miércoles, 22 de mayo de 2019

LA REPRESENTACIÓN ES LA EPISTEMOLOGÍA DE LA DEPREDACIÓN #CambioClimático

Tres décadas para una hecatombe que amenaza a la especie humana con su posible desaparición
Javier Hernández Alpízar,
Babel,
Zapateando:
21 de mayo de 2019.
“Hay dos grandes modos de conocimiento para nosotros los humanos: uno que consiste en hacernos un dibujo, un diseño, una representación de la estructura de las cosas que tenemos delante, y otro que consiste en reconocer las cosas mismas.”
Mariá Corbí. [1]
Si hemos de creer que las casualidades no existen, no fue casual que hallara, sin buscarlo porque no lo conocía, el libro de Mariá Corbí, El conocimiento silencioso, las raíces de la cualidad humana. Corbí es un autor, no autora (en México, podríamos confundir el nombre “Mariá” con el de “María”, que es normalmente femenino, excepto en ciertas combinaciones como “José María”).
El título mismo es atractivo, porque el adjetivo “silencioso” cambia la cualidad del sustantivo “conocimiento”. Estamos inmersos en una cultura y modelo civilizatorio que dogmatiza y hace hegemónico el apotegma: “conocimiento es poder”, donde “poder” connota: “poder sobre los otros y sobre lo otro”, es decir: dominación, opresión, explotación, tiranía, “dictadura sin dictador” (sistema opresor); la expresión de la especie “homo sapiens sapiens” como predador en el vértice superior de la cadena alimenticia. Las consecuencias de esa desmesura las estamos viviendo, ante la revelación por la ONU del plazo de tres décadas para una hecatombe que amenaza a la especie humana con su posible desaparición ante el desastre global que representa la extinción masiva de al menos un millón de especies animales y vegetales, incluidos los grandes mamíferos y demás animales cuya presencia acompañó nuestra vida en el planeta. Solamente en recientes días se anunció la extinción de una especie de rinoceronte (realmente estamos extinguiendo a los unicornios) y la “extinción funcional” de los koalas; en México siguen ese camino la vaquita marina y muchas otras especies amenazadas, en riesgo, en peligro o ante la inminencia de la extinción, como el emblemático ajolote (axolotl) y el antes sagrado jaguar, amenazado por los “desarrollos” en el sureste: trenes, complejos turísticos, explotación comercial de la Lacandona, militarización, urbanizaciones y estrategias de contención de la migración centroamericana.
En el libro de Mariá Corbí se habla, desde la antropología, la lingüística, la filosofía y una actitud no dogmática, sino abierta a las sabidurías de las pasadas culturas (expresada en sus mitos, religiones, místicas y literaturas sagradas o sapienciales), de un “conocimiento silencioso”, es decir, no violento, no depredador, no posesivo, no explotador.
El autor expresa en este libro, antología de textos dispersos en su obra, que el ser humano tiene un acceso doble a la realidad. La primera forma de acceso es la ya aludida: desde nuestro yo y nuestras necesidades, formamos una representación egocentrada de nuestra realidad como campo de caza: el ego frente a un mundo al que hay que salir y del cual tenemos que regresar con una presa. Es una estructura humana (compartida con los animales), una estructura que el habla potenció, quizá hipertrofió, para nuestra especie. Sin embargo, los animales que hablamos tenemos otra forma de acceso a la realidad, una que cultivaron en la antigüedad y hasta antes de la cultura moderna (industrial, capitalista, tecnocientífica e incluso tecnolátrica) los pueblos del mundo.
Esta segunda, esta otra forma de acceso a la realidad, es la que ve a la realidad no como relativa a nuestro ego y necesidades, deseos y temores, sino como absoluta, como “Eso que es”, simplemente “es”, sin nosotros, e incluso “Eso” de lo que somos parte. Una suerte de realidad cósmica.
Para poder acceder a esta realidad absoluta, las “cosas en sí”, sin relación con nuestro ego, necesitamos cultivar ciertas capacidades del alma o la mente o el espíritu humano: interés por la realidad absoluta, tal como ella es, sin mi yo y sus conocimientos, opiniones y prejuicios; desapego y distanciamiento: no ver la realidad como campo de caza; silenciamiento del yo, el ego, y su voz estructurada desde el dualismo sujeto-objeto. Los grandes sabios de la humanidad, dice Mariá Corbí, cultivaron esa cualidad humana (el doble acceso a la realidad exclusivo de los animales que hablan) y lo expresaron en las formas culturales preindustriales: las religiones y mitos, los textos sagrados y místicos todos: cristianos, islámicos, hindúes, chinos, budistas, etcétera.
Corbí expresa claramente que no podemos ya ser creyentes, religiosos ni tratar de revivir esas creencias ni esas formas de vida; no hay en esa literatura una guía para la vida en este mundo o para otra vida en otro mundo: hay una sabiduría de la experiencia en ese doble acceso a la realidad, una vivencia que suspende el dualismo sujeto-objeto: predador-presa y nos comunica con la no-dualidad, la unidad de todo lo que es y de lo que formamos parte.
Además de la forma de conocimiento como representación, nuestra epistemología o estrategia cognitiva como predadores superiores, los animales que hablamos tenemos otra forma de acercarnos a la realidad desde el interés por lo absoluto, el desapego y distanciamiento y el silenciamiento de nuestro ego y sus necesidades, pasiones e intereses.
Corbí invita a su lector a recuperar esa sabiduría, leyendo no religiosa ni supersticiosamente los libros de los maestros de la sabiduría, sino leyéndolos como experiencias del doble acceso a la realidad, testimonios de las experiencias y disciplinas para cultivar la cualidad humana (interés por lo absoluto, distanciamiento, silenciamiento) e incluso, quizá, en un grado sumo, como cualidad humana profunda (la de las y los grandes maestros).
La sabiduría cultivada por ese conocimiento silencioso tiene repercusión en el mundo cotidiano, el “mundo de la vida” del que habla la fenomenología husserliana: ayudaría a distinguir lo esencial de lo accesorio y a dar importancia a lo que la tiene y no a lo que es secundario (la vanidad y narcisismo imperantes, por ejemplo), lo que Karel Kosík en sus Reflexiones antediluvianas llamó “arquitectónica”.
No parecen casuales las coincidencias (en nuestra lectura, desde luego) de Mariá Corbí con otros autores (Simone Weil, Husserl, Heidegger, Adorno y Horkheimer, Wendell Berry, Iván Illich, Karel Kosík, etcétera) que han criticado la modernidad y señalado que el ser humano se convirtió en una suerte de imperialista sobre lo otro. Se trata de un caso en que el excesivo éxito de nuestra inteligencia depredadora se ha vuelto contraproducente y nos ha puesto al borde de la extinción de nuestro mundo, al borde de un final violento, infernal, que tal vez no aniquile del todo la vida, pero que, como ocurrió con las anteriores cinco extinciones masivas, esta vez pudiera abrir paso a una era geológica posthumana. Aunque en el caso de Corbí, él no es antimoderno e incluso cree que desde el saber tecnocientífico contemporáneo se puede y debe entender de una manera propia (no teísta) el conocimiento silencioso que reconoce lo que es. Así por ejemplo: “Hay que aprender a sentir la tierra, cada planta, cada animal y cada ser, contando con las inmensidades de los espacios que han sido necesarios para que cada uno de esos seres sea. Han tenido que existir las inmensidades de los soles y las inmensidades de sus procesos para que un pequeño ser, una planta o un insecto, haya podido venir a la vida. Así es que cada ser viviente incorpora en su ser esas inmensidades de tiempo, espacio y procesos”. [2]
No se trata de una idea religiosa, no se necesita creer en dogmas (que, por otra parte, ya no podemos creer), es una cualidad de la especie humana, una cualidad antropológica, cualidad que dejamos de cultivar (no florece espontáneamente), tal vez, como la arquitectura moderna y actual ha dejado de cultivar, diría Christopher Alexander, la “cualidad sin nombre”: un hábitat construido que no rompe con los patrones de la naturaleza, sino que los respeta y prolonga en una cultura humana que busca la paz, la armonía.
Sin duda esa cualidad humana parece ausente cuando la imagen del hombre de negocios actual es la de un “tiburón financiero”. Un sujeto (cazador) que puede describirse cabalmente con los versos de una canción de Luis Eduardo Auté: “Hoy cualquier cerdo es capaz de quemar el Edén por cobrar un seguro”. Sin cualidad humana nos estamos volviendo inviables como especie, pareciera que la Tierra se cura de una enfermedad llamada “homo sapiens sapiens”, o como la llama Leonardo Boff: “homo sapiens demens”.
Probablemente no seamos capaces de detener el fin (lo cual no quiere decir rendirnos, porque podemos agotar el tiempo tratando de salvar la vida hasta el límite de nuestras fuerzas) que la especie y su sistema industrial depredador global ha construido, pero tal vez seamos capaces de afrontar el fin humanamente, con la conciencia de que hemos sido humanos no solamente como grandes mamíferos depredadores, sino como un predador que era capaz de silenciar su epistemología de cazador y tratar de reconocer y atestiguar las cosas mismas: eso que es y que seguirá siendo, con nosotros e incluso: ya sin nosotros.
NOTAS:
[1] Mariá Corbí, El conocimiento silencioso, Las raíces de la cualidad humana, Fragmenta Editorial, Barcelona, España, 2016, pág. 77.
[2] Mariá Corbí, Ibíd., págs. 190-191.

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