miércoles, 24 de julio de 2019

Estado autoritario “progresista y liberal”: el río de crisis de un gobierno que no alcanza el poder real

En la orilla de las crisis 
Editorial de Comunera 43.
                                                                                                                      24 de julio de 2019.  

México tiene un nuevo gobierno que se autoproclama como “nuevo régimen”, esto querría decir, si así fuera, que se ha dado un cambio sustancial en el sistema de dominación y en las fuerzas beneficiadas con sus políticas. Incluiría además una nueva forma de gobierno, no solo un estilo de gobernar diferente personificado en su presidente en turno, sino el modo como participan las clases sociales en el Estado, sus instituciones y aparatos. 
Consideramos que tal cambio de régimen no se ha producido y quizás en sus rasgos principales se refuerza: la economía y los aparatos de represión no se han modificado y más bien cumplen un ciclo de descomposición y reacomodo, producto de los ciclos del capitalismo y de la incapacidad de transformar el largo periodo de violencia militar y paramilitar que padece el país.  
Además, el gobierno actual se propone convertir el amplio caudal de votos a su favor en 2018 que lo puso en la presidencia y en la mayoría del Senado y la Cámara de Diputados para lanzar proyectos de cooptación, compra, división e infiltración de movimientos, organizaciones sociales y políticas (incluidas las religiosas, culturales) para controlar desde las instituciones toda demanda, todo reclamo, toda decisión autónoma.  
Planteando supuestos beneficios sociales se iría destruyendo la independencia de las organizaciones sociales, se eliminaría la resistencia comunitaria y se controlaría a los grupos en rebeldía a lo que un Estado autoritario “progresista y liberal” considera como su vía pacífica de gobierno, el pacificador del tigre popular, la contención de los conflictos con leyes, consultas y programas para que se renuncie a la autodeterminación de los pueblos, a la defensa de los territorios y derechos sociales, a la disposición de construir poderes populares desde bajo y autogobiernos que construyan las asambleas para el bien común. Sin embargo, tanto proyecto, discursos y recorridos por el país de parte de López Obrador no logra la certeza de que ha mejorado su control en el sistema de dominación.  
Nuevas crisis han aparecido: separación entre sus funcionarios de las alas conservadoras y liberales del gabinete y partido con un neoliberalismo realmente gobernante; al mismo tiempo aparece la rebelión en la policía federal que se apenas se contiene reincorporando a quienes AMLO llama “en descomposición”, pero los recontrata en la Guardia Nacional; crecen los crímenes y los negocios de los narcoparamilitares coludidos con gobiernos estatales y con segmentos del federal; se emplean a fondo las argucias legaloides de empresas y ONG de la derecha tradicional para frenar los megaproyectos estelares más endebles del gobierno (Dos Bocas y Santa Lucía) y se deja hacer y deshacer a criminales como el Grupo México, envenenador de aguas continentales y de mares; se permite a las mineras, eólicas e hidroeléctricas mantenerse si ya tenían contratos y se conviene conciliar los contratos de gasoductos detenidos pero cobrando que se pagan con impuestos del pueblo vía CFE y PEMEX. Las crisis en el aparato de dominación alcanzan a “bases y grupos en la cúpula del partido Morena”, a becarios, grupos culturales y de científicos o a universidades que parecían estar entre los beneficiarios del nuevo gobierno y que ahora sufren la austeridad. Todos reclaman su parte, su lugar en las clientelas, o, los honestos, por su exclusión de las prioridades y urgencias del gobierno. 
Todo eso se trata hasta el hartazgo en las “benditas redes sociales”, en el chismorreo de los medios masivos para poner en uno o en otro bando, a grupos que cambian de opinión según cómo les va en y con el gobierno de la 4T. 
Cabe en el costal ver cómo en esos espacios se repone la fuerza de los grupos racistas, clasistas y del fascismo corriente que habían perdido fuerza con la caída electoral de sus partidos PAN o PRI o con el desplazamiento temporal de sus negocios en grupos filantrópicos y falsamente religiosos con raíces en la oligarquía, aunque otros “nuevos” están tomando su lugar.  
Sólo la articulación de las resistencias y rebeldías de comunidades y organizaciones democráticas estarán preparadas para no ser llevadas en el río de crisis de un gobierno que no alcanza el poder real, y menos puede cambiarlo del lado popular. 

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