a la izquierda de los comunistas alemanes, él trabajó aquí como asesor de la Secretaría de Educación Pública en plena educación socialista.
La memoria de Rosa la Roja fue defendida y reivindicada por León Trotsky y el trostkismo. “Más de una vez –escribió el Profeta desterrado en 1934– hemos asumido la defensa de Rosa Luxemburgo contra las malas interpretaciones insolentes y estúpidas de Stalin y su burocracia. Seguiremos haciéndolo”. Dos años antes lo había hecho en el artículo “Fuera las manos de Rosa Luxemburgo”.
A su manera, los comunistas mexicanos retomaron también la figura de la revolucionaria polaca y la incorporaron a su nomenclatura, sin necesariamente recuperar ni estudiar sus aportaciones teóricas. En su prensa aparecieron unos cuantos artículos sobre la revolución polaca. Formaron también centros y organizaciones femeniles con ese nombre, como el organizado en Xalapa en 1926, con las obreras, esposas y familiares del sindicato textil San Bruno.

El investigador Jaime Ortega recuerda un texto inédito, elaborado por Víctor Hugo Pacheco, en el que se narra que la Editorial Frente Cultural publicó, en 1945, una reimpresión de una traducción española a cargo de Manuel Pedroso de El capital, de Carlos Marx, que incluyó materiales de Rosa Luxemburgo y advierte que en la editorial Cenit-México hay una edición temprana de Reforma o revolución.
 
Ondas expansivas
La obra de Rosa Luxemburgo comenzó a difundirse en México de manera masiva a partir de la década de los años setenta del siglo pasado. Editorial Era publicó en 1974 la acuciosa biografía de ella elaborada por Paul Nettl, y Editorial Fundamentos editó en 1976 el clásico Rosa Luxemburgo, Pensamiento y acción, del militante comunista (expulsado del partido) Paul Frölich. En 1971 aparecieron los libros de Hanna Arendt: Rosa Luxemburgo 1871-1919, y el de Edward H. Carr, Rosa Roja, parte de 1917, antes y después.
La Colección 70 de Editorial Grijalbo editó en 1967 Reforma o revolución, en 1970 Huelga de masas, partido y sindicatos, y en 1971 La comuna de Berlín. Poco tiempo después llegaron a México Introducción a la economía política, La acumulación del capital o diversas reflexiones sobre la huelga de masas en Cuadernos de Pasado y Presente. La misma Editorial Era publicó sus Obras escogidas en dos tomos, con el prólogo de uno de los intelectuales claves en la difusión, traducción y análisis de su obra: Bolívar Echeverría. “A lo mejor -escribe el prologuista en 1978-, el discurso de Rosa Luxemburgo comienza apenas a ser verdaderamente escuchable dentro de las fuerzas revolucionarias: a tener la oportunidad de tomar cuerpo en la acción política de la clase proletaria”.
El filósofo ecuatoriano Bolívar Echeverría, profesor emérito de la UNAM, llegó a México en 1967, proveniente de Alemania, donde se familiarizó con la obra de los espartaquistas y el comunismo de los consejos (https://bit.ly/2UsHRM3). En la revista Solidaridad, órgano de los electricistas democráticos dirigidos por Rafael Galván, publicó, con el seudónimo de Javier Lieja, un par de artículos sobre la autora de Reforma o revolución. En el número 4, de mayo de 1969, un trabajo titulado “Rosa Luxemburgo en el cincuentenario de su sacrificio”, y en el número 14, de febrero de 1970, otro con el nombre de “Lenin y Rosa Luxemburgo”. Su libro El discurso crítico de Marx comienza con una cita de Rosa Luxemburgo e incluye un par de ensayos sobre la revolucionaria polaca (que son un verdadero homenaje) en los que analiza la relación entre conciencia de clase y espontaneidad obrera, y entre el terreno nacional y la dimensión internacionalista.
Rosa Luxemburgo escribió y luchó en una época y en un movimiento en el que el marxismo era fuente de legitimidad, identidad, cohesión y diferenciación. Funcionaba, simultáneamente como una ideología popular y una guía para la acción. Era parte orgánica de un movimiento real, vivo, que, a su vez, facilitaba la existencia de ese movimiento.

No deja de ser interesante que el reconocimiento de la figura de Rosa la Roja y el boom de su obra se produzca en un momento en el que el marxismo ha dejado de ser –como lo calificó Jean-Paul Sartre, el Saber de nuestro tiempo. Muy probablemente la respuesta a esta paradoja se encuentre en que, conforme el mundo se acerca cada vez más a una catástrofe ambiental o a una hecatombe guerrerista, el dilema formulado por ella, de “socialismo o barbarie”, es más actual que nunca.

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