martes, 1 de octubre de 2019

LA MASACRE DEL 2 DE OCTUBRE NO FUE EL FINAL DEL MOVIMIENTO ESTUDIANTIL-POPULAR DE 1968

 
A 51 años del 2 de octubre de 1968:
la herida que no cicatrizará
Doroteo Arango,
La Voz del Anáhuac,
01 de octubre de 2019.
Según la “historia oficial”, el 2 de octubre fue el final del Movimiento Popular-Estudiantil de 1968. Quienes vivimos el movimiento sabemos que eso no es verdad. Eso es lo que pretendía el gobierno. Pero no lo logró. La huelga duró hasta diciembre. Algunas escuelas resistieron hasta enero de 1969.
         Es cierto que fue un golpe demoledor, muy doloroso, una herida que no cicatrizará, en las condiciones más difíciles hasta entonces, con la ciudad bajo estado de sitio, patrullada por militares, policías y paramilitares que sembraban el terror en la población, pero buena parte de quienes participamos, aprendimos a resistir, a no rendirnos.
La Ciudad Universitaria fue desocupada por el ejército porque en el Estadio Universitario se realizó la inauguración de los juegos olímpicos. Pero había vigilancia permanente para disuadir cualquier protesta.
Por otro lado, estando presos parte de los delegados del CNH y otros “a salto de mata”, temerosos de también ir a prisión, el CNH cayó bajo el control del Partido Comunista Mexicano. Ellos, desde septiembre, cuando el ejército tomó CU, habían estado insistiendo en el “repliegue táctico”, que consistía en levantar la huelga para “reorganizar el movimiento”. Pero una y otra vez, esa propuesta fue rechazada por las asambleas generales de la mayoría de las escuelas. Insistieron en eso después del 2 de octubre, pero no lo lograron. Lo que sí lograron fue que el CNH declarara una “tregua Olímpica”, es decir, no realizar ninguna movilización mientras se realizaba la olimpiada.
Sin embargo, las brigadas siguieron con sus actividades. Las escuelas del Casco de Santo Tomás y la Vocacional 7, del IPN, no fueron desocupadas sino hasta que terminaron los juegos olímpicos. Así que las brigadas del IPN tuvimos que migrar a los barrios proletarios y desde ahí se continuó resistiendo. En condiciones muy difíciles, pues los patrullajes policíaco-militares continuaron, a pesar de la llamada “tregua olímpica”. Así que fue necesario adoptar medidas de seguridad, tuvimos que actuar de manera semiclandestina. Eran momentos en que salir a brigadear era arriesgar la vida o la libertad.
Desde septiembre, una vez tomada CU por el ejército, sabíamos que seguía el IPN, por lo que se tuvo la precaución de poner a salvo los mimeógrafos, pues para las brigadas era una herramienta fundamental. Así que, cuartos de azotea o desvanes tilicheros de casas de compañeros o amigos, se convirtieron en nuestros lugares de resistencia. Esto permitía evadir la vigilancia, pero también fortalecer nuestros vínculos con el pueblo, con la gente que tanto apoyó al movimiento, con quienes se sumaron a las manifestaciones, las que llevaban alimentos a las guardias en las escuelas y los que participaron en la defensa de las escuelas en el Casco de Santo Tomás y en la Vocacional 7. Ahora ese apoyo fue de alertar cuando había patrullajes. Si había condiciones para brigadear nos avisaban, siguieron apoyando con alimentos en nuestro exilio forzado y acompañaban a las brigadas para “echar aguas” o fingían pleitos barriales para distraer a la policía.  
Cuando no había condiciones para brigadear, permanecíamos en nuestros pequeños “cuarteles” de brigadeo y hacíamos círculos de estudio de la teoría revolucionaria. Leíamos a Flores Magón, al Che y a Mao. O platicábamos con los vecinos y grupos de trabajadores para apoyar sus respectivas luchas.
No nos pusimos a llorar a nuestros muertos. Desde el 2 de octubre habíamos afirmado: “por nuestros compañeros caídos, no un minuto de silencio sino toda una vida de lucha”. Y debíamos cumplir nuestra palabra.
Otros espacios de resistencia en esta difícil etapa fueron también las casas de estudiantes y la Preparatoria Popular. Las casas de estudiantes estaban organizadas por estado. Había la casa de Guerrero, de Oaxaca, de Morelos, de Sinaloa, de Michoacán, etc. Antes del movimiento estas casas eran controladas por los charros de la FNET, pero conforme se desarrolló el movimiento, en ellas se reprodujo la decisión de desconocer a los charros y fueron echados.
La Preparatoria Popular fue un proyecto educativo autogestivo que resultó de la lucha de los rechazados a principios de 1968. Cuando detonó el movimiento de manera natural se sumaron. Y con ellos también se formó un centro de resistencia en la calle de Liverpool.
Esta parte de la historia no figura en la “historia oficial”, no existe, es ignorada. Porque estas formas de resistencia no las vivieron los dirigentes, los intelectuales o estudiosos que han escrito sobre el movimiento. Esta fue experiencia de los de abajo, de los brigadistas, de los que nada teníamos que ver con los partidos o las cúpulas que desde entonces han pretendido apropiarse de la historia, de la memoria del movimiento.
Otra mentira que se ha repetido hasta la saciedad es que “el movimiento siempre fue pacífico”. Y sí, lo fue mientras se pudo. Pero llegaron momentos en que tuvimos que defendernos de la criminal represión del Estado. Nunca estuvimos de acuerdo con “poner flores en las bayonetas de los soldados”, como algunos hippies proponían. Sabíamos que antes de poner una flor en una bayoneta ya la tendríamos clavada entre las costillas. No nos veíamos salir de nuestros planteles levantando los dedos con la seña de la “V” de la victoria, sin resistir. Tampoco estuvimos de acuerdo con la “tregua olímpica” ni con el “repliegue táctico”. Estábamos convencidos de que debíamos resistir y recurrir a la autodefensa siempre que fuera necesario.
Cuando se decidió resistir la toma de la Vocacional 7 y el Casco de Santo Tomás, es decir, cuando decidimos que era momento de ejercer el legítimo derecho a defendernos de la represión, sabíamos que necesitaríamos tener con qué defendernos: se intensificó la confección de bombas molotov, hicimos acopio de piedras, de aceite, mucho aceite, muchas canicas, resorteras, hondas, fabricamos en los talleres de soldadura ballestas, conseguimos tubos de PVC y cohetones. 
No faltó que algún compañero sustrajera del ropero del abuelo el viejo pistolón que conservaba desde la revolución; o al que su tío le dijera: “tome esto, mijo, pa’ que se defienda, pero que nadie se la vea, sáquela hasta que la vaya a utilizar”; o los que con los cuates del barrio consiguieron algún “fogón”. No era para menos. Decíamos después del 2 de octubre: “es la hora de armarse o dejarse matar”. Pero, claro, nuestro “potencial de fuego” nunca fue comparable al de las fuerzas represivas.
Resultado de nuestros círculos de estudio de la teoría revolucionaria desde la resistencia, fue entender que no habría ningún diálogo, que no habría solución a los 6 puntos que demandó el movimiento, que ninguna reforma resolvería nada. Que para que nunca más ocurriera otra masacre como la de Tlatelolco, era necesario hacer otra revolución, una que fuera verdadera, una que desterrara de nuestro país a la clase política gobernante despótica y genocida. Que erradicara el sistema de explotación capitalista, que construyera una sociedad nueva, sin explotados ni explotadores, donde nadie  pueda enriquecerse con el trabajo de otros, donde se acabe por fin con el hambre, la miseria, la ignorancia…
Los caminos para la lucha civil y pacífica ya estaban cerrados.  
Para ir a una revolución se vislumbraron dos caminos:
Uno fue: “ya es hora”, sin esperar más. Y comenzaron a formarse grupos encaminándose ya a comenzar la revolución. En brigadas pequeñas procedieron a despistolizar policías, o a expropiar negocios para hacerse de fondos económicos para comprar armas. Una revolución necesita armas, había que conseguirlas u obtener recursos para tenerlas.
Otro fue: la revolución la hace el pueblo, no los estudiantes. Obreros y campesinos son quienes pueden hacer la revolución, esto no puede ser obra de pequeños grupos de valientes armados, tiene que ser el pueblo consciente y organizado. Quienes así pensamos, dejamos la escuela y nos fuimos a las fábricas, al campo, a los barrios, a fundirnos en sus luchas, desarrollar la conciencia y organizarnos junto al pueblo.
Se habla mucho de la “guerra sucia” de los 70’s y parte de los 80’s. Fue, en realidad una guerra de exterminio contra toda insurgencia, no sólo la armada. Sabía el gobierno que la masacre tendría consecuencias. Tenía claro el Estado que, en esos momentos, su prioridad era derrotar al movimiento armado, pero a todos nos calificaba de subversivos, por lo tanto, también como sus enemigos. A quienes participábamos en la insurgencia obrera, campesina o popular nos veía como reservas de la guerrilla, como potenciales guerrilleros.
Esto tampoco lo refiere la “historia oficial”. Como si las insurgencias armadas, obreras, campesinas o populares hubiesen surgido de la nada, por generación espontánea, nunca reconoce que fueron consecuencia y respuesta a sus políticas hambreadoras, explotadoras, despóticas, contrainsurgentes.
La lucha del 68 viene de antes: es la acumulación del hartazgo, de los agravios cometidos contra los ferrocarrileros, los petroleros, los profesores, los médicos, los campesinos, los pueblos indígenas y afrodescendientes. No es punto de partida ni de llegada, es una etapa del proceso de las luchas del pueblo. 
Y tampoco termina nada el 2 de octubre de 1968. Fue un sangriento golpe que pretendió derrotar a una generación que no se rindió, no se vendió, no claudicó ni se traicionó. Aunque algunos de los que participaron sí se hayan rendido o vendido, hayan traicionado o claudicado, eso no marca a toda una generación de miles de brigadistas que siguieron, que siguen en la lucha, que no se dejan engañar ni se cansan de denunciar cualquier injusticia que se cometa en cualquier parte, que no dejan de hacer lo que saben que tienen que hacer.
A más de medio siglo, con la memoria viva, con la convicción de que no habrá de nuestra parte, ni perdón ni olvido, el Estado busca institucionalizar también esta parte de la historia, ya está la fecha del 2 de octubre con letras doradas en el Congreso, ya izan la bandera a media asta, ya incluyen en sus demagógicos discursos alusiones al 68, como también incluyen en los aparatos del Estado a exlíderes del 68, pero el carácter rebelde y de ruptura del movimiento no pueden borrarlo por decreto. 
El movimiento fuimos cientos de miles que tomamos las calles, miles de brigadistas vinculados al pueblo que acompañó y al que nos sumamos en sus luchas. Eso no lo pueden institucionalizar, aunque la autodenominada “cuarta transformación” diga que también es resultado de él y hasta lo decrete, como decretó el "fin del neoliberalismo", pero sigue con los megaproyectos de despojo, destrucción y muerte que no son más que la reedición de los proyectos neoliberales que no pudieron imponer Salinas, Zedillo, Fox, Calderón, ni Peña Nieto.

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