domingo, 15 de septiembre de 2019

SEPTIEMBRE DE 1968 NOS PREPARA PARA LA RESISTENCIA: ¡NO NOS VAMOS A RENDIR!

Septiembre: Entre el silencio y la autodefensa
Doroteo Arango,
La Voz del Anáhuac,
Septiembre de 2019.
Sabíamos, desde las agresiones paramilitares, antes y después del informe de Díaz Ordaz, que venía una etapa de lucha difícil, ya había amenazado la “Changa” con que utilizaría toda la fuerza del Estado para acabar con el movimiento.
         Eso no nos detuvo, pero sí nos hizo tomar medidas precautorias mínimas: no salir a brigadear con los botes y volantes a la vista, llevarlos en mochilas; no cargar con agendas, solo memorizar los teléfonos a los que podíamos comunicarnos con los compañeros del CNH y de la propia escuela, por si algo pasaba; no usar nuestros nombres verdaderos, sino adoptar algún alias; estar alertas en todo momento. Si se trataba de ir a hacer pintas o pega de carteles, la brigada debía contar con dos o tres compañeros para vigilar si rondaban por ahí patrullas o grupos de choque, identificables  por su corte de cabello militar, su vestimenta negra, casi siempre con cachiporras o mangueras a la vista.
Aún no era público, pero se sabía que estos grupos de choque eran reclutados en barrios marginales por la policía, sobre todo entre delincuentes ya identificados, que los entrenaba personal militar en artes marciales y manejo de armas, que se les pagaba de la nómina del Departamento del Distrito Federal, que se les daba adoctrinamiento “patriótico” y anticomunista, que siempre debían estar disponibles, a la orden de sus superiores. Según “aptitudes” se les pagaba de 5 a 6 veces el salario mínimo y contaban con toda la impunidad para cometer asaltos o actos delictivos de los que nos culparían a los estudiantes.
Frente a esta ambiente adverso, en el CNH se discutió la conveniencia de realizar otra manifestación pública. Como era costumbre, antes de tomar acuerdo, debíamos discutirlo en las asambleas generales de cada escuela. Se tomaron en cuenta las acusaciones de que no respetábamos a las instituciones, que en nuestras consignas abundaban insultos o burlas a los altos funcionarios del gobierno. También vimos que otra de las acusaciones era de ser admiradores de héroes “extranjeros” (el Che, Mao, Ho Chi Minh) y que eso era utilizado para insistir en que éramos “comunistoides”.
Así, en el CNH se llegó a la conclusión de que sí debíamos realizar otra manifestación masiva, pero que esta vez sería silenciosa, como muda protesta ante la represión del gobierno. Que si bien las anteriores movilizaciones habían sido festivas, alegres e irreverentes, también había en las formas que adoptamos para organizarnos la suficiente unidad, disciplina y firmeza. Se trataba de demostrar que no nos rendiríamos frente a las amenazas y las agresiones criminales que iban en ascenso. Se trataba de darle nuevo aire e impulso al movimiento. La ruta sería la misma que recorrimos el 27 de agosto; concentrarnos frente al Museo de Antropología e Historia, recorrer el Paseo de la Reforma hasta Avenida Juárez y entrar al Zócalo por las calles de 6 de Mayo y Madero.
En días previos el gobierno desplegó una campaña intimidatoria. Desde helicópteros y avionetas dejaron caer miles panfletos dirigidos a los padres de familia con mensajes como: “no permitas que tus hijos asistan a la manifestación, los comunistas pretenden llevarlos a un enfrentamiento con el ejército…” y cosas por el estilo. Por correo llegaban a los domicilios cartas con ese tipo de mensajes.
Quizá un poco por eso, cuando nos empezamos a concentrar frente al Museo de Antropología, era notorio que la afluencia era menor que en las anteriores manifestaciones. Pero no por eso desistiríamos. Fue grato ver que una vez iniciada la caminata, conforme avanzábamos por Paseo de la Reforma, la columna creció.  Mucha gente que estaba a lo largo de la avenida comenzó a sumarse. Estaban a la expectativa. Pero vernos caminar en completo silencio encendió el ánimo. No podíamos gritar “¡Venceremos!”, pero lo expresamos formando una “V” con los dedos medio e índice, alzando las manos. Sólo se escuchaban nuestros pasos y los aplausos de quienes veían pasar los contingentes callados pero sin rendirse.
Se calcula que a esta manifestación asistieron unas 300 mil personas, más las que entusiastamente la miraron pasar. Se hizo palpable la asistencia de trabajadores ferrocarrileros, petroleros, electricistas, de base, no de las direcciones sindicales charras, también vecinos de las diversas colonias populares cercanas a los centros de estudio en huelga, locatarios de algunos mercados públicos, por supuesto familiares de estudiantes y pobladores de Topilejo. Es importante dar realce a la lucha de Topilejo:
Un pueblo campesino en el movimiento estudiantil del 68
“Topilejo, Primer Territorio Libre de México”
Antonio Vera Martínez,
La Jornada:
14 de septiembre de 2008.
En pleno auge del movimiento estudiantil de 1968, un accidente de autobús en San Miguel Topilejo, al sur de la delegación Xochimilco (*), provocó una movilización local de pobladores que convergió con el activismo en las escuelas y dio lugar a un atípico movimiento estudiantil popular. Fusión que permitió a los habitantes de esa comunidad el cumplimiento de sus demandas. Ésta es la historia:
El martes 3 de septiembre de ese año, a las 5:30 horas, un autobús de segunda clase con número económico 70 de la línea México-Xochimilco se precipitó fuera de la cinta asfáltica y se volcó por exceso de velocidad en una hondonada a la altura del paraje El Caracol. El saldo inicial fue de siete personas muertas y 22 lesionados, la mayoría eran campesinos que iban a ofrecer su mercancía al pueblo de San Lázaro.
Con tristeza y justa indignación, Topilejo sepultó a sus muertos. El párroco del lugar, Leodegario García, fue el encargado de ofrecer la misa. En unos días la cifra de fallecidos se elevó a diez y la de lesionados a 32. Para entonces el coraje del pueblo iba en aumento y no había manera de contenerlo.
La población le exigió inútilmente al delegado de Xochimilco, Alfonso Suástegui Laguna, que mediara con los permisionarios para lograr una indemnización justa. Al no obtener respuesta, la gente decidió en asamblea solicitar el apoyo de los estudiantes, cuya lucha estaba en apogeo y demostraba gran capacidad de movilización a lo largo y ancho de la ciudad.
Una comisión de campesinos se presentó ante la asamblea de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la cual aceptó de inmediato brindar el apoyo y, en el camión de la misma escuela, un nutrido grupo de estudiantes, junto con los campesinos, se trasladó al pueblo. Quien escribe esto formó parte del grupo.
Presión popular. A partir de ese momento, los acontecimientos se sucedieron de manera vertiginosa: Estudiantes y pobladores empezamos por detener cuatro camiones de segunda clase de la línea México-Xochimilco-Topilejo, más otro de primera de la ruta Chapultepec-Xochimilco. El objetivo era presionar a la línea a que indemnizara de manera justa a las familias de los afectados.
El entonces jefe del Departamento del Distrito Federal (DDF), Alfonso Corona del Rosal, declaró respecto del problema de las indemnizaciones que (…) se iba encarrilando la solución con la intervención del delegado del DDF, hasta que intervino un grupo de jóvenes, asesorando y pidiendo sumas que en concepto de los permisionarios son muy elevadas, porque es una línea de segunda y con camiones que valen poco dinero”.
Esas palabras motivaron que pobladores y estudiantes continuáramos tomando camiones.
El 9 de septiembre, con 17 autobuses “secuestrados”, tomamos las oficinas de la Subdelegación de Topilejo, ya que su responsable, J. Guadalupe Martínez Fragoso, no daba la cara.
Decidimos crear un “comité de lucha”, integrado por campesinos y estudiantes, para darle cauce al movimiento y elaboramos un pliego petitorio:
a) Indemnización de 150 mil pesos a los deudos de los fallecidos.
b) Por cada herido, 200 pesos semanales, hasta lograr su total restablecimiento.
c) Se exigen unidades nuevas para el transporte, así como la reparación de la carretera, en particular en el lugar denominado El Caracol, donde ya habían sucedido accidentes en otras ocasiones.
Se integraron comisiones mixtas de estudiantes y pobladores para buscar el apoyo de los pueblos cercanos: San Francisco Tlalnepantla, San Andrés Ahuayuca, San Mateo Xalpa, San Salvador Cuahutenco, Santa Cecilia Tepleta, San Lucas Xochimanca, San Pedro Actopan, San Pablo Ostotepec y San Gregorio Atlapulco.
La iglesia, punto estratégico. Se crearon “comités de vigilancia” que tenían la tarea de velar para evitar que entraran a Topilejo las fuerzas represivas. Teníamos vigilantes armados con escopetones y rifles apostados en las torres de la iglesia, que dominaban el pueblo y sus alrededores. La consigna era que si algún vehículo intentaba entrar, se repicaran las campanas, para que el pueblo se congregase en la plaza para emprender la defensa.
Los habitantes de Topilejo nos proporcionaron una casa en las orillas del pueblo. Además de alojar allí el infaltable mimeógrafo, el lugar nos servía de dormitorio y albergaba a las brigadas de universitarios que llegaban a prestar sus servicios a la comunidad: estudiantes de veterinaria de Chapingo, que ayudaban a inseminar a los animales; pasantes de ingeniería, que hacían el trazado correcto de la carretera, y otros más, así como grupos de músicos, poetas y bailarines que presentaban su espectáculo a la población. En unos cuantos días, Topilejo había trocado su rabia e impotencia en una fiesta de lucha y participación política.
A la casa la bautizamos como Quinta Rosa Luxemburgo. Del grupo de estudiantes que la ocupábamos, destacó como jefe indiscutible José del Rivero, El Negro, alumno del quinto año de economía, que cambió su traje y corbata de moño -atuendo con que todos los días iba a la escuela- por un pantalón, chamarra y gorra de mezclilla, que vistió todo el tiempo que duró el movimiento; lo mismo organizaba las guardias nocturnas de vigilancia, que distribuía las brigadas estudiantiles a donde se necesitaran, o manejaba el camión de la Facultad de Economía, que daba servicio gratuito a los habitantes de la zona y de los lugares aledaños, pues por temor a la retención de unidades, que para entonces ya eran 29, se ausentaron las compañías y no había otro medio de transporte.
El jueves 12 el presidente de la Unión de Permisionarios de la Línea de Autobuses Urbanos del DF, Julio Serrano Castro, declaró que no estaba dispuesto, “y menos bajo presión”, a celebrar trato directo o indirecto con los estudiantes, sino exclusivamente con los familiares de los afectados. A nosotros tampoco nos interesaba platicar con él, pues los habitantes de Topilejo tenían su comité y ellos eran los que acudían con las distintas autoridades a solucionar sus problemas, y sabían que nosotros los respaldábamos total y absolutamente.
Había conciencia política y gran participación de los habitantes de esos rumbos. Por eso pintamos un letrero en la barda de la carretera vieja México-Acapulco que decía: “Topilejo, primer territorio libre de México”.
El domingo 15 de septiembre nos amanecimos con la noticia de que los permisionarios pagarían 25 mil pesos a cada familia de los fallecidos, mucho más que los cinco mil inicialmente ofrecidos. También sustituyeron los camiones viejos por unidades de transporte nuevas. Se logró que arreglaran la carretera, al menos en las partes más peligrosas.
Lucha exitosa. Lo más importante es que en unos cuantos días de intensa actividad habíamos logrado materializar en Topilejo la alianza pueblo-estudiantes que tanto pregonábamos en toda la ciudad. Habíamos realizado asambleas democráticas, donde todo mundo participaba y exponía lo que quería sin ninguna restricción. Asambleas a las que las autoridades nunca llegaron. Las decisiones se tomaban por mayoría, y los estudiantes nos sometíamos a lo que determinaba el pueblo, sin querer imponer puntos de vista o dirigir el proceso. El diálogo se dio entre iguales. Las asambleas diarias, pero también mítines relámpago, pintas, voceo, teatro, danza, poesía, etcétera mantuvieron en vilo por varias semanas a Topilejo y sus alrededores. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que al menos en Topilejo al gobierno no le quedó otra que ceder a las demandas populares.
En la noche El Negro dio el Grito de Independencia mencionando a los héroes que nos dieron patria, y también a Villa, Zapata y Jaramillo, que no tienen nada que ver con la guerra de independencia, pero sí con las luchas campesinas.
Días después, el 18 de septiembre el ejército ocupó Ciudad Universitaria y detuvo a cientos de estudiantes y profesores...
NOTA: (*) En la publicación original se menciona erróneamente a San Miguel Topilejo como pueblo de la Delegación Tlalpan, en realidad está en Xochimilco.
   Así también, al norte de la ciudad, donde se ubicaban entonces la mayor parte de las escuelas del IPN, grupos de obreros acudían a Zacatenco, el Casco de Santo Tomás y Tlatelolco en busca de apoyo para sus luchas. Por supuesto se les ayudaba a imprimir y repartir sus volantes, se platicaba con ellos acerca de sus problemas, se tejía el vínculo obrero-estudiantil. Si estallaban la huelga acompañábamos en las guardias, en reciprocidad acudían a nuestros mítines y manifestaciones. Ese era el verdadero peligro que veía el gobierno respecto al movimiento, más allá de la fantasmagórica “conjura comunista”.
El 15 de septiembre nos organizamos en los campus estudiantiles: Ciudad Universitaria, Zacatenco, Casco de Santo Tomás y en Tlatelolco para dar nuestro grito de rebeldía. En Tlatelolco, compañeros de a Voca 7 y la Prevo 4, junto con vecinas de la Unidad, preparaban quesadillas, sopes, pambazos, tostadas y otros antojitos en una especie de verbena popular frente a la Voca 7. Ahí, a las 11 de la noche, el Dr. Fausto Trejo Fuentes se encargó de dar el grito. En Ciudad Universitaria hizo lo propio el Ing. Heberto Castillo. En el Casco de Santo Tomás el Dr. Juan Manuel Gutiérrez Vázquez, director de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas, quizá el único directivo del IPN solidario con el movimiento. En Zacatenco se le pidió a un obrero dar el grito.
De manera diametralmente opuesta a lo sucedido en Topilejo, fue lo ocurrido en San Miguel Canoa:
La Masacre de San Miguel Canoa ocurrió la noche del 14 de septiembre de 1968 en el pueblo de San Miguel Canoa, junta auxiliar del municipio de Puebla ubicado en las faldas del volcán de la Malinche, en donde fueron linchados cinco trabajadores de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla que iban de excursión a la Malinche y que, al ser sorprendidos por la noche y la lluvia, tuvieron que quedarse a dormir en el pueblo, en la casa de un habitante que tenía problemas con sus vecinos y con el sacerdote del lugar. De acuerdo a varias versiones, los habitantes del pueblo, instigados por el sacerdote, acusaron a los jóvenes de ser comunistas y de intentar instalar una bandera rojinegra en la iglesia del lugar en el contexto del Movimiento Estudiantil de 1968​.
Días antes de la llegada de los montañistas, el sacerdote había lanzado un discurso inflamatorio: habló de “comunistas” que con su bandera “roja como el infierno, negra como el pecado” insultaban a Dios y a la patria. Aseguraba que pronto llegarían a San Miguel a despojar a sus habitantes y a prohibir la religión.​ Los habitantes del pueblo fueron despertados y, armados con machetes, palos y antorchas, se dirigieron a la casa en donde estaban hospedados los jóvenes y asesinaron a tres de los cinco empleados, así como al dueño de la casa. No hubo detenciones masivas ni se detuvo a los principales instigadores del linchamiento. Los pocos que fueron encontrados culpables salieron de la cárcel al no poder demostrarse su participación en los hechos.
Los  protagonistas de esta historia:
Jesús Carrillo Sánchez, Ramón Calvario Gutiérrez, Miguel Flores Cruz, Julián González y Roberto Rojano Aguirre, fueron los trabajadores administrativos de la BUAP que, aprovechando los días festivos de septiembre, quisieron escalar La Malinche, pero la lluvia y la noche no se los permitieron. En la BUAP los huelguistas son los estudiantes, los trabajadores no estaban en huelga, sabían del movimiento pero no eran parte de él. Ellos son las víctimas.
Lucas y Odilón García (que les ofrecieron posada también fueron víctimas).
Jesús Carrillo, Ramón Calvario y Lucas García (uno de los anfitriones)  Fueron asesinados, linchados.
La multitud fanática azuzada por el párroco: Enrique Meza Pérez (autores materiales del crimen). 
Los autores intelectuales del crimen: Gustavo Díaz Ordaz, presidente de la república; Luis Echeverría Álvarez, secretario de gobernación; Fernando Gutiérrez Barrios, director de la Dirección Federal de Seguridad, quienes urdieron la trama de que se “agravió la bandera nacional” y se “profanó la catedral” la tarde y noche del 27 de agosto en el Zócalo capitalino.
Los medios de comunicación, las cúpulas religiosas, partidistas, sindicales que repitieron la mentira, el Estado en su conjunto son cómplices del crimen.
El fanatismo religioso, el patrioterismo y la ignorancia, el caldo de cultivo.

Desenlace final: impunidad, ningún autor intelectual ni material del crimen es castigado.     

Las cámaras de diputados y de senadores, las cúpulas empresariales, partidistas y sindicales, el Estado todo, en su conjunto decidieron culpabilizar del conflicto a Javier Barros Sierra, rector de la UNAM. Exigieron su renuncia. Barros Sierra se defendió. Todo se normalizaría si se dialogaba y se atendían las demandas estudiantiles, dijo.
        Pero al gobierno le urgía acabar con el movimiento. Tomar los planteles educativos con un operativo militar. Comenzaron con Ciudad Universitaria. Se sabía que ahí se estaba reunía el CNH. Calcularon que además de ocupar militarmente la UNAM, podrían detener en pleno al CNH.
     El 18 de septiembre, por la noche, tendieron un cerco policíaco-militar al campus. Cuando las brigadas de vigilancia dieron la voz de alerta, ya se desplegaban contingentes militares en CU, en operación envolvente, hacia la Facultad de Medicina, donde sesionaba el CNH. No lograron capturarlo. Todos los estudiantes, profesores, trabajadores y padres de familia que encontraron fueron llevados a la explanada de la rectoría y se les obligó a tenderse pecho a tierra durante horas, luego serían trasladados a distintas cárceles de la ciudad. Centenares de detenidos esa noche en CU. Se reportó “saldo blanco”, es decir, sin hechos de sangre.
     Pero en la madrugada siguiente, al norte de la ciudad, en Tlatelolco, sí hubo sangre, heridos y quizá muertos que fueron llevados por los agresores, desaparecidos. La Vocacional 7 era, una vez más, atacada por grupos paramilitares, policíacos o militares. El 29 de agosto la Voca 7 fue ametrallada desde el exterior. Otro ataque se perpetró el 31 de agosto, en víspera del informe de GDO. Tras la ocupación militar de CU, en la madrugada del 19 de septiembre ocurre otro ataque más ahí mismo. Pero en esta ocasión no disparan desde el exterior, ahora entran, brincando bardas y barricadas, disparando contra todo lo que encuentran a su paso, van a donde saben o suponen que parte de las guardias nocturnas descansan, luego de acribillar a los que son sorprendidos en sus respectivas guardias.
Los disparos de metralla despiertan a los vecinos. Algunos se asoman, se acercan para saber qué está pasando. Entre estos algunos traen cámaras fotográficas y comienzan a activarlas con flash, para hacer evidente de que están registrando evidencia. Esto apresura la retirada de los paramilitares, policías o militares que perpetraron el ataque, tienen la consigna de no dejar huella ni de permitir que se les fotografíe.
Un grupo importante de vecinos se reúne frente a la Vocacional 7, llaman, gritan, quieren saber si hay heridos, muertos, sobrevivientes. Los hay. Quienes durmieron en los plafones del auditorio y los que durmieron bajo un cochón de hule espuma en la cafetería. De heridos o muertos sólo se encuentran rastros de sangre regados en pasillos y escaleras por varias partes del plantel.
Este hecho no lo registró ningún medio de comunicación nacional ni extranjero. La nota principal del día sería: la toma pacífica de Ciudad Universitaria…
Y vendría también la toma a sangre y fuego de las escuelas del Politécnico, que será parte de nuestra siguiente entrega…
Lea las anteriores entregas:
28 de agosto de 1968: el gobierno descalifica, amenaza y reanuda la ofensiva represiva
¡NO QUEREMOS OLIMPIADAS! ¡QUEREMOS REVOLUCIÓN! FUE UN GRITO QUE CALÓ HONDO
AGOSTO DE 1968: LA REBELIÓN ESTUDIANTIL SACUDE CONCIENCIAS CONTRA EL PODER DESPÓTICO
51 AÑOS DEL MEP-68 Y 48 AÑOS DEL 10 DE JUNIO DE 1971 (actualizándose)

No hay comentarios.: