lunes, 29 de julio de 2019

ZAPATISMO Y FILOSOFÍA TZELTAL: CH’ULEL Y EL SUEÑO DE UN OTRO DEVENIR

 Imaginar otra vida digna posible que se concretó en acciones 
Juan López Intzin,  
sociólogo maya Tzeltal de Chiapas 
Ojarasca / 267 
13 de julio de 2019. 

 Este ensayo apareció en un blog de El Salto, un medio colectivo formado por ocho proyectos territoriales (Andalucía, Extremadura, Euskal Herria, Galiza, La Rioja, Madrid y País Valencià), con más de 60 blogs. 
 A manera de introducción mencionaré en breves líneas que esta reflexión es el resultado de lo que llamamos en mi lengua natal, maya tzeltal, xchasujtesel o’tan, lo que en castellano significa aproximadamente “hacer volver de nuevo el corazón”. ¿A dónde? Sería la pregunta inmediata. Vale decir que no sólo es una expresión que aglutina algún sentido o significado en nuestra lengua y cultura. Nombra actos en un proceso histórico que tiene que ver con la reflexión profunda, con reconsiderar decisiones y proyectos políticos personales y colectivos. En otro sentido, nos podemos referir al retorno a nuestra ancestralidad. Dicho en otros términos, es hacer volver el corazón a un lugar o sitio -caracterizado por ciertos hábitos o estilos de vida- en donde ya estuvo en algún momento. 
En mi caso, la reflexión que hago parte de mi propia lengua, pero, como sujeto convertido en subalterno por un sistema hegemónico de conocimiento, tuve que despojarme de ciertos hábitos aprendidos desde dicho sistema. Sólo así me ha sido posible redescubrir constelaciones de pensamiento ancestral maya tzeltal que siempre han gravitado ahí, en la cotidianidad de la vida comunal, en nuestra propia lengua, en los momentos ceremoniales, en las leyendas, mitos y ritos que practicamos. Hacer volver mi corazón a mi propia ancestralidad ha sido una concatenación de actos múltiples y diversos que me han permitido efectuar una hermenéutica intercultural, visibilizando otros modos de cohabitar el mundo, de nombrar la vida, de ser-estar, sentir y pensar en-y-con el Lum-K’inal (Cosmos). 
EL ZAPATISMO Y EL XWAYCHINEL LUM-K’INAL  
Otro término sobre el que he reflexionado es el de xWaychinel Lum-K’inal, utilizado para referimos a los actos de soñar la vida en estado consciente, de soñar el mundo, de imaginar el devenir. Se trata de prefigurar de manera personal y colectiva ciertos deseos e ideales que se van concretando paso a paso. Una concreción, entre otras, del xWaychinel Lum-K’inal en Chiapas-México es el zapatismo. Un movimiento sistémico y articulado con otras propuestas locales y planetarias como resultado histórico de una deconstrucción y reconfiguración del Ch’ulel-espíritu-conciencia. 
La construcción política y reconfiguración de las mentalidades que existen en las comunidades para luchar por un “mundo donde quepan muchos mundos” requirió, además de vivir en carne propia el despojo y el desprecio, soñar el mundo, imaginar otra vida digna posible que luego se concretó en acciones. Es así como se construyó y se sigue construyendo ese otro mundo de vida digna posible. Sólo imaginándolo, soñándolo, se prefigura en el corazón, y al colectivizar el xWaychinel Lum-K’inal, se comienza a corazonar y se hace llegar mutuamente el Ch’ulel colectivo e histórico. El xWaychinel Lum-K’inal o prefigurar mundos de vida digna posible, no sólo son meros actos individuales desprovistos de la colectividad, sino un colectivo en donde se imagina o se piensa incorporada a la familia, la comunidad y el pueblo. 
Así, la llegada del Ch’ulel colectivo nos permite como pueblos prefigurar nuestros mundos de vida digna posible como consecuencia de una experiencia común y colectiva que hemos vivido históricamente. Por lo tanto, el xWaychinel Lum-K’inal tiene que ver con nuestra propia historia, esa que hemos tejido a lo largo y ancho del tiempo. De tal modo que los actos históricos del xWaychinel Lum-K’inal y el despertar del Ch’ulel son actos colectivos e individuales en donde el corazón y la mente de las personas son el primer espacio-territorio como sitios en los que emergen o in-surgen semillas de lucha y liberación. Dado que la in-surgencia del Ch’ulel y de las semillas de liberación no son sólo actos personales descontextualizados y desvinculados de otros espacios territoriales de Ch’ulel, corazonarnos y re-Ch’ulel-izarnos en colectivo es fundamental como nos ha mostrado la historia reciente de nuestros pueblos. Tal es el caso de las familias, comunidades, regiones, zonas, municipios autónomos y Caracoles zapatistas.  
ESPIRALES DEL XWAYCHINEL LUM-K’INAL EN LA EXPERIENCIA Y LUCHA ZAPATISTA  
El primer espacio-territorial como parte fundamental del núcleo duro de la lucha y resistencia zapatista -totalmente opuestas a la hiperindividualización de la modernidad capitalista- parte de lo personal en relación con la comunidad. Sobre este punto de anclaje y partida, los mismos zapatistas nos hablaron en el segundo nivel de la “Escuelita Zapatista” cuando compartieron su palabra sobre cómo fueron reclutados, ya sea en la fiesta o camino a la escuela, casa o milpa (porción de tierra sembrada con maíz, frijol, calabaza, verduras, etcétera). Este proceso se dio desde una convicción personal que poco a poco polinizó la idea y la necesidad de la lucha colectiva para levantar la dignidad pisoteada históricamente de nuestros pueblos. Éste sería un primer microespacio-territorio liberado en donde el Ch’ulel se constituye como un sujeto histórico y efectúa desde sí mismo actos de imaginar o prefigurar mundos de vida digna posible de forma sentipensada. El xWaychinel Lum-K’inal o prefigurar mundos de vida digna posible no sólo son meros actos individuales desprovistos de la colectividad, sino un colectivo en donde se imagina o se piensa incorporada a la familia, la comunidad y el pueblo. Una comunalidad sentipensada que siempre estuvo en la colectividad presente, futura y pasada. Es decir, se partió de lo que se estaba viviendo en ese momento como colectividad y al mismo tiempo prefigurando el futuro con un devenir más digno para las hijas e hijos. Por otro lado, la historia de injusticia, despojo y desprecio que vivieron esas abuelas y abuelos revitalizó el deseo de ser libres y recuperar los territorios. De tal modo que el pasado ancestral ha sido y es una especie de energía que nos impulsa a continuar con los actos de xWaychinel Lum-K’inal. La fuerza y el poder de la palabra y la voz sólo ha sido posible por el Ch’ulel colectivo y comunal, en donde la voz y la palabra que se escucha solamente es la voz de todas y todos. Es la voz y la palabra comunalizada. 
La segunda espiral de ese núcleo sería la familia y la comunidad. Los actos de xWaychinel Lum-K’inal ya no son sólo personales, sino que ahora existe un proceso de colectivización de las historias de dolores comunes que motivará el ejercicio del poder de la imaginación o prefiguración. Este inicio del compartir colectivo de la palabra es impulsado por la necesidad de hablar y compartir esta especie de don que se posee. Por lo tanto, a quien ya le ha llegado el Ch’ulel y está ejerciendo el poder de la prefiguración o imaginación, se siente obligado y tiene el deber de compartir esa palabra. Así, a quienes les fue llegando su Ch’ulel en su dimensión colectiva e histórica, saben que la palabra y la voz ya no sólo es propiedad del patrón o el amo de la finca o la hacienda. Incluso del ladino pobre o del cacique indígena. A los “usos y costumbres” impuestos por el patrón según los cuales frente a él había que guardar silencio, mostrar respeto y obediencia, incluso diciéndole “lo que mande mi patrón” o “sí mi amo”, se sentía que había un deber: levantar la voz y la palabra acallada históricamente. 
 EL CH’ULEL COLECTIVO, LA ASAMBLEA Y LA FUERZA DE LA PALABRA  
Voz y palabra no se crean ni se generan desde la pura soledad: era necesario el compartir en colectivo para despensarse, deconstruirse e imaginar de forma colectiva. Ésta es una de las grandes virtudes del zapatismo maya: la colectividad desde abajo, porque el sujeto que in-surgió fue desde la tierra que comenzó a prefigurar espacios-territorios muy otros, autónomos y, por lo tanto, liberados. Los silencios y susurros ahora son tormentas de voces multicolores, las miradas ya no sólo se dirigen al suelo, ahora miran de frente, arriba, de reojo y para todos lados. La fuerza y el poder de la palabra y la voz sólo ha sido posible por el Ch’ulel colectivo y comunal, en donde la voz y la palabra que se escucha solamente es la voz de todas y todos. Es la voz y la palabra comunalizada. Poco a poco se fue tomando la palabra en colectivo, lo que les permitió recrear o reconstruir un poder comunal y no unipersonal. El espíritu indisoluble de las palabras y voces zapatistas es la comunalidad y la colectividad. Éste es el espacio del poder de la palabra y la palabra del poder en común in-surgida en el espacio de una asamblea que, a diferencia de las propias de otros pueblos originarios en Chiapas, está compuesta por mujeres, niñas, niños, hombres, ancianos y ancianas. 
Los espacios-territorios actuales, así como el Ch’ulel colectivo de los pueblos zapatistas configuran lo que ha sido el deseo ancestral de liberarse y construir un mundo en donde quepan muchos y otros mundos con respeto, justicia y dignidad. 
Después de que consultaran las bases para iniciar una guerra contra el olvido, los zapatistas se dejaron ver el primero de enero de 1994. La fuerza y el Ch’ulel colectivo del EZLN no sólo surgió de esas personas que llegaron a la Selva Lacandona en 1983, sino de hombres y mujeres que se fueron congregando en la fogata de la palabra atizada por la misma historia de rebeldías y luchas de largo aliento. Esto mismo lo ha dicho la dirigencia zapatista: las comunidades ya tenían un trabajo colectivo del xWaychinel Lum-K’inal y ese grupo de gente llegado de fuera comenzó a tejer su palabra con las personas en “común-unidad” potenciando aún más el Ch’ulel colectivo. 
Uno de los resultados de esta compartición y corazonamiento colectivo se deja sentir en la “Ley Revolucionaria de las Mujeres” como muestra de un quiebre y bifurcación sociohistóricos y culturales, pero sobre todo como muestra de un Ch’ulel colectivo in-surgente listo para transformar las relaciones históricas de poder y subyugación de las mujeres de las comunidades. Era una muestra del tipo de trabajo que estaban haciendo los pueblos zapatistas a partir de una mirada bidireccional. Una mirada hacia el Estado y sus operadores injustos, y la otra al interior de las comunidades y pueblos en el entendido de que solamente transformando las relaciones desde dentro se podía avanzar hacia esos mundos de vida digna posibles. Tarea nada fácil pero no imposible. 
LA TERCERA ESPIRAL DEL XWAYCHINEL LUM-K’INAL: EL TERRITORIO  
Quizá como una tercera espiral del xWaychinel Lum- K’inal tendríamos el espacio físico o geográfico, es decir, los territorios propios de nuestros pueblos, que se reconfiguraron con la consolidación del espíritu y cuerpo colectivo zapatista. La red de colectivos y comunidades zapatistas salieron a luz pública en diciembre 1994 como Municipios Autónomos Rebeldes Zapatistas coordinados político administrativamente bajo la figura de Concejos Autónomos. En ese mismo año, por la necesidad creciente de que la sociedad civil se encontrara con los zapatistas, éstos hicieron nacer un gran barco en medio de la selva Lacandona que se conoció como Aguascalientes. Con la incursión militar en Guadalupe Tepeyac, sede del Aguascalientes, en febrero de 1995, este espacio de encuentro y diálogo fue destruido y en su lugar se erigió un cuartel militar de las fuerzas federales. Este hecho es conocido y nombrado por los zapatistas como “la traición de Zedillo”, quien era el titular del poder Ejecutivo en ese año. Luego de la traición de Zedillo insurgieron más Aguascalientes zapatistas como una muestra de la tenacidad e imaginación zapatista. Estos espacios-territorios se convirtieron en la sede de diversos encuentros para hermanarse con gentes y luchas de distintas latitudes del mundo. 
A manera de metáfora, lo que había sido una semilla de maíz sembrada en un pequeño espacio-territorio, ahora se había vuelto mazorcas y, al mismo tiempo, semillas madres que daban continuidad a la construcción de la autonomía de los pueblos como concreción del mundo soñado por nuestros ancestros. 
Hoy en día, aunque con enormes dificultades, pero no insuperables, la dignidad florece con la imaginación zapatista. Los actos de xWayichil Lum-K’inal han tomado cuerpo en lo que ahora son los Caracoles que in-surgieron según los tiempos y los modos de los pueblos zapatistas en agosto de 2003. Consideramos estos espacios-territorios como una muestra de la dignidad y respeto que han logrado concretar los pueblos zapatistas, como el resultado del saber resistir y re-existir, de crear y recrear los espacios-territorios, de escuchar y sobre todo de “mandar obedeciendo” como un modo propio de autogobernarse. 
Falte lo que falte, la concreción de los espacios-territorios zapatistas como resultado del xWaychinel Lum- K’inal alimentado por el Ch’ulel colectivo no se refiere sólo a la exteriorización de los deseos de liberación prefigurados por el mundo ladino a finales de la década de 1960 en México, sino que son la objetivación de una memoria histórica y ancestral de nuestros pueblos. Los espacios-territorios actuales, así como el Ch’ulel colectivo de los pueblos zapatistas configuran lo que ha sido el deseo ancestral de liberarse y construir un mundo en donde quepan muchos y otros mundos con respeto, justicia y dignidad. Cada zapatista cuida este espacio-territorio como su milpa ya que esta milpa es estratégica para la supervivencia de la autonomía. 

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