miércoles, 28 de agosto de 2019

¡NO QUEREMOS OLIMPIADAS! ¡QUEREMOS REVOLUCIÓN! FUE UN GRITO QUE CALÓ HONDO

27 de agosto de 1968: clímax del movimiento popular estudiantil 
Doroteo Arango 
La Voz del Anáhuac 
27 de agosto de 2019. 
Hace 51 años la república se estremecía al sentir los pasos de cientos de miles de manifestantes en las calles de la ciudad de México y de algunas otras ciudades, donde los estudiantes, acompañados solidariamente por sus familias, trabajadores, comerciantes, profesores, intelectuales y muchos otros sectores del pueblo de México exigiendo diálogo, no represión.
El movimiento que comenzó como protesta por la brutalidad de los cuerpos policíacos, pronto se convirtió en una lucha por las libertades democráticas negadas a todo aquel que luchara por sus derechos elementales.  
La irrupción del ejército para romper la huelga ferrocarrilera, el encarcelamiento de decenas de trabajadores, de los cuales, casi diez años después, seguían en prisión Demetrio Vallejo y Valentín Campa. 
Tres años antes del 68 también los médicos fueron reprimidos como respuesta a sus justas demandas laborales.  
En 1966 el ejército reprimió la lucha de los estudiantes de la Universidad Nicolaíta, en Morelia, Michoacán.  
Igualmente, en 1967, otra vez el ejército fue utilizado para reprimir los movimientos estudiantiles de las universidades de Sonora y Tabasco. 
El camino de la lucha civil y pacífica había sido cerrado en Chihuahua, pues cuando los campesinos, hastiados de la sordera gubernamental de que se repartieran las tierras de los latifundios a los jornaleros agrícolas, decidieron tomarlas, instalan campamentos en ellas para que se atendiera la demanda agraria. Paradójicamente, a Chihuahua, campo de batalla villista, no había llegado la reforma agraria. Las dueñas de las tierras seguían siendo las mismas familias de los hacendados contra los que se alzó la revolución. La respuesta de los terratenientes y del gobierno fue desalojar los campamentos agraristas utilizando a sus guardias blancas y al ejército. Los campesinos que iban al frente de las movilizaciones fueron perseguidos, encarcelados o asesinados. Esto orilló a la resistencia armada, primero para defenderse, luego para pasar a la ofensiva. Así se gestó el Grupo Popular Guerrillero que encabezaron Arturo Gámiz, Pablo Gómez, los hermanos Gaytán y más combatientes campesinos, normalistas y universitarios. Habían discutido y decidido pasar de la lucha agraria a un proceso que desencadenara la revolución socialista, comprendiendo que sólo así se lograría una verdadera reforma agraria, pues después de medio siglo, los “gobiernos revolucionarios” no tenían ninguna intención de hacerlo. Para iniciar ese proceso de lucha armada requerían de armas. Algunas las habían arrebatado a los pistoleros de los hacendados, algunos campesinos tenían algunos rifles que usaban para la cacería. Pero eso no era suficiente. Así que se planeó tomarlas del cuartel militar de Ciudad Madera. Las lluvias en septiembre de 1965 impidieron que todos los que se habían comprometido a participar en la toma del cuartel llegaran. Se sopesó la situación, se consideró la posibilidad de aplazar la acción. Pero la determinación de hacerlo ya se impuso, pese a la desventaja. Fueron masacrados, esa madrugada, la del 23 de septiembre, había más soldados de los que normalmente había. Y, según platicaron después algunos sobrevivientes, parecía que ya los esperaban. El resultado fue una masacre. Arturo Gámiz, Pablo Gómez, Antonio Scobell, Miguel Quiñones, Óscar Sandoval, Rafael Martínez Valdivia, Emilio Gámiz y Salvador Gaytán fueron acribillados por el ejército. 
Otro tanto ocurría en el estado de Guerrero. Desde fines de los años 50, el profesor Genaro Vázquez Rojas había encabezado las luchas cívicas y campesinas de su estado natal. Campesinos despojados de sus tierras, denuncias de fraudes electorales en diversos municipios y de robo del erario público para su provecho personal y de sus allegados, además de la utilización de grupos de pistoleros a su servicio y del ejército federal, eran las principales denuncias en contra del gobernador Raúl Caballero Aburto. El profesor Genaro Vázquez, al frente de la Asociación Cívica Guerrerense, encabezó protestas públicas exigiendo la renuncia del gobernador. La respuesta de éste fueron más asesinatos, persecución y cárcel para sus opositores. Genaro fue encarcelado en abril-mayo de 1960, fue liberado bajo fianza. Esto dio motivo a que la ACG realizara  en junio de ese año una caravana a la ciudad de México para exigir ante el entonces presidente Adolfo López Mateos la destitución del gobernador, la desaparición de poderes y la convocatoria a nuevas elecciones.  La ACG continuó resistiendo la represión. Genaro encabezó movilizaciones cívicas y nuevamente fue detenido en octubre-noviembre de ese año.  
Conocida la explosividad del pueblo guerrerense, el gobierno federal optó por atender las demandas planteadas por la ACG. Se declaró la desaparición de poderes. Así que cayó Caballero Aburto. El prestigio de la ACG creció. Pero también creció la persecución contra Genaro Vázquez. El sucesor de Caballero Aburto, Israel Nogueda Otero, no era muy distinto . 
Genaro se acercó al Movimiento de Liberación Nacional que agrupaba a diversas organizaciones opositoras, la Central Campesina Independiente entre ellas. Su acercamiento al MLN tenía la finalidad de hermanar las luchas campesinas de otros estados de la república.  
El 11 de noviembre de 1966 Genaro Vázquez fue detenido por policías estatales de Guerrero en la Ciudad de México y trasladado a Chilpancingo. Se le confiné en la cárcel de Iguala. La Asociación Cívica Guerrerense se transformó entonces en Asociación Cívica Nacional Revolucionaria, dejó de lado la lucha cívica para convertirse en un núcleo de lucha armada por la revolución socialista, convencidos de que, para ellos ya se había cerrado el camino pacífico y legal. El 22 de abril de 1968 un comando del Núcleo Armado Popular de la ACNR lo rescató de prisión. Genaro pidió ser llevado a un dispensario médico pues se encontraba enfermo. En el trayecto el comando lo arrancó de las manos de los custodios y, a partir de entonces pasó a la clandestinidad en la sierra de Guerrero. Ahí transcurrió el tiempo necesario para organizar la guerra popular prolongada.  
El 5 de agosto de 1968, en el mitin realizado en el Casco de Santo Tomás, al finalizar la manifestación politécnica que caminó desde Zacatenco, pudimos escuchar sus palabras, enviadas mediante una carta que llegó desde el Campamento José Ma. Morelos, en las montañas de Guerrero, firmadas por el profesor Genaro Vázquez Rojas, Comandante de las Fuerzas Armadas de la ACNR. 
Por su parte, otro profesor, egresado de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa, Lucio Cabañas Barrientos transitaba también los caminos de la clandestinidad. Lucio Cabañas pudo ingresar en 1956 a la Normal Rural de Ayotzinapa, sorteando grandes dificultades económicas. Sus primeras acciones fue participar en las protestas por el ausentismo de algunos profesores y la actitud indolente del director de la Normal, el cual fue destituido. Participó en las movilizaciones convocadas por la ACNR contra el gobernador Caballero Aburto. Ingresó a la Juventud Comunista de México en 1959. En 1962-63 fue electo secretario general de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México (FECSM).  
Ya como profesor se vinculó al Movimiento Revolucionario del Magisterio (MRM), encabezado por otro egresado de Ayotzinapa, el profesor Othón Salazar.    
El liderazgo que fue construyendo entre las comunidades fue el resultado de su compromiso con los problemas de los pueblos, entre ellos la explotación forestal, los precios del café y el robo descarado sobre las tasas de impuestos; luchó contra los que se enriquecían a costa del sufrimiento y trabajo de los más pobres, contra la estructura violenta que caciques, pistoleros, gobierno estatal y federal, policías y soldados, agredían a los trabajadores del campo; contra la falta de justicia para el pobre siempre que recurría a la autoridad. En toda esta lucha estuvo siempre al servicio de los “principales” de los barrios y él mismo pasó a ser “principal”, junto a los viejos. 
En abril de 1967 el maestro Alberto Martínez Santiago fue removido de la escuela “Juan N. Álvarez” de Atoyac, por sus ideas progresistas; es reubicado en Coyuca de Benítez. Los padres de familia protestaron y se organizaron, al no ser atendidos, con integrantes de la ACG, CCI y de colonias populares dando origen al Frente de Defensores de la Escuela Juan Álvarez. Aunque fácil de resolver el asunto, la prepotencia y autoritarismo de las autoridades de educación pública fue complicando su solución negociada. El frente de Defensores convocó a un mitin en la plaza central de Atoyac para el 18 de mayo de 1967. El gobierno del estado se decide por la violencia. Envió agentes de la policía judicial con la misión de impedir el pacífico acto y recuperar las instalaciones de la escuela. Ante 2,500 personas reunidas los policías intentaron detener a Lucio y abrieron fuego sobre los civiles indefensos. Incluso se llegó a disparar a la multitud desde las azoteas de las casas aledañas. 
Las locatarias sacaron de la plaza a Lucio y se lo llevaron al mercado, de allí se traslada a El Ticuí, de donde regresa a Atoyac. De agosto a noviembre de 1967 recorre junto con los profesores Serafín Núñez Ramos, Hilda Flores Solís y Félix de la Cruz los poblados de La Vainilla, San Francisco del Tibor, San Vicente de Jesús, San Martín de las Flores y Rincón de las Parotas, en la sierra de Atoyac. En este tiempo, promueve reuniones entre miembros de la Unión de Cafeticultores Independientes, adherida a la CCI para invitar a un congreso de productores para el 7 de septiembre para derogar el gravamen del sobreimpuesto de 7.5 centavos al kg de café y la desaparición de la Unión de Productores de Café de Atoyac. Junto con los maestros Juan Mata Cebrián, Serafín Núñez e Hilda Flores Reinada publica el volante “El Huarachudo, Voz de los Pobres de Atoyac”. 
Lucio se sumerge en la clandestinidad. Promueve la organización del Partido de los Pobres. Al principio anda con cinco gentes, después con otros dos, finalmente se queda con la única compañía de Clemente Hernández Barrios. Durante lo que resta de 1967 y 1968 recorre pueblos y barrios de la región. El 29 de julio de 1967 aparece el primer número de “El Huarachudo”. Difunde volantes con llamados a la población para que se sumaran a la naciente organización. Los pueblos mantienen formas de organización comunitaria, tomando acuerdos mediante asambleas, en donde abordan los diversos problemas a los que se enfrentan. Lucio aprende de esas formas de organización y aprende a llevarlas a cabo. Se acerca a las asambleas comunitarias para explicar y promover la necesidad de formar defensas armadas, de acumular esfuerzos para la lucha guerrillera. 
Así en Chihuahua y Guerrero se generaban esfuerzos de lucha, cerradas las vías civiles y pacíficas por el despotismo de los gobiernos tanto estatales como federal, pues ya no encuentran otra salida que la de la lucha armada. 
Alguien preguntará, sí, muy interesantes esas historias, pero ¿qué tienen que ver con el movimiento de 1968? 
Pues que el 68 no nace de la nada, tiene antecedentes. 68 no inició con la brutalidad policíaca de 22 y 23 de julio de 68 en la Ciudadela, ni de la represión brutal del 26 de julio. Viene de antes, del cúmulo de agravios, encarcelamientos, persecución, torturas, desapariciones forzadas, asesinatos, masacres. 
Cierto que pocos conocíamos toda esta historia, la fuimos conociendo poco a poco. Cuando hacíamos guardias nocturnas en las escuelas, durante la huelga, nos reuníamos a platicar, a leer publicaciones que circulaban de manera semiclandestina. Así nos enteramos de la lucha de Rubén Jaramillo, asesinado el 23 de mayo de 1962, junto a su familia en Xochicalco, Morelos, por no haber arriado la bandera zapatista y por haberse alzado en armas contra el mal gobierno. Así supimos de la huelga ferrocarrilera, de los paros médicos, de Arturo Gámiz, de Genaro Vázquez Rojas, de Lucio Cabañas Barrientos. De la represión desatada contra las universidades de Morelia, Hermosillo y Villahermosa en 1966 y 1967. 
También nos estábamos enterando de lo que sucedía en el mundo: de la guerra en Vietnam, de la revolución cubana, de la liberación de Argelia, de la lucha de los negros en Estados Unidos, del asesinato de Martin Luther King en ese contexto y la autodefensa armada de los Panteras Negras, de las luchas estudiantiles en otros países, como la Revolución de Mayo en Francia, de las protestas contra la guerra en Vietnam en el mundo, del movimiento hippie en Estados Unidos, de la Primavera de Praga en Checoslovaquia, donde se buscaba democratizar el estado socialista, de la Revolución Cultural Proletaria contra las desviaciones restauradoras del capitalismo en China. El asesinato del Che Guevara en Bolivia nos sacudió, pues su ejemplo revolucionario ya lo había convertido en un ícono mundial de la lucha revolucionaria. La revolución cubana y el ejemplo del Che habían detonado movimientos guerrilleros en Colombia, Uruguay, Argentina, Venezuela, Guatemala... 
Y con todo este bagaje de conocimientos y los que fuimos aprendiendo en las calles durante el movimiento se fueron cimentando convicciones, el espontaneísmo inicial se fue convirtiendo en conciencia de clase.  
El 27 de agosto estábamos en el momento más alto del movimiento. Veíamos rendir fruto a nuestro cotidiano brigadeo a los barrios proletarios y a las zonas fabriles, crecía de manera exponencial la presencia de contingentes populares a nuestras cada vez más grandes manifestaciones. Ya no asistían sólo de manera solidaria, ya muchos hacían suyas las demandas del movimiento. Ya no sólo llevaban agua o fruta a los manifestantes, ahora sumaban sus pasos y gritos con los nuestros. Porque sentían que estaba por llegar el momento de cobrarle al poder las afrentas, los agravios, la sangrienta represión, siempre impune. 
Por su parte el gobierno decidió acabar ya con el movimiento. Estábamos a escasos días del IV informe de gobierno de Díaz Ordaz y a mes y medio de iniciarse los XIX Juegos Olímpicos.  
Nunca nos propusimos sabotear la olimpiada, pero era indignante ver el derroche multimillonario que se realizaba. Por eso una de nuestras consignas en las manifestaciones era “¡No queremos olimpiadas, queremos revolución!”, como una forma de expresar que, en lugar de gastar tanto dinero para los juegos olímpicos, era más urgente resolver las necesidades del pueblo mexicano. 
Desde que el conflicto inició, los estudiantes fuimos acusados de estar manipulados por una supuesta “conjura comunista” y de querer boicotear la olimpiada. Los medios de comunicación desataron una campaña de linchamiento mediático descomunal. 
El 27 de agosto se desbordó la movilización popular-estudiantil. Tomando como punto de partida el museo de Antropología, los continentes tomaron el Paseo de la Reforma. Éramos cientos de miles. Se calcula que más de medio millón de personas. Cuando los primeros contingentes llegaron al Zócalo, aún faltaban muchos otros en Antropología. La plaza de la Constitución fue insuficiente. 
Un grupo de compañeros de Medicina pidió permiso a los encargados de la catedral para subir a tañer las campanas. Dieron su permiso los encargados de la catedral y ellos mismos encendieron las luces de la fachada. Esto dio un aspecto triunfal a la manifestación. 
En esos días, emisarios de gobernación habían hecho contacto con el CNH, dando señales de que estaban dispuestos a iniciar el diálogo. El CNH discutió esta posibilidad y la aceptó. Se tenía ya como agenda del diálogo los 6 puntos de nuestro pliego petitorio y se formaron comisiones para argumentar cada uno de los puntos. Faltaba decidir dónde. Se consideraron como posibles sedes el auditorio del Centro Médico Nacional o el Palacio de Bellas Artes, que las pláticas se difundieran por radio y televisión para que se cumpliera la exigencia de que el diálogo fuera púbico. Se había propuesto que, al finalizar esta manifestación, quedara una guardia en el Zócalo en espera de que se definiera el lugar donde se realizarían las pláticas. Esto era lo que informaba el orador en turno, cuando mencionó las posibles sedes del diálogo, entre la multitud se alzaron voces de que el diálogo fuera ahí mismo, en el Zócalo. Esto turbó al orador. En ese momento, Sócrates Campos Lemus le arrebató el micrófono y arengó a la multitud: 
A ver compañeros!, ¿dónde el diálogo...?-” 
Aquí, en el Zócalo!”-, resonó el grito de la multitud... 
-¿Cuándo...?”-, preguntó Sócrates… 
El 1° de septiembre...!”-, contestó la multitud anónima... 
-¿A qué hora...?”-, volvió a preguntar Sócrates... 
A las 10 de la mañana...!”-, vociferó la multitud... 
Alcen la mano  quienes estén de acuerdo!”-, pidió Sócrates. 
Cientos de miles de manos se alzaron, rubricando con el grito repetido varias veces de “¡Zócalo!, ¡Zócalo!, ¡Zócalo!”  
Ante el entusiasmo multitudinario desbordado, Sócrates dio por tomado el acuerdo. 
Ya es un acuerdo, compañeros, desde este momento se queda una guardia permanente, para que, el 1° de septiembre, a las 10 de la mañana, se inicie aquí, el diálogo público!”, remató Sócrates, indicando que se comenzara a levantar un campamento y se organizara el rol de guardias. 
Si se trató de una provocación o si el protagonismo de Sócrates colocó al movimiento en una difícil situación, desató una discusión. Lo cierto es que provocación o no, se creaba un escenario propicio para la represión, pues de todos era conocida la actitud soberbia y autoritaria de Díaz Ordaz, quien sólo esperaba un momento así para dar órdenes a los cuerpos represivos para entrar en acción. Esa misma noche el Zócalo fue rodeado por el ejército, policías, granaderos, bomberos, ambulancias que, al grito de “¡tienen cinco minutos para desalojar la plaza, o actuamos por la fuerza!”, lanzado por el mando militar, fue la señal para que las puertas de palacio nacional se abrieran y de ahí salieran tanquetas del ejército y batallones militares que, a bayoneta calada arremetieron contra quienes se disponían a iniciar la guardia permanente, obligándolos a salir del Zócalo a golpes de culata de sus rifles M1 y M2. Todas las bocacalles habían sido bloqueadas por el cerco policíaco-militar, obligando a todos a salir por la calle de Madero. Quienes pudieron subir a los camiones del IPN que sirvieron de templete en el mitin, lo hicieron, los demás empujados por las bayonetas y culatas militares. Hubo alguna resistencia y se intentó realizar un mitin relámpago al llegar a la Torre Latinoamericana, pero el empuje militar era abrumador. La dispersión fue total al llegar a la Alameda. 
Las primeras planas de los diarios dieron cuenta del desalojo del Zócalo, mostrando una fotografía de una gran bandera rojinegra izada en la asta bandera central, acusando a los estudiantes de haber agraviado el lábaro patrio y profanado la catedral, mostrando una foto de los jóvenes que tuvieron permiso de subir al campanario de la catedral. Dos graves acusaciones en un país donde el pueblo tiene fuertes sentimientos religiosos y patrióticos. 
La mañana del 28 de agosto el gobierno ordenó a los empleados de diversas dependencias oficiales concentrarse en el Zócalo para desagraviar la bandera nacional. Pero esto y la escalada represiva que siguió será descrito en la siguiente entrega.      

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