martes, 5 de marzo de 2019

LA LIBERACIÓN DE LAS MUJERES NO SERÁ UN PRODUCTO DE LA REVOLUCIÓN, DEBE SER SU MOTOR

Sin la participación de las mujeres no habrá revolución
Por  Colectivo del Periódico El Zenzontle
04 de marzo de 2019.
Por donde se mire, el panorama para las mujeres en México es nada alentador. La estadística oficial cita entre 7 y 9 feminicidios diarios a nivel nacional.
En Veracruz, uno de los tres estados con el mayor número de feminicidios en el país, una diputada de Morena propuso hace poco que una solución ante ello sería implementar un toque de queda nocturno para las mismas mujeres. Independientemente de que eso dice sobre la falta de consciencia de la diputada que sufrimos la mayor cantidad de agresiones sexuales en nuestros hogares y espacios privados, su propuesta señala un problema de fondo mucho más preocupante: vivimos en y reproducimos una cultura de la violación. Es decir, la sociedad en la que vivimos y se nos enseña a ser mujeres y hombres, con su estructura capitalista hetero-patriarcal celebra la cosificación del cuerpo femenino, establece como regla básica de convivencia el que las mujeres pertenecemos a los hombres, nos deshumaniza, regula nuestra sexualidad, nos reduce a espectadoras y también culpables de las violencias que vivimos y nos castiga con una serie amplia de represalias si intentamos reclamar espacio, voz, vida. En el “mejor de los casos” se nos aísla y ridiculiza como exageradas, histéricas y conflictivas, quizás se nos brutaliza y se nos viola para enseñarnos a obedecer mejor y en el “peor de los casos” se nos mata.
Aún muertas, escribe una compañera, nos odian. Somos las culpables de nuestra “des-fortuna” y quizás lo más lacerante es que, a menudo, nos la creemos. Ante el surgimiento de los movimientos #NiUnaMenos y #MeToo, ante las movilizaciones por el derecho a decidir y tener acceso a un aborto seguro y gratuito, se nos ha respondido con acusaciones de ser “putas”, “egoístas”, “feminazis”. Se cuestiona la veracidad y la intención de nuestras “acusaciones” de acoso, violencia psicológica, física y sexual. Como si el deseo de ser libres y seguras no fueran motivos suficientes o necesarios. Reconocer el terreno desmoralizante en el cual estamos paradas y parados es y será necesario si pretendemos aún reclamar otro horizonte: nunca más una revolución sin nosotras.
El hecho es que la violencia patriarcal está matando no sólo a las mujeres y niñas, sino que a la especie humana, al medio ambiente; la vida en todas sus expresiones. Como movimientos sociales que le apuestan a cambios radicales, si seguimos aferrados a una ceguera selectiva respecto a la violencia de género estaremos asegurando que esa tormenta nos devore completamente.
La violencia patriarcal, esa que nos ha separado de nuestros cuerpos, sentimientos, y de nuestro bienestar mental es la misma que justifica la destrucción de los bosques, de las montañas y del mar. Por lo mismo, y ante el colapso que se hace cada vez más inminente, es urgente entender a fondo en nuestros espacios de organización que no sólo la revolución no se debe hacer sin nosotras sino que no se puede hacer si no se centra en una política antipatriarcal.
Las respuestas, no vendrán de arriba. La llamada cuarta transformación ya hace evidente sus políticas anti-mujeres con recortes de apoyo a programas fundamentales para mujeres violentadas como un ejemplo de su postura machista y neoliberal. Si miramos abajo, entre nosotras y nosotros, la lucha kurda lo ha exhibido y expresado bien, retomando la lucha de las mujeres y la preservación ecológica como dos de sus ejes fundamentales. Una y otra vez las compañeras kurdas lo han dicho: la liberación de las mujeres no será un producto de la revolución, debe ser su motor. Si no, nos quedaremos muy cortos, y peor tantito, quizás lo que construyamos sean las mismas pesadillas que nos han acechado hasta ahora.
Hoy, aparte de centrar nuestros esfuerzos en las defensas de territorios y resistir los megaproyectos de destrucción masiva, debemos aprender y por fin aceptar que la lucha de las mujeres, o como se llame en sus distintas geografías -participación de las mujeres, lucha feminista, lucha antipatriarcal- no puede seguir siendo una posdata de esfuerzos diseñados por y para hombres. No podemos seguir siendo una nota de pie de página en los planes de cinco años. La emergencia está, los ejemplos y las experiencias están. Falta la escucha comprometida. Falta quizás por fin elevar la pregunta “¿qué es lo más ético?” al nivel de “¿qué es lo más estratégico?”. Somos organizaciones y movimientos creados y constituidos en medio de una cultura de la violación. En consecuencia, la cultura de la violación, esa que se alimenta con la construcción de la mujer sub humana, es parte también de nuestras organizaciones y movimientos.
Quizás este 8 de marzo, y todos los días después, falte reconocerlo, hacer de la violencia patriarcal y las estrategias contra ella, una prioridad real en nuestros espacios. Al final, el panorama es y será el que construimos.

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