martes, 27 de agosto de 2019

El maíz está profundamente enraizado en los pueblos, es el cultivo-corazón de nuestra cultura

 México: la devastación transgénica y la resistencia 
Silvia Rivero, 
Periodista y activista uruguaya, directora para América Latina del Grupo ETC, con sede en México. 
Desinformémonos: 
20 de agosto de 2019. 
A 23 años de que se comenzaron a sembrar cultivos transgénicos, la devastación que han provocado en los principales países en los que se siembra es inocultable. Enfermedades, abortos espontáneos y muertes por agrotóxicos sobre todo en las áreas de siembra y ciudades cercanas, despojo y desplazamiento de pequeños agricultores por el avance de grandes superficies de siembra, contaminación de suelos y aguas, residuos de glifosato en sangre, orina en trabajadores, maestros y escolares y hasta en leche materna en Brasil, Argentina y Estados Unidos, tanto en áreas rurales como en grandes ciudades donde el consumo de alimento derivados de transgénicos llega al consumo. Esto seguramente incluye a México -se confirmaría si se tomaran las muestras- ya que un estudio científico confirmó que hay presencia de secuencias transgénicas y glifosato en la mayoría de las tortillas de producción industrial y los alimentos industrializados con derivados de maíz. 
Los transgénicos representan también el más extremo control corporativo de la agricultura y alimentación: solamente 4 empresas Bayer (que compró Monsanto), Syngenta, Corteva (fusión de Dow y DuPont) y Basf controlan el 100% de las semillas transgénicas a nivel global. Controlan además las tres cuartas partes de los agrotóxicos en todo el mundo.  
El glifosato, el principal agrotóxico que se usa junto con los transgénicos, fue declarado en 2015 como cancerígeno en animales y probable cancerígeno en humanos por la Organización Mundial de la Salud. La categoría “probable” es solamente porque no se pueden hacer experimentos de comprobación en humanos. Monsanto, Syngenta y las demás trasnacionales de transgénicos sí han estado de hecho haciendo experimentos con humanos. En Argentina y Paraguay hay varios casos, incluyendo maestrosniñas y niños de escuelas cercanas a los campos de fumigación, que han muerto por el glifosato. 
Todavía hoy, a más dos décadas, son apenas 10 países en el mundo que tienen el 98% de la superficie sembrada. Los tres que encabezan esa lista, Estados Unidos, Brasil y Argentina, tienen el 78 % del total global.  
La “República Unida de la Soja”, como Syngenta llama a Brasil, Argentina, Paraguay, Bolivia y Uruguay, cubre el 42% del área global sembrada con transgénicos. El 99 % de lo sembrado es soya, maíz, algodón o canola transgénica. (ISAAA 2018). 
El aumento vertiginoso del uso de glifosato -hasta 20 veces más que hace dos décadas-, se debe a que el 89 por ciento de los cultivos transgénicos fueron manipulados para hacerlos tolerantes a glifosato, solo o junto a otros agroquímicos aún más tóxicos. Ya se usaban agrotóxicos antes de los transgénicos, pero para que los herbicidas no mataran el cultivo, se tenían que aplicar en menores cantidades. Con los transgénicos, se pueden echar grandes cantidades y todas las hierbas mueren, menos el cultivo. Por ello los agricultores industriales vieron que podrían efectivizar el proceso con fumigaciones áreas, cuya deriva es devastadora para las zonas aledañas, como escuelas y pueblos. Al echar tanto veneno, más de 25 malezas se han hecho resistentes al glifosato y por eso las compañías aumentaron la cantidad del ingrediente activo, le agregaron surfactantes y otros agroquímicos más tóxicos.  
En Estados Unidos hay 18,400 juicios iniciados contra Monsanto-Bayer por causar cáncer a los demandantes o sus familiares con glifosato. Las pruebas presentadas en los juicios muestran que Monsanto sabía de la peligrosidad del glifosato, pero la ocultó intencionalmente. Las víctimas ganaron a Monsanto en los tres primeros juicios, a quienes Bayer-Monsanto tiene que pagar más de 180 millones de dólares por daños causados y multas, por habérsele comprobado malicia e intencionalidad, al ocultar los riesgos que corrían los que usan y se exponen al glifosato. 
México ha sido, desde 1988 uno de los países que primero ha autorizado siembras experimentales con más diferentes especies de transgénicos, debido a la presión desde Estados Unidos para usar el país como campo experimental. Durante el sexenio de Vicente Fox, se autorizaron siembra comercial de soya y algodón transgénicos en decenas de miles de hectáreas. En 1999, la comisión de bioseguridad declaró una moratoria a la siembra de maíz transgénico, que se mantuvo hasta 2009, cuando Felipe Calderón, luego de una reunión con el director global de Monsanto, anuló por decreto la moratoria, con lo que se hicieron algunas siembras experimentales de maíz transgénico, en parcelas reducidas. Desde 2002, se formó la Red en Defensa del Maíz, integrada por comunidades campesinas, indígenas y organizaciones de la sociedad civil, que desde entonces ha mantenido actividades de información, denuncia y defensa del maíz desde los territorios. Junto a la vasta resistencia de esta y otras redes, así como de intelectuales, estudiantes, artistas y científicos al maíz transgénico en México, pese a que Calderón intentó romper la moratoria, se constituyó una verdadera moratoria popular, que no permitió el avance del maíz transgénico a nivel comercial, desde los territorios y en la disputa pública. En 2013, un juez aceptó además una demanda colectiva de 53 individuos y 20 organizaciones, que suspendió la siembra de maíz transgénico hasta que ésta se resolviera, lo cual no ha sucedido. 
Paralelamente, frente a la aprobación de más de 230,000 hectáreas de soya transgénica en la Península de Yucatán y otros estados, se desató una fuerte resistencia, incluyendo demandas legales por parte de comunidades indígenas, campesinas y apicultores, apoyadas por varias organizaciones, en Yucatán, Campeche y Quintana Roo. Lograron así detener siembra de soya transgénica, hasta que se realizaran las consultas a las que tienen derecho como comunidades indígenas y campesinas. Esto no se ha realizado, y esta suspensión se mantiene vigente, ya que es un proceso de abajo, enraizado en las comunidades, y no es afectado por la anulación del decreto del gobernador de Yucatán para declarar el estado libre de transgénicos, que la Suprema Corte anuló recientemente.  
 La falacia oficial 
Desde que asumió el gobierno de AMLO no se han aprobado nuevas liberaciones de transgénicos. No obstante, su secretario de agricultura, Víctor Villalobos, se lamenta de ello, argumentando que México importa maíz y soya transgénicos, “porque el país es deficitario” y no hay quien siembre en el país lo requerido para las necesidades nacionales, porque no se permiten transgénicos. Argumenta que como de todos modos se seguirá importando, lo que llega es transgénico y expresa implícitamente que mejor sería sembrarlo en el país. 
Por supuesto, Villalobos no menciona la devastación que han significado los transgénicos en los países donde se siembra. Obvia además que ha trabajado por décadas defendiendo el interés de las trasnacionales de transgénicos, ocupando además él mismo altos cargos en la secretaría de agricultura de varios sexenios anteriores, desde los cuales apoyó que México se convirtiera en un país “deficitario” e importador de transgénicos. 
Sobre todo, oculta que México no es un país deficitario para las necesidades de su propia población, para la que produce todo el maíz que necesita, sino que importa transgénicos para las mega empresas mexicanas y trasnacionales de cría masiva de cerdos, pollos y ganado, que alimentan los animales con soya y maíz transgénico porque es un negocio para estas empresas, que a menudo están ligadas con las empresas productoras de transgénicos.  Además, como explica Ana de Ita, directora de Ceccam, gracias al TLCAN y las negociaciones en las que participó Villalobos, esas empresas han ido sustituyendo a las empresas nacionales pecuarias y a los forrajes diversos que se producían en México. No existe ninguna necesidad de alimentar con maíz y soya transgénica al ganado, al que incluso le produce enfermedades digestivas.  
Antonio Turrent de la UCCS ha mostrado, además, que México tiene la capacidad de producir todo el volumen de maíz consumido e importado actualmente, con semillas propias y de institutos públicos del país y políticas que no generan dependencia de trasnacionales. (http://tinyurl.com/y76lze58) 
La propia Sagarpa admitió en 2017 que el maíz transgénico no incrementa la producción. Según datos de esa secretaría, desde 2012 a 2016 México aumentó en 12,7% su producción de maíz, sin usar transgénicos, logró un porcentaje de aumento mayor que Estados Unidos en igual período. En 2016, México tuvo una producción total de 25,7 millones de toneladas de maíz, de los cuales 12,3 millones se vendieron para consumo humano, 4,2 millones para autoconsumo, 4,4 millones para el sector pecuario y 1.5 millones para exportación. No sólo cubrió el doble del mercado de consumo interno, además ¡exportó maíz!  
No se necesita ningún transgénico en México, que traerán, igual que en todos los demás países donde se siembra, devastación, contaminación y enfermedades.  
La defensa del maíz en México tiene horizonte perpetuo, dice Ramón Vera en Ojarasca. Cada día se reinventa y vuelve a germinar de muchas maneras, porque el maíz está profundamente entretejido en la vida de los pueblos, por ser el cultivo-corazón de la civilización mesoamericana milenaria, y justamente, porque no lo ven como producto agrícola comercial o materia prima para las industrias. Por la comunidad, la salud, la Madre Tierra, seguirá la resistencia a todos los transgénicos. 

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