jueves, 29 de agosto de 2019

28 de agosto de 1968: el gobierno descalifica, amenaza y reanuda la ofensiva represiva

 ¿Provocación, desagravio?  
O la decisión gubernamental de aplastar el movimiento 
Doroteo Arango,  
La Voz del Anáhuac, 
Una enorme bandera rojinegra, de seda, ondeaba en lo alto de la asta bandera central del Zócalo. Evidentemente esta no fue izada ahí por los estudiantes. Algunos compañeros recordaron que una bandera rojinegra fue amarrada en el poste, pero no en el sitio donde se ubicó la que fue presentada en primera plana por los diarios, a no más de dos o tres metros de altura, la más que pudo alcanzar una pirámide humana de cuatro o cinco estudiantes, y ésta, mucho más pequeña, era de manta, la que habitualmente estaba en la entrada de alguna escuela.  Aseguran que era de Chapingo. Es muy probable que ver que amarraban ahí una bandera le haya dado la idea a los polizontes de la Dirección Federal de Seguridad que siempre vigilaban todas nuestras actividades. 
La DFS era una corporación policíaca, dependiente de la Secretaría de Gobernación, se le conocía como la “policía política”. Eran policías mejor preparados, algunos con estudios universitarios, manejaban el lenguaje de la izquierda, se infiltraban en las organizaciones para obtener información y tener identificados a los militantes, a los activistas, a los luchadores sociales. Frecuentemente asumían actitudes “radicales”, eran los primeros en detonar acciones violentas, enfrentamientos, pero curiosamente siempre ilesos, nunca detenidos, cuando por azares del oficio alguno llegaba a ser detenido, se le dejaba ahí un tiempo para que husmeara entre los detenidos, a ver qué más información obtenía. Siempre propalando rumores, intrigas, para sembrar desconfianza y rupturas dentro de las organizaciones. En los momentos álgidos proponían armarse, a voz en cuello, a gritos. Cualquiera que haya participado en alguna organización armada, o estado cerca de alguna, sabe que eso no se habla abiertamente. Si se trata de ese tipo de acciones, sólo quienes van a ejecutarla lo saben, ni siquiera toda la organización, sólo los integrantes de la célula o brigada encargada de ello. Quienes vociferaban así, o son policías o jóvenes radicalizados inexpertos e inmaduros. 
Al paso del tiempo se supo que, por ejemplo, un tal Áyax Segura, que llegó a ser representante ante el CNH de una llamada “Normal Oral” (nadie sabía con certeza de su existencia real ni de su ubicación), había estado ofreciendo armas. En los momentos más difíciles llegó a proponer “columnas armadas de seguridad”. 
Tras los acontecimientos del 27 de agosto, también circuló el rumor de que Sócrates Campos Lemus era un infiltrado del gobierno, que era un provocador o un policía. A saber... Su actitud del 27 de agosto fue interpretada como provocación, pero no hubo, en ese momento nadie del CNH que se atreviera a rectificar, lo asumieron como un hecho consumado. Por otra parte, eso sólo le facilitó las cosas al gobierno, como veremos, la decisión de aplastar el movimiento ya había sido acordada desde la cúpula del poder. 
Pero esa era, para entonces una práctica recurrente de la “policía política”. No sólo infiltrarse, sino ofrecer armas e incluso entrenamiento militar a grupos insurgentes.  
Se sabe del caso de Lorenzo Cárdenas Barajas, un militar “retirado”, que se encargó de dar “entrenamiento militar”, al Grupo Popular Guerrillero que encabezó Arturo Gámiz, en Chihuahua. Sabía la identidad de los integrantes del grupo y se enteró de sus planes respecto al cuartel militar de Madera. Hay, entre los sobrevivientes la sospecha de que él fue el delator, que, por ello, el 23 de septiembre de 1965, día de la acción, había en el cuartel más soldados de los que habitualmente estaban. El resultado fue una masacre: ocho combatientes fueron asesinados. 
El gobernador de Chihuahua, cuando los sepultaron en una fosa común dijo burlón: “¿Querían tierra? ¿Dénselas hasta que se harten!”  
En 1966, otro grupo que se preparaba para iniciar una insurrección, el Movimiento Revolucionario del Proletariado, fue capturado. Integrado por el periodista Víctor Rico Galán, el abogado Adán Nieto Castillo, por algunos ferrocarrileros, médicos, estudiantes y profesores, habían constituido algunas escuelas de cuadros en distintos lugares del país. Estaban en la fase de preparación político ideológica, comenzarían también el entrenamiento militar, con la intervención de Cárdenas Barajas. Fue entonces que la DFS llevó a cabo el operativo de captura de la mayor parte de este grupo. En este caso, algunos de los presos políticos militantes del MRP, afirman, sin duda, que el tal Cárdenas Barajas era un polizonte.  
Ello se confirma cuando se abren los expedientes de la llamada FEMOSP en el año 2000, donde se encuentran reportes que Cárdenas Barajas pasaba a Fernando Gutiérrez Barrios, también militar “retirado” y entonces al frente de la Dirección Federal de Seguridad.  
28 de agosto de 1968. Luego del desalojo del Zócalo, a medianoche se convoca a la prensa para que tomen las placas de la bandera rojinegra en la asta bandera del Zócalo. La consigna es que se publiquen en primera plana. Son órdenes superiores: de Díaz Ordaz, presidente de la república; Luis Echeverría, secretario de gobernación y, Fernando Gutiérrez Barrios, director de la DFS. 
En horas de la mañana, empleados del DDF, de la SEP, de Hacienda y de otras oficinas públicas, locatarios de mercados públicos, trabajadores de limpia del DDF y policías, reciben órdenes de concentrarse en el Zócalo. Nadie sabe de qué se trata, sólo reciben la orden, so pena de descontarles el día si no acuden. 
El Zócalo ha sido barrido. Un contingente militar está apostado al pie de la asta bandera. Un orador oficial, pasadas las 10 de la mañana da inicio al acto de “desagravio”. Se ha programado que más tarde estará presente el presidente de la república para dar un mensaje a la nación. Lo cual no ocurre pues el acto de “desagravio” da un vuelco inesperado 
Muchos de los empleados públicos tienen a sus hijos estudiando en instituciones públicas. Muchos estudiantes son al mismo tempo trabajadores, algunos empleados en oficinas públicas. Han estado en las manifestaciones, sin presión alguna, por su propia voluntad, apoyando lo que ven como una causa justa. Ayer mismo ahí estuvieron, sin que nadie les “pasara lista”, ni les amenazara con descontarles el día. 
Hoy están ahí, bajo amenaza, forzados, acarreados.  
“¿Agravio a la bandera? ¿Profanación de la catedral? Puras mentiras, lo que quieren es poner al pueblo en contra de los estudiantes. De por sí los han venido acusado todo el tiempo de ‘comunistas’. Con tanta ‘mochería’ religiosa y patrioterismo, ya nomás falta que azucen el linchamiento...” 
Reflexionaba Evaristo, empleado de la SEP, cuando escucha que, otros empleados de la misma SEP llegan coreando: “¡No vamos, nos llevan!”, y otros: “¡Somos borregos, somos borregos... Beee, beee....!” 
Los empleados llevados forzadamente al “desagravio” encuentran en estas expresiones una forma de sacudirse la humillación de sentirse utilizados. Y los balidos se generalizan. 
Avanza el tiempo, poco a poco van llegando pequeños grupos de estudiantes. Reparten volantes entre la multitud y comienzan a informar de lo ocurrido la noche anterior y de la maniobra del gobierno acusándolos del insultar los símbolos patrios y religiosos. 
Cuando es arriada y quemada la bandera rojinegra, alguien grita: “Eso sí es un verdadero agravio al símbolo internacional de la lucha de los trabajadores”. 
En seguida se iza la bandera nacional, pero algo ocurre en el mecanismo y la bandera se atora a la mitad. Entre los presentes algunos gritan: “¡Ahí déjenla, a media asta, estamos de luto por tanto compañero que han asesinado!” 
Rechiflas y consignas agitan el ambiente: el acto oficial del pretendido “desagravio” se convierte en mitin de protesta.  
Nuevamente se abren las puertas de palacio nacional y de ahí salen tanquetas militares y columnas de soldados con la bayoneta calada en sus rifles para dispersar la protesta. Al obedecer las despóticas órdenes del mal gobierno, estudiantes y trabajadores increparon a los soldados, de manera digna y valiente les gritan que el ejército debe estar del lado del pueblo, no en su contra. Pero los uniformados de verde olivo, de azul o de “civil” sólo saben acatar órdenes, no razonan, sólo saben que las armas que portan les dan impunidad para reprimir a la gente que lucha.. 
Comienza la persecución. Todavía algunos “torean” a las tanquetas, otros se tienden en el suelo. La corretiza se extiende por las calles aledañas. Desde los edificios la gente, que había estado observando, lanza macetas, botellas, tabiques, cuanto objeto pueda servir como proyectil, contra policías y soldados. 
Comienza el tiroteo contra quienes de esa manera han expresado su simpatía con el movimiento. Ahora también son blanco de las fuerzas represivas.  
Escuchar el sonido de las armas indica que es el momento de la retirada. La multitud se dispersa. 
29, 30 y 31 de agosto, los días previos al informe de Díaz Ordaz y los siguientes primeros días de septiembre inicia una ofensiva contra el movimiento.  
En las mañanas rondan en las inmediaciones de las escuelas grupos de choque que acechan y atacan a las brigadas informativas. Golpean a los brigadistas, les arrebatan los volantes y los botes...  
Por las noches, a bordo de automóviles, militares de civil ametrallan las escuelas: las Vocacionales 4, 5 y 7, las Preparatorias 4, 7 y 9, el Colegio de México son algunas de las escuelas agredidas así. En algunos casos desde los autos en marcha, disparando metralla. Pero en el caso de la Vocacional 7, en Tlatelolco, sí entraron al plantel disparando contra todo aquel que se les atravesara en el camino.  
Ahí en Tlatelolco había otra escuela del IPN: la Prevocacional 4. Ahí, el 29 de agosto, cuando una de las primeras brigadas que había salido, regresó con un compañero herido por uno de esos grupos de choque, todos los que estábamos en ese momento salimos tras los agresores. Éstos al ver la respuesta estudiantil huyeron, pero logramos capturar a uno de ellos. Mismo que entregamos al CNH. Se le presentó en una conferencia de prensa en la que se informó de los ataques, este sujeto reconoció que en la dirección de policía lo contrataron, que le darían adiestramiento, que consistió en aprender artes marciales y el manejo de armas de fuego, que el lugar de entrenamiento fue primero en la escuela de policía de Balbuena y luego en la Cuchilla del Tesoro. Dijo que les pagaban entre 60 y 100 pesos diarios (entonces el salario mínimo era de 28 pesos), que les pagaban de la nómina del DDF, que de ahí salía también el pago de lo que gastaran en su día franco en cantinas o burdeles. Que el jefe era un militar al que llamaban "maestro".
Esta ofensiva paramilitar se sostuvo días después del informe presidencial. 
Como se recordará, el IV Informe de gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, estuvo plagado de mentiras y amenazas. 
El discurso de Díaz Ordaz, daba una visión desfigurada y grotesca nosotros, ya que, según Díaz Ordaz, en toda la República los estudiantes actuábamos violentamente afectando a personas totalmente ajenas al conflicto. Díaz tomó la decisión de utilizar tropas para detener la “la agitación”, que tachaba de artificial y sin fundamento. 
Por otra parte, Díaz Ordaz recurrió a una estrategia perversa de comunicación acuñando frases como “voy a mantener y preservar la unidad del país, que no quedará en merced de agitadores”, y caracterizaciones políticas y personales del conflicto, planeadas y utilizadas para desprestigiar las banderas del Movimiento y sus métodos de lucha (que, según él, eran imitaciones del extranjero). 
Díaz Ordaz amenaza con utilizar todas las fuerzas armadas del Estado (ejército, marina, fuerza aérea) para acabar, de una vez por todas, con el movimiento. Así se expresaron sus amenazas:  
Hemos sido tolerantes hasta excesos criticados; pero todo tiene su límite y no podemos permitir ya que siga quebrantando irremisiblemente el orden jurídico...  
…no quisiéramos vernos en el caso de tomar medidas que no deseamos, pero que tomaremos si es necesario; lo que sea nuestro deber hacer, lo haremos; hasta donde estemos obligados a llegar, llegáremos… 
Agosto fue un mes de ascenso del movimiento en todos los sentidos, en organización, iniciativa, creatividad, conciencia política, aprendizaje, vinculación con el pueblo, fortaleza, convicción, unidad. Septiembre será el ascenso de la brutalidad del gobierno. Así que tuvimos que aprender a resistir, con cada vez más certeza de la justeza de nuestra lucha, ya no sólo como causa estudiantil, sino cada vez más convencidos de que debíamos luchar junto al pueblo, de que no nos rendiríamos, no claudicaríamos ni permitiríamos la traición. 
Esta parte será la que abordaremos en la siguiente entrega...   

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