sábado, 29 de junio de 2019

LOS NUEVOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN, UN REGRESO AL FUTURO

Nos dirigimos a un mundo concentracionario de nuevo tipo
Hermann Bellinghausen,
Desinformémonos, periodismo de abajo:
28 de junio de 2019.
Asistimos a una legitimación de los campos de concentración que no pensamos que fuera a ocurrir. Los campos mismos no parecían tener remedio, se seguirán repitiendo como en Siberia, Camboya, los Balcanes. Lo sorprendente es su normalización creciente. Y aunque estos días se lleven todo el crédito la tozudez de Donald Trump y sus bonos electorales, sería injusto ignorar las aportaciones ensayadas en la Europa meridional para modernizar y hacer funcionales, dentro de sus fronteras, campos de concentración que por supuesto reciben otros nombres y son apoyados por el electorado blanco. Las guerras en Asia y África no dejan de recordarnos la vigencia y la utilidad de los campos de concentración o “de refugiados”. Los conflictos sin fin en Irak, Siria, Yemen, Sudán, Congo y Camerún han borrado las barreras entre campos de refugio y de encierro.
Hay extremos que desafían las leyes y los derechos más elementales. Los radicales islámicos tipo Boko Haram practican diversas formas de campos de encierro, esclavitud y exterminio en el centro de África. ¿Pero qué otra cosa hace Israel de Gaza y Cisjordania sino dos grandes campos de confinamiento in situ? ¿O Marruecos con la nación Saharaui? ¿Turquía con los kurdos? Ahora bien, con o sin guerra, en casos como Israel y Marruecos, la intención fundamental radica en un despojo territorial, siguiendo la peor tradición colonialista. En cambio, los campos para migrantes indeseados en el sur de Estados Unidos, y de Melilla a Turquía, son para contener y expulsar; en el mejor de los casos, “filtrar” selectivamente.
No hace mucho la nación budista de Myanmar intentó la receta de confinamiento y exterminio, y su ejército se apuntó bastantes golpes genocidas antes de verse obligado a (sólo) expulsar a la minoría rohingya hacia los países vecinos, que a su vez establecieron locaciones cerradas para confinar a estos visitantes indeseados, sin ocultar su impaciencia por retornarlos.
Si en este caso los motivos eran étnico-religiosos, los campos de Pol Pot en Kampuchea (aquellos Killing Fields inolvidables) llevaron al extremo la paranoia estaliniana para redimir y purificar una nación decadente y débil. Su meta era, como subrayara José María Pérez Gay, “el imperio de la amnesia” (El príncipe y sus guerrilleros. La destrucción de Camboya, Cal y Arena 2004). Angkar, la organización revolucionaria que toma el poder en los años setenta del siglo XX, considera que la enfermedad de la sociedad camboyana es culpa del “virus de la memoria”, que es reaccionaria y decide suprimirla. A tono con su compulsión contra el recuerdo, los jemeres no dejaron registro fotográfico ni documental de sus campos; sólo quedaron los esqueletos de las fosas y los testimonios de los sobrevivientes. Se estima en un millón y medio la cifra de muertos, pero nadie estuvo allí para contarlos.
Cita Pérez Gay a Pan Yathay (1978) cuando describe cómo en la Kampuchea Democrática, las veinticuatro horas de la vida cotidiana se dividían en “doce horas de trabajo físico, dos para comer, tres para el descanso y la educación, siete de sueño. Estábamos en un inmenso campo de concentración”. Se refería a la población no asesinada.
La experiencia histórica enseña que tales campos no necesariamente son de exterminio. No en un sentido lato. Verdad es que el modelo perfeccionado por los nazis sentó las bases metodológicas de lo que estamos presenciando en la frontera de México con Estados Unidos, pero hay diferencias: aquí no hay cámaras de gas, el confinamiento es en principio temporal y punitivo, y los “hornos” corren por cortesía del desierto en Texas y Arizona. El castigo al indocumentado es por su bien, lo humanitario cristiano rezuma discursos y regulaciones internacionales, mientras existe un pacto de silencio implícito entre los gobiernos y los poderes económicos respecto a los derechos humanos y las reglamentaciones de la justicia internacional en materia de refugiados en masa. Un silencio que tienden a compartir y tolerar las sociedades racistas y neonacionalistas dentro de Occidente (no afuera: la complicidad capitalista nunca muestra fisuras para legitimar, o ignorar, los abusos constantes en que basan sus hegemonías regionales Arabia Saudita e Israel, bajo parámetros que Estados Unidos o Alemania jamás admitirían en sus territorios ni contra sectores de su población, como son la discriminación brutal de la mujer árabe o la ciudadanía de segunda para los palestinos israelíes).
La versión actual de campo de concentración se empata con naturalidad a los centros de confinamiento para migrantes “ilegales” procedentes del sur. A Europa llegan de Asía y África. A Estados Unidos, de “su” sur: México, Guatemala, Honduras, El Salvador, Haití, Cuba, y ahora del África central, cuyo éxodo ya rebosó la distancia Atlántica y toca a las puertas del paraíso cowboy. Dato adicional es que la alta demanda de estas instalaciones constituye un gran negocio, y en consecuencia son administradas por corporaciones privadas que obtienen pingües ganancias. Vieran lo bien que cotizan en Wall Street. Sí, los campos de concentración.
Como advertía Carl Amery en 1998, Auschwitz no fue “una catástrofe natural sin vínculo alguno con el devenir ordinario de la historia, sino una anticipación aún primitiva de una opción posible del siglo que comienza” (Auschwitz ¿comienza el siglo XXI? Hitler como precursor, Turner y Fondo de Cultura Económica, 2002).
Auschwitz, Texas
Tras el escándalo por el abandono criminal de los niños migrantes encerrados en unas instalaciones en Clint, Texas, la tercera semana de junio, ahora las agencias y los noticieros andan muy atentos a los campos de confinamiento promovidos con empuje por el gobierno de Trump (no iniciados por él, los heredó) en un contexto electoral donde proveen munición mediática en contra, y a favor, del inminente candidato republicano. Necesita armarse algún escándalo mayor para que las denuncias provoquen disculpas, rectificaciones formales, ajustes menores. En tanto, sigue en auge la retórica para perseguir, maltratar y expulsar a los migrantes del sur.
Meses atrás, The Nation (26/marzo/2019) había publicado el testimonio estremecedor de Martin Garbus después de visitar un centro de confinamiento para migrantes centroamericanos en Dilley, Texas, a 120 kilómetros de la frontera con México. El centro de encierro para familias más grande de Estados Unidos es “de hecho una prisión, un campo de internamiento”, escribe quien representara en tribunales a Nelson Mandela, Dan Ellsberg y César Chávez. No es gente que se espante de estas cosas:
“En mis décadas como abogado, hijo de un migrante judío ilegal huyendo de los pogromos en Polonia, he visto a los gobiernos, nuestros y de otros, maltratar víctimas inocentes. Vi a la policía de Sudáfrica atacar brutalmente a manifestantes, incluyendo mujeres y niños. Vi a los fanáticos atacar las marchas en sur de Estados Unidos. Vi como golpeaban y les disparaban a los seguidores de César Chávez”, expone.
“Pero lo que vi en Dilley quedará conmigo para siempre. Pocos seres más desamparados que las mujeres y los niños en Dilley”, que no son “los violadores y asesinos de los que habla Trump”.
Garbus ofrece una descripción del procedimiento, el camino del migrante centroamericano que desemboca en el horror de las facilities texanas. En Dilley encontró unas 500 personas, mujeres y niños, procedentes del “triángulo norte de Centroamérica, Honduras, Guatemala y El Salvador”. Llegaron a Estados Unidos en primer lugar, “no para salvarse ellas mismas de la pobreza y el inacabable abuso físico y sexual, sino para salvar a sus hijos e hijas. Las madres comprendieron que se enfrentaban al abuso sexual, la violación, la violencia y el asesinato de su prole, y estarían más seguras en Estados Unidos”. Casi todas huían de eventos recientes, un mes digamos; “ataques fallidos o no de sus depredadores, sobre todo contra sus hijas, hechos por pandillas, el gobierno, familiares o desconocidos”.
Casi todos los detenidos estaban enfermos. Habían cruzado el Río Bravo en las dos últimas semanas cerca de McAllen, para entregarse. “Los agentes las metieron a ‘la hielera’, un edificio refrigerado donde cada noche tratan de dormir sobre el cemento, importunadas día y noche por agentes para que no duerman. Los baños no funcionan y la mayoría hace sus necesidades allí mismo”. Dos sandwiches durante cuatro días, para cada una y sus niños. Días completos sin comida. Ninguna atención médica. Aunque no deberían permanecer allí más de 12 horas, hay quienes permanecen una semana en “la hielera”.
De ahí a “la perrera”, donde las familias son encerradas “en jaulas, separadas por malla ciclónica… como animales”. Pero al menos, confiaron a Garbus las reclusas, “era más caliente que ‘la hielera’”.
En Dilley, el ocasional visitante no puede tocar a los detenidos, ni consolar a los niños si lloran, ni regalarles una paleta. Abogado o voluntario que lo haga será expulsado. El lugar es gestionado por CoreCivic, empresa que donó 250 mil dólares para la campaña de Trump, y otro tanto para su toma de protesta. La floreciente compañía firmó un contrato por un millón de dólares con la Homeland Security.
Podría ser peor. Muchos centros de detención no fueron construidos para albergar personas. En South West Key, Texas, uno que se acondicionó en un Wal-Mart vacío ha recibido un millón 300 mil dólares del gobierno durante ocho años. “Entre más migrantes almacene Trump en la frontera, se necesitarán centros más grandes”, apunta Garbus: Follow the money, sigan el dinero. “No hay otra razón para que esta gente esté encerrada que las ganancias de los contratistas privados”.
Su conclusión es desoladora: “Las experiencias de las mujeres y los niños evocan la cuidadosa, calculada y precisa tortura descrita por Franz Kafka en ‘La colonia penitenciaria’. Kafka describe la eficacia y los errores de las máquinas de los verdugos, como las agujas que se introducen profundamente en el cuerpo de la víctima”. En Dilley, admite, “no se escuchan los gritos ni vemos sangrar a las madres y sus hijos, pero desconocemos los traumas profundos que les infligen aquí a sus ya traumatizados cuerpos. En sus ojos vi los gritos de su silencio”.
El delito es ser pobre, como siempre
No hay que buscarle mucho. Consulte el lector “Campos de concentración” en Wikipedia, y se encontrará con una descripción casi exacta, casi explícita, de las instalaciones estadunidenses para detener y escarmentar a los migrantes del sur en 2019. Bien lo reflexionaba Hannah Arendt una y otra vez: la deshumanización de la víctima normaliza el maltrato, lo hace parecer adecuado y justifica los criterios productivos, “científicos” y de “seguridad” (donde, para el poderoso, la seguridad de la víctima está descartada de antemano ya que, como predica Trump a su público para “no dejarse engañar”, “ni los niños migrantes son inocentes”, hay que castigarlos). Mencionemos, sin abundar, la horrenda práctica estadunidense de dispersar a los menores en orfelinatos y casas de acogida, hasta que muchos se les traspapelan y “se pierden”. O sea, son robados (¿para adopción, para tráfico sexual?).
El caso de Clint, también Texas, pisó los callos mediáticos de la Casa Blanca y hubo “respuesta institucional” la semana pasada. El pasado 21 de junio, en el noticiero de PBS, radio pública estadunidense, la abogada Warren Binford, catedrática de derecho en la universidad Willamette, Oregon, en su visita a los niños detenidos en Clint encontró un cuadro que, al ser retomado por las agencias, causó la indignación real o fingida de los justos. El centro fue desmantelado dos días después, y la mayoría de los menores enviados a otra parte, en un escándalo tal que hasta el vicepresidente Mike Pence tuvo que fingirse encabronado el día 24 en una rueda de prensa.
Aquí el testimonio de Binford: “Básicamente lo que vimos fueron niños sucios y malnutridos, en severo abandono. Se les mantiene en condiciones inhumanas, almacenados, hasta 300 en una sola celda, sin supervisión de un adulto. Tenemos niños cuidando a los menores”. Cuenta de un pequeño de dos años sin pañales. ¿Por qué sin pañales? No los necesita, le dijeron, y enseguida se orinó. “Los niños no deberían cuidar niños”. Además reciben escasa y mala comida, en completo abandono médico. “Enfrentamos una epidemia de gripe, infestaciones de piojos. Tenemos niños durmiendo en el piso. Son las peores condiciones que he visto en todos mis años de hacer estas inspecciones”.
Añade que casi ninguno de estos niños cruzó solo la frontera. Llegaron con alguien de su familia, fueron separados, y tratan de reunirse con familiares que ya viven en Estados Unidos: padres, abuelos, tíos, hermanos, “que los esperan para hacerse cargo de ellos”. Concluye Binford: “en resumidas cuentas lo que estamos haciendo es arrebatar a los niños de sus familias en la frontera, y meterlos en condiciones inhumanas dentro de instalaciones de la Patrulla Fronteriza donde nunca debieron estar”.
Cuando las barbas de tu vecino comiencen a salpicar
El escenario de campos de refugio, contención, castigo, y como quiera de encierro no debe sernos indiferente. Lo estamos viendo en Tapachula y Ciudad Hidalgo para frenar la marea, mientras en el norte del país el pronóstico es reservado ante la inminente deportación desde Estados Unidos de miles de migrantes centroamericanos y de otros orígenes, muchos de los cuales “esperarán” en México la solución a su demanda de asilo o regularización migratoria en Estados Unidos. No retornarán a sus países y por un tiempo indeterminado residirán aquí. También están llegando los expulsados definitivamente, incluso con antecedentes criminales. Y se aglomeran en el border los que no han logrado cruzar, o desistieron de hacerlo y se están hallando, o quedaron atrapados, en Tijuana o Juárez.
Nos dirigimos a un mundo concentracionario de nuevo tipo. Y México está en el ojo de ese huracán. No podemos voltear a otro lado. Está sucediendo..

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