sábado, 21 de septiembre de 2019

Organizar carnavales y preservar su cultura es parte de la resistencia de migrantes de Oaxaca

Migrar, resistir y nunca dejar de bailar
Por Brenda Burgoa,
Agencia Autónoma de Comunicación SubVersiones:
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Carnaval Oregon 2019
Parte 1.- Un carnaval mixteco en Oaxacalifornia
Parte 2.- «Si hasta parece Silacayoapan»
20 de septiembre de 2019.
Meter todo el equipaje a la camioneta y revisar que no falte nada: las chivarras, máscaras, sombreros, camisas, el gabán y el resto de los disfraces. Las provisiones para el camino y los encargos de los paisanos. Todo está listo para emprender el viaje a Oregon. A la representación del Comité de Santa Ana le esperaban 16 horas de viaje nocturno para poder cumplir una promesa que se hizo el pasado febrero: acompañar a los paisanos de la Organización de Silacayoapenses en Oregon en el baile de carnaval que realizan año con año.
Llegamos a la ciudad de Hillsboro, al oeste de Portland, el viernes 12 de abril a las 10:00 AM. A pesar de estar en plena primavera, el frío y la lluvia parecían no quererse ir. La vista es muy distinta a la de Los Ángeles y Santa Ana. Aquí, los bosques espesos y la neblina dominan el paisaje. También es muy diferente a Sila: «es otro tono de verde» me dice uno de los paisanos cuando le pregunto sobre los contrastes con el pueblo que les vio nacer.
Migrar todavía más al norte
El estado de Oregon pertenece al corredor agrícola del Pacífico en Estados Unidos. En 1942, gracias al Programa Bracero, la población latina en el estado del norte se incrementó debido al aumento de la demanda de trabajadores del campo. Hoy, siete décadas después, hay cuatro generaciones de latinos nacidos y criados Oregon, así como un porcentaje alto de hogares de estatus migratorio mixto, donde sólo algunos miembros de las familias cuentan con papeles de residencia o ciudadanía.
El destino histórico para la mayoría de los migrantes de Oaxaca en Estados Unidos es California. Sin embargo, la disminución de la demanda laboral obligó a que buscaran destinos nuevos en el norte del país. Durante décadas, Oregon les ha ofrecido oportunidades en el sector agrícola y de servicios. Actualmente, según el Instituto Oaxaqueño de Atención al Migrante, viven más de un millón 200 mil oaxaqueños entre Washington y Oregon.
La resistencia de la cultura
Platicar con Enrique, Oscar y Margarito es abrir el baúl de los recuerdos. Los tres se definen como carnavaleros de corazón y organizan un evento de esta dimensión por el simple gusto de escuchar las chilenas en vivo, bailarlas como en Sila y compartirlas con el resto de los paisanos.
La Organización de Silacayoapanses en Oregon comenzó con 15 personas. Con el paso del tiempo varios se han retirado; hoy en día la integran seis, los más visibles y activos son ellos tres.
Todo comenzó en 2008, cuando Enrique habló con Oscar y Margarito y les propuso replicar el carnaval. Al principio lo hacían en las mismas fechas que en Sila; sin embargo, se dieron cuenta de que la gente que tenía la oportunidad de ir al pueblo no podía estar con ellos, así que movieron la fecha a abril, mes en el que, además, ya no hay nevadas.
«El carnaval hace una unión muy peculiar con la que crecemos. Te acuerdas cuando tocaban el primer platillazo y empezaba una chilena. Se te enchina la piel, te cambia la temperatura del cuerpo, sientes un sentimiento, que te lleva a pensar en tu familia. No sólo son las chilenas, a nosotros que estamos en Oregon nos lleva a pensar en esos años que estabas con tu familia y que ya no la tienes contigo», me dice Enrique cuando le pregunté sobre la importancia de esta fiesta, que, como en California, logra reunir a toda la comunidad en torno al baile y los disfraces.
Oscar, por su parte, me explicó que el propósito de este baile es «Tratar de vivir un poco de Silacayoapan para los que no podemos ir al verdadero carnaval por cuestiones migratorias». Regresar no es fácil.
El sueño del retorno
Enrique migró en 1997, cuando tenía 16 años. Ha regresado a Sila dos veces, en 1999 y en 2007. Margarito lo hizo en 1993, cuando tenía 19 años, pudo regresar en 1996 y 2002. Oscar, quien llegó a Estados Unidos también a los 19 años, en 1994, sólo ha regresado una vez, en 2003.  Los tres hicieron sus familias en Oregon, sus hijos nacieron ahí. La posibilidad de regresar sólo sería para visitar a su familia y bailar en carnaval, no tienen una vida en el pueblo que hace años los expulsó; su vida está a más de 4,800 kilómetros al norte de distancia, en un lugar que no termina por reconocerlos y que, en coyunturas políticas como la de estos momentos, también los quiere expulsar.
A lo largo del tiempo, las leyes migratorias se han endurecido y criminalizado a las y los migrantes en todo el mundo. Desde que en 1950 Estados Unidos canceló el Programa Bracero y emprendió en 1954 la Operation Wetback comenzó una cruzada contra la migración irregular, específicamente contra los mexicanos. El Servicio de Inmigración y Naturalización de Estados Unidos (INS por sus siglas en inglés) reportó que 1.3 millones de personas fueron deportadas en el transcurso de la operación.
La esperanza regresó con la amnistía de Ronald Reagan en 1986, Immigration Reform and Control Act, que benefició con tarjetas de residencia a 2.7 millones de migrantes. No ha habido una reforma así en más de 30 años. Diez años después de esta amnistía, el presidente Bill Clinton firmó la Immigration Reform and Immigrant Responsibility Act of 1996 que obliga a los inmigrantes indocumentados que fueron deportados a permanecer fuera del país de tres a diez años para poder volver y hacer algún trámite de visa o residencia. Esto ha afectado a cientos de silacayoapenses que, en algún momento, fueron detenidos por migración y regresados a México. Todos ellos siguen en espera de que esta condición cambie o en su defecto se decrete otra amnistía, que con la presente administración son posibilidades que por lo pronto no aparecen en un futuro cercano.
Criar para no olvidar
Las hijas e hijos de los tres nacieron en Oregon. Crecieron entre chilenas y con las historias llenas de nostalgia de sus papás en los carnavales pasados. A final de cuentas, el carnaval es un gusto heredado por generaciones.
Oscar elabora las famosas máscaras que se usan durante esta fiesta pagana. Creció viendo a su papá hacerlas cuando no había dinero suficiente para comprar disfraces. Después, ya en la secundaria, tomó un taller en la Casa de la Cultura del pueblo y aprendió a hacerlas profesionalmente con madera de sabino. Cuando migró, su oficio migró con él. En Oregon es famoso por seguir elaborándolas, sólo cambió la madera de sabino por la de cedro. Él calcula que a lo largo de su vida ha hecho unas 100.
Su oficio tradicional encontró un heredero: su compadre y miembro de la organización, Margarito, quien, al verlo tallar la madera, le pidió que le enseñara. Compró la herramienta y el cedro y ha hecho 7 u 8 máscaras que ya se pasean entre los negros del carnaval.
Todas estas tradiciones se las han transmitido a sus hijas e hijos. Las hijas de Oscar se disfrazan y han logrado ir al Carnaval en Sila, al igual que los dos hijos de Enrique, que ya vivieron la experiencia en carne propia. Alejandro, el hijo adolescente de Margarito se disfraza y baila desde que era niño, es tanto su amor por las chilenas y la música mexicana que aprendió a tocar la guitarra y el acordeón. Todo este esfuerzo que hacen para que ellas y ellos conozcan de dónde llegaron sus papás, para que entiendan la nostalgia que les provoca escuchar chilenas, para que no se pierda en ese bombardeo cultural gringo, eso es también otra forma de resistir.
Todo por las chilenas
Llegó la hora del baile. Al comité le sigue estresado que todo salga bien, que las mesas sean suficientes, que las cervezas alcancen, que los puestos de comida tengan su lugar. Chicha y su grupo «Galaxia de Sila», a quienes conocimos en el primer baile en Santa Ana, se hicieron cargo de las chilenas junto con el grupo Atrevi2.
Ahí, en el centro de la pista, se instala el equipo de Cariño Production, sus grabaciones de los bailes y carnavales de Sila en California y Oregon no sólo muestran a detalle prácticamente todo lo que sucede durante el evento, sino que se han convertido en la memoria visual de la comunidad, vestigios muy importantes para mantener vivas las tradiciones del pueblo.
Por fin salen los negros disfrazados. Los charros con sus chivarras, espuelas y sombreros predominan, aunque por ahí también se coló parte de la vecindad del Chavo del 8. Los niños piden dulces y lanzan confeti. Casi a la media noche empiezan a sonar Las Golondrinas, señal de que está por tocarse la última chilena y así es: en punto de la media noche todo termina. La gente comienza a abandonar el salón disfrazado de plaza central de Silacayoapan las últimas ocho horas, sólo queda el comité y sus familias, quienes, a pesar del cansancio, ayudan a limpiar el recinto y dejarlo listo para pagar y entregarlo. Pero, como dice Oscar «Todo sea por escuchar y bailar unas chilenas».
Agradecemos a Oscar y Marlene por la hospitalidad, a Enrique, Margarito y Aldo por brindarnos todas las facilidades para realizar este reportaje, pero sobre todo por permitirnos abrir el baúl de los recuerdos y compartirlos con el colectivo. A Cariño Productions por la colaboración. A Sidney, Rubén, Carlos Alvarado, Kity, Javier, Güero, Luis, Alejandro, Argenis, Lobo y Misa y al resto de la comunidad de Silacayoapan en Estados Unidos por resistir y nunca dejar de bailar.

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